“Aquí va a haber un escenario de confrontación (armada)”. Quien habría pronunciado —palabras más, palabras menos— esa frase aterradora no estaba recitando el libreto de una escena teatral. No hacía un chiste de mal gusto ni alardeaba, borracho, con iniciar una balacera. Quien la habría pronunciado tampoco es un chisgarabís que se las quiere dar de valentón. Es un general de la República que alcanzó el rango más alto posible en defensa y seguridad nacional: comandante de las Fuerzas Militares de Colombia, país en que (sin poderse establecer, aún, el número real de vidas segadas entre tiros, bombas y granadas), la guerra ha dejado un saldo de 220.000 asesinatos documentados; 5’700.000 desplazados; 1.980 pueblos masacrados; 25 mil seres humanos desaparecidos y 27 mil secuestrados, según los datos más serios pero muy cautelosos de que disponemos, sobre la tragedia que hemos padecido durante 60 años de muerte*. Hasta cuando se firmó el Acuerdo de Paz y esas cifras bajaron de manera notable. El general (r) Leonardo Barrero Gordillo, quien se desempeñó en las zonas conflictivas, sabe de lo que está hablando. Por eso da escalofrío oírlo describir el que sería el anticipo de uno de los propósitos del gobierno electo del uribismo del que conocemos, a ciencia cierta, que representa la oposición feroz al Acuerdo, aunque se vista de caperucita antes del baile de su posesión, el 7 de agosto. Después se pondrá el camuflado de acuerdo con Barrero Gordillo, uno de los integrantes del comité de enlace en Defensa del presidente Iván Duque. Ocurrió el viernes pasado durante una reunión de empalme en que también estaban presentes otros miembros del partido ganador y prestantes funcionarios del ministerio del ramo.
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