
El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba pone fin a una feroz guerra asimétrica entre dos países vecinos, y claramente representa una victoria de la nación caribeña, que ha logrado resistir durante más de medio siglo la violenta hostilidad de la única superpotencia global, el país más rico y tecnológicamente desarrollado de la época actual.
Curiosa la relación que el pueblo chileno (y supongo otros pueblos también) desarrollan con sus fuerzas armadas: por un lado ellas infunden un cierto temor—mal que mal son los que tienen las armas—que se traduce en que la gente toma cierta distancia de ellas aun cuando uno sepa que su accionar está circunscrito por la institucionalidad existente. Es como cuando uno visita un zoo y se acerca temerario a la jaula de los tigres sabiendo que el animal tiene su perímetro cercado por las rejas, pero aun así, uno se acerca con cierta aprensión. Por otro lado, también está esa otra parte de la relación: la de identificación con lo que a uno le enseñaron en la escuela, eso de “las glorias militares” y entonces se da ese hilo de simpatía particularmente manifiesto en ocasiones como las fiestas patrias.


Pocas horas después de que el Secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, hablara en La Habana de democracia y derechos humanos en la reapertura oficial de la Embajada estadounidense en Cuba, el periódico The New York Times reveló que en la cárcel existente en la Base Naval en Guantánamo se mantiene en huelga de hambre un prisionero yemenita.
A no pocas personas francamente les fastidia que, después de tantos años del fin de la Dictadura, se busque establecer todo lo acontecido en materia de violaciones a los DDHH y se busque el castigo a los culpables. Hay quienes se conmueven al ver que en su vejez los militares que cometieron crímenes o fueron cómplices y encubridores de los mismos sean llevados a la cárcel y atribuyen a un acto de venganza que los tribunales procesen y condenen a quienes muchas veces obedecieron las instrucciones de quienes ya murieron en la impunidad. Hacen caso omiso, sin duda, de que la responsabilidad en estos casos es siempre personal, aunque se consideren las atenuantes de cada infractor. Pero el largo tiempo transcurrido en el silencio y en la renuencia de éstos a colaborar con la Justicia la verdad es que le asigna más agravante a sus delitos. Más si se considera el dolor de tantas víctimas y familiares que también han fallecido en la espera de la verdad y la justa reparación.

¿Dueños de la férula te piden que riegues el extenso patio, a pleno sol, con una cuchara de té. Sabes que es imposible. ¿Por qué, entonces, insistes en aprobarlo y recomendarlo?