Un rasgo (¿menor?) de nuestra idiosincrasia que nos permite adularnos falsamente a nosotros mismos y que es criticado por nuestros vecinos
Ni muy adentro que te quemes, ni muy afuera que te hieles. No te vayas a la derecha, pero tampoco a la izquierda… mantente en el centro, siempre en el centro, y ojalá bien camuflado y silente para que tu presencia no llame mucho la atención (es decir, que la llame… pero, poquito).







Dentro de dos o tres días, y a menos que ocurra algo inesperado e improbable, Dilma Rousseff, relecta en octubre de 2014 con 54 millones de votos, tendrá su mandato popular liquidado por decisión de al menos 54 de los 81 senadores brasileños. El golpe institucional abierto por el entonces presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, apartado de su puesto por orden de la Corte Suprema gracias a sus reiteradas travesuras en su única verdadera especialidad, la corrupción más deslavada, se habrá consumado. Cunha, a propósito, sigue libre: será juzgado por sus pares cuando la farsa haya terminado. Mientras, esgrime su arma favorita: amenaza con decir todo lo que sabe, y lo que sabe tiene fuerza para destrozar a la mitad de los integrantes del Congreso brasileño.
Para Platón, los filósofos eran los llamados a gobernar. Despreciaba la democracia ateniense, debido a que los cargos de magistrados y jueces eran sorteados, así, cualquier cosechador de aceitunas, habas y otros alimentos, podría llegar a ocupar los cargos más importantes en la Ciudad Estado, razón por la cual relegaba a los últimos lugares a “comerciantes” y a militares – no sería mala idea si los aportes de Patón se aplicaran a la actualidad -.