Alguna vez alguien dijo que la vejez es como “una isla rodeada en un mar de recuerdos”. Esta vez me voy a entregar a la nostalgia y prometo no reincidir en el intento. La noche última, muy dolido por la crisis de la Iglesia y de otras instituciones de mi país y, parafraseando a Miguel de Unamuno, podría decir que “me duele Chile”. La historia demuestra que, luego de las graves crisis institucionales asoman, en muchos casos, personajes monstruosos – Silvio Berlusconi, en Italia, el cómico y medio militarista, en Guatemala, y para qué seguir -. No es cierto que todos los jueces cometan prevaricación; que todos los políticos sean corruptos y ladrones; que todos los curas sean pedófilos y chupamedias de los ricos; es casi seguro que “el poder corrompa y que el poder absoluto corrompa absolutamente” pero, por regla general, en cada una de estas instancias siempre encontramos personas honestas e, incluso, proféticas.
La muerte de Contreras y Moren sin haber sido condenados por todos sus crímenes debe caer como un baldón sobre el poder judicial que en 25 años de democracia no ha sido capaz de hacer justicia. Carlos Lorca queda ahora, por ejemplo, sin autores que condenar. La indiferencia de los gobiernos concertacionistas hacen otro tanto.

El 11 de septiembre de 1973 una banda de militares chilenos bombardearon e incendiaron el Palacio de La Moneda, sede del Gobierno de Chile, donde se hallaba el Presidente Constitucional, Salvador Allende G. y sus colaboradores inmediatos. 

Comienza a circular la verdad en el caso que intentó crear el diputado Felipe Kast con su supuesta detención y malos tratos sufridos en Cuba.