Obama va a terminar sus ocho años de gobierno con un balance de luces y sombras: entre los aciertos, en primer lugar, el haber sorteado la más grave crisis económica después de la de 1929; en segundo lugar, la creación e implementación del proyecto de salud Obamacare; en tercer lugar, la política de apertura con Cuba, que culmina con “el pie mojado, el pie seco”. Entre lo más opaco de su gobierno se cuenta la expulsión de 2.600.000 inmigrantes – novecientas personas por día – además de su errática política internacional.
Un sistémico diría que nuestro sistema político se derrumba y cae a pedazos.
José Miguel Insulza: el correcaminos, bip bip.
Sobre el gobierno del presidente Barak Obama que termina, se han publicado algunos balances en este y otros medios digitales, especialmente después del discurso de despedida del mandatario norteamericano. La mayoría de los análisis coinciden en que su administración no cumplió con las expectativas que la mayoría de los ciudadanos y, en general de la opinión pública mundial, había depositado en el primer afroamericano que llegaba a la presidencia de los Estados Unidos de América.
Por lo menos una vez al día recibo mensajes de lectores que me dicen cuestiones como ésta: “no puedo creer que escribiendo como lo hace, usted viva en Estados Unidos, debería vivir en América Latina,” otros que van con el machete desenvainado: “claro, escribe desde la comodidad de Estados Unidos.” Con esto, en ambos lados buscando desvirtuar mi expresión.
Ricardo Lagos es un mal general.
En el discurso del 10 de enero del 2017 del presidente Obama, después de enumerar sus muchos logros, reconoce que el país es más desigual que hace ocho años atrás. Este es un punto vital y central de su presidencia ya que la política es la ciencia y el arte “de quien recibe qué, cómo y cuándo”. Obama reconoce que una pequeña minoría ha logrado acaparar la mayor parte del ingreso y la riqueza creada en los Estados Unidos en los últimos ocho años.
El centro político, al igual que las capas medias, es muy difícil de definirlos: en 1970, Norbert Lechner, en su libro La democracia en Chile, usó las categorías planteadas por Max Weber, de partido ideológico y partido de patronazgo, para diferenciar a la Democracia Cristiana del Partido Radical. Según este autor, los radicales serían un partido de patronazgo, es decir, orientado en primer lugar a la conquista del poder y, en segundo lugar, a la instalación de sus militantes en cargos de la administración pública. El radicalismo, según mi parecer, se identificaba con “el pituto o muerte”, hacia los años 50. La Democracia Cristiana, por oposición, era un partido ideológico en que el mesianismo predominaba sobre las soluciones pragmáticas; el énfasis se centraba en la proposición de un nuevo sistema político y el cambio de las normas que rigen la sociedad sobre las gratificaciones inmediatas. (Lechner, 1970:73).
La opinión pública ya conoce cómo muchos funcionarios del Estado que trabajan en instituciones relacionadas con la Dirección Previsional de Carabineros (Dipreca) y con la Caja de Previsión de la Defensa Nacional (Capredena) han abusado, vía habilidosas interpretaciones administrativas, para jubilar con encumbrados e ilegales montos de dinero sobrepasando el tope legal establecido de UF 60, unos $ 1.600.000 mensuales.
El país azteca está a punto de convertirse en un Estado inviable: su Presidente, Enrique Peña Nieto, además de su gobierno ostentar el record de corrupción, los partidos políticos, principalmente el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el gobierno, están desprestigiados, y la mayoría de los políticos son odiados por la opinión pública.