
Exigir a la derecha de centro cambios más o menos profundos es evadir la responsabilidad de conquistar la fuerza propia para hacerlos. El discurso hay que dirigirlo a los pueblos para que les llegue el programa necesario y se incorporen al proceso.
Archivo periodístico 2005–2019

Exigir a la derecha de centro cambios más o menos profundos es evadir la responsabilidad de conquistar la fuerza propia para hacerlos. El discurso hay que dirigirlo a los pueblos para que les llegue el programa necesario y se incorporen al proceso.

Tras el acuerdo entre senadores de la Nueva Mayoría y de la Alianza –supervisados y orientados por el empresariado- en relación a la reforma tributaria, y del que evidentemente el gobierno estaba al tanto en detalle, queda de manifiesto que la impronta que Enrique Correa y Edgardo Boeninger impusieron desde un principio a la Concertación se mantiene incólume. Es decir, practicar lapolítica del gato por liebre a como dé lugar. Total, y a pesar, el pueblo elector los seguirá reeligiendo saecula saeculorum. En otra arista del tema, el PC reclama, sin que nadie le pregunte, que ellos no fueron parte del acuerdo y por lo tanto son inocentes. No sabían nada del asunto (“ni el vecino Pérez ni el vecino Pinto”), a pesar de que su secretario general, Juan Andrés Lagos, es asesor del ministro del Interior y experto en “prevenir escenarios políticos”. Curioso ¿Creería alguien, haciendo una analogía mundialera, que Pelé o Maradona no saben la diferencia entre arco rival y arco propio? A los tres puntos de la declaración oficial del PC no me referiré. Da vergüenza.
La nueva acción de los fondos buitres en contra de Argentina es parte de una contraofensiva más amplia de la derecha internacional contra los países progresistas de América Latina. Conducida por sus principales voces en los medios – Financial Times, Wall Street Journal, The Economist, El País– atacan sistemáticamente a esos gobiernos, que no han aceptado los dictámenes del Consenso de Washington. Y, por lo mismo, han logrado sortear la recesión capitalista internacional instalada ya hace más de seis años en el centro mismo del sistema, arrasando los derechos sociales, sin fecha para que termine.

Acusados de ultrones pro encapuchados, de intransigentes incapaces de leer la irrupción majestuosa del Nuevo Ciclo Político, resentidos con vocación de marginales, analfabetos políticos, apurones incapaces de leer los tumbos de la historia.

La crisis actual está profundizando la polarización social y económica entre un pequeño puñado de multimillonarios y buena parte de la humanidad que se hunde cada vez más en la pobreza y la desesperación. Los ricos son cada vez más ricos, algo que sabemos por decenas de trabajos que se han venido difundiendo en los últimos años. Sin embargo, los ricos de la acumulación financiera son diferentes a los de otras etapas del capitalismo, cuando la hegemonía correspondía al capital productivo.

La reciente visita presidencial a Estados Unidos permite analizar el estado de las relaciones entre la primera potencia y nuestro país, en el marco del despertar de la conciencia latinomericana en defensa de su soberanía y en la búsqueda de la integración. Michelle Bachelet acudió a su cita en el despacho oval de la Casa Blanca en un momento especialmente delicado para las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Poner el acento en este aspecto no es baladí. No sólo los países del Alba mantienen en la actualidad una tensión abierta con el gobierno de Obama. Las discrepancias también abarcan a países como Brasil, afectado por las políticas de espionaje económico a sus empresas estratégicas, y a Argentina, que se ve atacada por la reciente resolución judicial norteamericana que le impide cancelar sus compromisos crediticios si no accede a la vez a pagar a los llamados “fondos buitres” un monto superior a los 13.000 millones de dólares y que amenaza su estabilidad a largo plazo.

A pesar de que la contingencia política de estos días está radicada, especialmente, en el protocolo de acuerdo que suscribió el ministro de Hacienda con el Senado, no quiero dejar pasar unas declaraciones sobre la Asamblea Constituyente, que hace algunos días espetaron dos ”próceres” de la política chilena.
El gobierno del Presidente Allende fue criticado, más de una vez, desde el seno de la Unidad Popular, por sus “desviaciones de derecha”, sus tendencias burocráticas y legalistas y la idealización que podía tenerse por el modo en que se estaba dando la confrontación al interior de las Fuerzas Armadas.

Ayer fue con las manos arriba como nos engañaron con la Reforma Educacional. Hoy sentaditos, todos de acuerdo para garantizar los intereses del gran capital.
La crisis generada por los asesinatos de jóvenes y la escalada bélica en Gaza generan dos preguntas esenciales para la política palestina: ¿Aguantará el Gobierno de unidad tanta presión? ¿Quedará tocada la figura del presidente Mahmud Abbas? El acuerdo entre las facciones palestinas del 23 de abril, que el 2 de junio cuajó en un Gabinete de tecnócratas que trata de llevar las riendas de Cisjordania y Gaza, ya se encontraba en una situación inestable antes del estallido de la violencia, arrastrando la complejidad de poner a trabajar juntos a quienes han estado mortalmente enfrentados en los siete últimos años y que afrontan retos de enorme dificultad, como el fin de la división geográfica de los palestinos y la integración de las milicias armadas en las fuerzas de seguridad. En el entorno del primer ministro, Rami Hamdala, se reconoce, pese al optimismo obligado, que ya sin conflicto es una “tarea titánica” convocar las prometidas elecciones dentro de cinco meses e hilvanar dos realidades distintas tras las viejas enemistades.