En la década del 90, una decisión política hizo surgir en el país el sistema de autopistas urbanas. Política y no técnica, ya que el propio manual de vialidad y la experiencia extranjera aconsejaban que este sistema no mejoraba el sistema de transporte sino que aumentaba la congestión y crecía más aun el mercado automotriz, situación que hoy ya está en evidencia. Por otro lado, la trama urbana vial, frágil y restrictiva por su diseño tipo damero, heredada de la fundación española, se enfrentaba con un nuevo sistema que implicaba apertura de nuevas avenidas, expropiaciones, cambios de barrios, era como ingresar un elefante en una cristalería con todos sus efectos colaterales.
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