
La campaña electoral de Jair Bolsonaro a la presidencia de la República se caracterizó por la predica de mucho odio y la exaltación de la violencia, hasta el punto de tener como héroe a uno de los más perversos torturadores, Brilhante Ustra, y de admirar la figura de Hitler. Profirió amenazas a los opositores: que no tendrían otra alternativa que la prisión o el exilio. Predicó el odio a los homoafetivos, a los negros y negras, y a los indígenas. El Movimiento de los Sin Tierra y de los Sin Techo serían considerados terroristas y tratados como tales. Los quilombolas no servirían ni para la reproducción. Fue ofensa tras ofensa a varios grupos de personas y minorías políticas. Tal vez mostró la mayor falta de humanidad cuando dijo a las madres, llorosas, que buscaban cuerpos y huesos de sus seres queridos, desaparecidos por los órganos de control y represión de la dictadura militar: “son los perros los que buscan huesos”, así dijo Bolsonaro.
Fue sorprendido el diablo vendiendo cruces.
El asesinato del comunero Camilo Catrillanca por el Comando Jungla de Carabineros – creado con bombos y platillos por el gobierno empresarial de Piñera – revela la incapacidad del Estado chileno, y en el pasado reciente de la Concertación-Nueva Mayoría, para reconocer las demandas históricas del pueblo mapuche. Se han negado sistemáticamente a hacerlo pues detrás de la élite política hegemónica están los pesados intereses de los poderosos grupos capitalistas-extractivos que dominan la política chilena posdictadura. No basta hoy con la renuncia de un par de generales. Es necesario un giro movilizador decisivo.
En Brasil –más de 200 millones de habitantes– acaba de ganar Jair Bolsonaro, un neofascista peligroso para la democracia y los derechos humanos. Ha sido un mazazo. Un paso más –dramático– en lo que constituye este fin de ciclo de los gobiernos progresistas latinoamericanos.
Juan Emilio Cheyre, cuya historia aún no se escribe del todo, ha sido -encubridor de crímenes fascistas; amante de su fuerza armada y dirigente de ella; obviamente pinochetista y luego campeón del “nunca más”; comandante de “la apertura”; jefe institucional de elecciones libres y al mismo tiempo capo del ocultismo de los crímenes más atroces cometidos en Chile, y uno de los prototipos de nuestra transición.
El consumismo es la peor de las adicciones por el daño al planeta y la violencia que realizan sus impulsores, los empresarios.