Antes que explotara en Buenos Aires la bomba asesina que terminó con la vida del General Prats, éste había anunciado la oscura noche que se le vendría a los militares: “…el 11 de septiembre de 1973, la alta burguesía chilena logró satisfacer su ambición de derrocar al Gobierno Constitucional de Chile, usando a las FFAA como instrumento de destrucción fraticida, las que –desde esas trágicas horas– pasaron a convertirse en guardia pretoriana de la oligarquía”.
No dicen que huyen de la destrucción, pobreza y violencia que creó Occidente en sus países.
Lo ocurrido en Chile el 4 de septiembre de 1970 aún no ha desplegado toda su profunda trascendencia histórica. Tal como lo dijera esa noche desde el balcón de la Fech el presidente electo Salvador Allende, emergía de lo más profundo de la historia el primer gobierno auténticamente democrático, popular, nacional y revolucionario de Chile. Se detonaba un momento único en la aporreada vida del pueblo que desde su anonimato incansable y fértil hizo lo posible por ese triunfo largamente buscado, que tantos obstáculos debió superar y tanta traición tuvo que sortear.
En la monarquía presidencial chilena cuando el rey o la reina sufre un percance pierde popularidad, se debilita el régimen político en su totalidad y se cae, por lo tanto, en lo que algunos audaces analistas denominan “vacío de poder”. Esta es la consecuencia fundamental del presidencialismo absolutista borbónico chileno, pues no existe ningún fusible al cual eliminar a fin de tratar de salvar el sistema político. En un régimen parlamentario o semipresidencial bastaría con cambiar al Primer Ministro para tener un gobierno completamente nuevo.
Más importante que los cien años que cumple Víctor Pey es el ejemplo que nos deja una larga y encomiable vida en el compromiso y la consecuencia. Cuando lo que observamos corrientemente es que el paso del tiempo va degradando la fortaleza moral de tanta gente, en este caso lo que hoy descubrimos y tributamos es cómo él continúa siendo el mismo joven republicano del siglo pasado que no quiso consentir con la dictadura y los horrores del franquismo.

La Gran Muralla China, las murallas de Roma y de toda ciudad medieval, la Línea Sigfrido, la Línea Maginot, el Muro Atlántico: las naciones –imperios, dictaduras, democracias– han usado toda cadena montañosa, todo río, para rechazar a ejércitos extranjeros. Y ahora los europeos tratamos a las masas de pobres y hacinados, a los verdaderos inocentes de Siria e Irak, de Afganistán y Etiopía, como si fueran invasores extranjeros decididos a saquear y subyugar nuestra soberanía, nuestra identidad, nuestra tierra verde y placentera.