
Carezco de títulos de todo tipo, curriculares o de experiencia directa en la vida, para hablar y menos para juzgar a un hombre argentino como Jorge Luis Bergoglio, que ha llegado a la cumbre de la jerarquía católica y que hoy porta los emblemas, y la elección necesaria, para ser nominado Papa o santo padre de la Iglesia católica. Mi curiosidad al seguir las peripecias de su elección y su estilo en estos primeros meses de pontificado, y más en su visita a Brasil, se deben sobre todo a una curiosidad humana, la mía, es decir, del miembro de una familia católica mexicana que recibió educación en los valores de esa tradición, y que por azares de la vida se convirtió más tarde, intelectualmente, en marxista y estudioso del marxismo, y que con el paso de los años, al menos en algunos aspectos, a mi entender, encuentra que se dan la mano en muchos aspectos ambas tradiciones, considerando el valor del hombre (y la calidad del ser humano), como uno de los más altos valores a que se puede aspirar (y que se pueden contemplar).
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