
En una reunión social tuve ocasión de presenciar un intercambio de opiniones acerca del Día de los enamorados. Un comensal planteaba su disgusto con la “fiesta” por ser un chanchullo publicitario, potenciado desde los medios, que suma un fútil evento al calendario consumista del año; y además, objetaba el romanticismo estereotipado y cursi que acompaña a la fecha. Por otro lado, la contraparte defendía la decisión de celebrar por ser una opción personal respetable en sí misma; incluso más allá de la fiesta en sí, una cuestión de libertad individual y, por ende, dejaba ver la intolerancia de la crítica.
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