
El narcisismo y el mito de la eterna juventud le pasaron factura a Dorian Gray, personaje de la novela de Oscar Wilde. Ocultando sus miserias bajo su retrato, Gray contemplaba que la pintura envejecía y emponzoñaba, absorbiendo sus vicios, mientras él permanecía lozano. Así, vivía entre la mentira, la cobardía, la corrupción y el asesinato. Buscó salida bajo una fórmula sencilla, reconoció, con la boca chica, sus debilidades, pero el cuadro seguía putrefacto. Harto y desesperado, en un ataque de ira, acuchilló su imagen. El resultado no pudo ser más funesto, mientras la pintura retomaba su forma original, Gray envejecía hasta la muerte, quedando su cuerpo irreconocible.
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