
Para un sector de la política criolla –algo así como una centroizquierda colmada de matices–, la gratuidad es como la niña bonita del baile, a la que no obstante reconocerle su enorme inteligencia y exuberancia, al día siguiente todos desprecian y olvidan, hasta que alguien la invita al próximo dancing; para el otro lado –algo así como una centroderecha colmada de matices–, la gratuidad es como la chica casquivana a la que todos encuentran guapa y deseable, pero pobretona e izquierdosa, con la que por ningún motivo se casarían; ninguna familia tradicional –conservadora, pechoña, etcétera– quiere tener en sus filas a una muchacha tan rojiza y revolucionaria.
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