Alguna vez el fanático e insufrible general yanqui George Patton dijo: “en asuntos de política la traición es cuestión de tiempo”. Esa advertencia se ha cumplido en Chile. La Nueva Mayoría lo ha demostrado (¡y se dicen ‘socialistas’!)
Archivo periodístico 2005–2019
Alguna vez el fanático e insufrible general yanqui George Patton dijo: “en asuntos de política la traición es cuestión de tiempo”. Esa advertencia se ha cumplido en Chile. La Nueva Mayoría lo ha demostrado (¡y se dicen ‘socialistas’!)
La corrupción en Chile se ha convertido en el pan cotidiano: cada día, un aparece un nuevo político o un empresario acusado de fraude valiéndose, entre otras artimañas, de boletas falsas. Un mal médico diagnosticaría que Chile es uno de los países menos corruptos de América Latina –“mal de muchos, consuelo de Tontos” -, con la salvedad de que hay que considerar con quienes nos comparamos. ¿Quién se atrevería a afirmar que en México impera la democracia desde Plutarco Díaz Calles, (1920), hasta Enrique Peña Nieto, actual Presidente? ¿No es más bien una “dictadura perfecta”, como la definía Mario Vargas Llosa, antes de convertirse a la doctrina del neoliberalismo? ¿Quién definiría como un país democrático a la Colombia de los años del narcotráfico y del gobierno de Álvaro Uribe? ¿O de Ecuador, antes de estabilizarse la democracia con Rafael Correa?
Hace más de dos décadas, el padre Ignacio Elacuría llamaba con vehemencia a que el pueblo hiciera oír su voz. Así lo proclamaba: “Que el pueblo reflexione, desde el punto de vista de la Iglesia, en sus comunidades de base; desde el punto de vista social en sus cantones (…) Que reflexionen sobre la situación del país, que exijan ser bien informados. Que hagan sentir cómo se necesita cuanto antes un desarrollo económico profundo del país, cómo se necesita que se resuelva su problema de injusticia”. Mucho de esto muestra uno de los más recientes informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), denominado “La pobreza en El Salvador”. El documento ofrece la palabra de cientos de personas con las cuales se conversó con el propósito de entender la pobreza desde su vivencia.
Después de un largo silencio, que a muchos pareció eterno, usted ha hablado para referirse al Caso Luksic-Dávalos. O Dávalos-Luksic.
Eso es positivo, para la centroizquierda y todos los que buscan correcciones de fondo al sistema que estamos viviendo y a la política neoliberal, que, como el propio Dávalos ha dicho a El Mercurio, un día después de su renuncia, cuando no se arrepintió de lo hecho, abre a los privados posibilidades de enriquecimiento relámpago con la especulación.
Días antes del golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1973, Radomiro Tomic escribía que “lo que está ocurriendo en Chile es parecido a las tragedias griegas, pues todos los personajes dicen no desear el derrumbe de la democracia, pero todos hacen lo posible para llegar a este fatídico destino”. Algo similar está ocurriendo en el Chile de hoy: todos los políticos se “esfuerzan” en colaborar, a través de escandalosas sinvergüenzuras, producto de la codicia, la ambición de poder, las malas prácticas, los personalismos, los intereses personales sobre el bien común, en la banalización de la democracia, dejándola cada día más vulnerable. Es preciso distinguir entre la inmoralidad, amoralidad y la anomia y, personalmente, pienso que Chile está viviendo esta tercera situación, tan bien descrita por Durkheim: “Nuestro suicidio social va a ser más bien egoísta que altruista…”.
Más allá de que (éticamente o estética) estemos a favor o contra del gobierno venezolano y su proceso revolucionario, lo cierto es que el doble rasero (la desinformación en que han sumido al respecto a los españoles) y el cinismo españochista y su caverna mediática, así como de cierto aplazado sector -a juzgar por las tendencias demoscópicas- de la (llamada) izquierda claudicante, en relación al “presunto” financiamiento (ilegal) de Podemos por parte del chavismo en el marco de la reciente detención de Antonio Ledesma, Alcalde de Caracas, y con motivo del cumplimiento de un año de la detención de uno del líder antichavistas Leopoldo López, francamente no-tie-ne-des-per-di-cio. Han llegado a copar hasta la saciedad la agenda mediático-política española.
Nos llamó la atención que en la Conferencia de Prensa en un patio de La Moneda, en la cual leyendo un escrito, renunció a su cargo público el hijo de la presidenta, sus asesores le hayan impuesto a los periodistas asistentes que no le formularan al lector preguntas de ningún tipo. Pero más sorprendente fue que los profesionales de la prensa se hayan quedado impávidos con sus grabadoras escuchando lo que decía Dávalos. Ante este menoscabo a sus funciones los periodistas debieron ausentarse, pero por motivos inexplicables no lo hicieron.

Antonio Ledezma, alcalde de Caracas y un importante líder derechista, el viernes pasado fue impugnado por golpista y recluido en una prisión militar. En una previa y multitudinaria manifestación, señaló que el gobierno de Venezuela era una dictadura que estaba arruinando al país y creando una enorme crisis humanitaria. La población no tenía medicinas y que la gente se moría por falta de medicamentos. No hay comida y los mercados están vacíos de bienes esenciales y básicos para normal vida humana. En vista de esta situación, era legítimo y justificable derrocar al actual gobierno. El pueblo debía organizarse mejor, continuar con las manifestaciones masivas y así, eventualmente acabar con la actual pesadilla que afecta al país. Esta visión de la situación venezolana es compartida por otros líderes de derecha importantes tales como Leopoldo López, Corina Collados y Jesús Torrealba. López se encuentra en prisión desde hace un año y espera un juicio por su conducta golpista desarrollada en febrero del año pasado.
Habría que ser muy cínico o incauto para pensar que los recientes escándalos de la política son una cuestión de hoy y no de las malas prácticas entronizadas en ella desde hace mucho tiempo. Numerosas opiniones, columnas de prensa y diversas advertencias han venido denunciando la falta de probidad de las cúpulas partidarias, de los parlamentarios y ediles, como de los funcionarios nombrados por los gobiernos de turno. Muchas veces con la complicidad o negligencia de los organismos fiscalizadores, en general reacios a controlar los despropósitos cometidos en los otros poderes del Estado, como en sus propias instituciones.
Cuando la presidenta dice que disfrazarse de médico en este país es grito y plata, está falsificando un instrumento propagandístico destinado a manipular un hecho por demás sensible en una población castigada y humillada cada vez que debe asistir a un centro de salud a medio morirse.