Caracas. En el contexto de una prolongada guerra híbrida imperial de desgaste, el sábado 23 de febrero, calendarizado como el enésimo Día D
de la asediada República Bolivariana de Venezuela, resultó otro estrepitoso fracaso de la terrorista ultraderecha internacional que responde a los dictados de la Casa Blanca.
Sebastián Piñera debe ser de los políticos y empresarios que más le debe a Augusto Pinochet y a la dictadura que se prolongó en Chile por diecisiete años. El no llegó a 1973 con una holgada situación: muchos recordamos que su madre atendía un kiosco en el Campus Oriente de la Universidad Católica donde vendía sándwiches, refrescos, dulces y otros a los estudiantes, profesores y funcionarios del recinto. Lo hacía, sin duda, para financiar los gastos de sus hijos, puesto que los ingresos de su marido, un excéntrico diplomático, simplemente no alcanzaban para “mantener la casa”, como ella misma lo comentaba.
Este fin de semana nuestro sistema informativo se debatió entre las frivolidades de la Gala -previa al Festival de Viña del Mar- y la grave situación generada en el hermano pueblo de Venezuela, a propósito de la autoproclamación presidencial de Juan Guaidós, y la supuesta ayuda humanitaria que Piñera y otros entregarían en la frontera.
Una serie de actos y declaraciones de diversas autoridades está configurando una amplia ofensiva negacionista, ya no sólo sobre la interpretación del pasado, sino respecto a la acción de la justicia en el presente en materia de violaciones a los derechos humanos y delitos de corrupción al interior de las fuerzas armadas y policiales.

Desde el momento que los aviones atacaban La Moneda encontrándose en su interior el presidente Salvador Allende que había sido elegido democráticamente en septiembre de 1970, el uso de la violencia bajo la forma de resistencia popular se constituye en un acto de legítima defensa a ejercer durante todo el periodo de la dictadura y cuyo modelo se mantiene hasta los tiempos actuales. La Constitución cívico/militar de 1980 es lo más evidente.
No, no son los años 50 del siglo pasado. Estamos en pleno siglo XXI, pero la manida fórmula de la Guerra fría y la lucha contra el socialismo igual le sirve al presidente de la potencia más grande del mundo para justificar sus fines geopolíticos y electorales.