
La primera vez que dije que el Estado de Chile debía declararse plurinacional, algunas personas me dijeron que cómo se me ocurría decir tal blasfemia contra el sacro santo estado unitario y centralizado, cómo podía pensar en romper la soberanía de Chile, que dónde viviría la gente no Mapuche, que cómo van a ser nación los Mapuche.




Por mucho tiempo la gente víctima del sistema ha aceptado ser arreada y acorralada sobre todo por el miedo a hacer algo distinto, negándose a correr el riesgo de enfrentar lo impredecible que hay en cada historia que vale la pena.
La danza a tropezones de los egos que el mismo sistema político y su Estado promueven como modo de gobierno ilustra hasta qué punto la casta política se empeña en obviar lo importante. 
