En la película “Una segunda madre”(Que horas ela volta?) de Anna Muylaert, se muestra con talento y sensibilidad los dilemas a los cuales se enfrenta una sociedad abierta a la instauración de un modelo económico-social que genera igualdad de oportunidades para una fracción significativa de los habitantes de ese país. Este filme cuenta la historia de Val, una empleada “doméstica” puertas adentro que ha pasado una parte significativa de su vida alejada de su hija Jéssica que vive en Pernambuco. Val es una persona dócil, sometida, que tiene claro el “lugar” que le corresponde asumir dentro de la estructura de una familia acomodada de São Paulo. Trabaja en una casa hermosa y espaciosa y sin embargo ocupa una minúscula habitación de 3 por 3 metros, prácticamente sin ventilación y con una pequeñísima ventana desde la cual se observa el área de servicio. La situación de Val es característica de miles de domésticas que viven puertas adentro y que pasan una parte importante de sus vidas sirviendo anónimamente a las familias más privilegiadas.


Por tratarse de un asunto de interés nacional que dice relación con nuestra historia, nuestra dignidad como chilenos y con algunos derechos fundamentales, me veo en la obligación de dirigirme a usted por esta vía.
La presidenta Bachelet, quizás sin saber el alcance de sus irresponsables palabra, dice que carabineros no reaccionó según su mandato constitucional en el momento en que se desarrollaba la grave situación que dio como resultado la muerte de una persona, porque los policías se habrían “inhibidos” a causa del incidente que dejó gravemente herido al estudiante Rodrigo Avilés el 21 de mayo de 2015.

Podría ser motivo de alegría la unidad de las fuerzas que dicen compartir espacio político bajo un proyecto común y un programa para cambiar el rumbo de la política en España. Sin embargo, la realidad es otra. La unidad tiene como objetivo ganar espacios de poder institucional para Podemos a costa del hundimiento de Izquierda Unida y desbancar al PSOE como partido hegemónico en la oposición relegándolo a ser tercera fuerza.
El gobierno de François Hollande no se animó a discutir en la Asamblea Nacional su proyecto de ley de trabajo, el cual casi 75 por ciento de los franceses rechazan, y prefirió imponerlo por decreto. Ello, lejos de evitar el crecimiento de una oposición numerosa en su propio bloque de diputados y una diferenciación con los Verdes-Ecologistas, agravó la crisis con éstos y con el Partido Socialista.