Cuando el que escribe esta columna era estudiante universitario nos resultaban altamente sospechosos que algunos compañeros, parientes o amigos no demostraran interés por la política ni militaran en partido alguno. En nuestra juventud, los compromisos eran contundentes, loables, y las colectividades políticas se esmeraban en captar jóvenes para formarlos ideológicamente, y asumieran un compromiso muy activo en los procesos electorales. Hoy, sin embargo, lo que resulta muy sospechoso es la militancia, cuando prácticamente todo el mundo asume que inscribirse en un partido tiene dos explicaciones posibles: el deseo de hacer carrera política o conseguir un puesto en la administración pública. Convertirse en un operador bien remunerado pero dependiente de las cúpulas partidistas, los parlamentarios, alcaldes y otros altos funcionarios públicos. Para poder exhibir su militancia, cuando convenga, sobre todo a la hora de postular a un empleo.
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