
El sábado 23 de febrero, mientras Sebastián Piñera se encontraba en Cúcuta tratando de introducir su “ayuda humanitaria” a Venezuela, y esforzándose por destacar su “valiosa” cooperación ante Donald Trump, en Santiago, un grupo de exaltados “guarimberos” venezolanos se apostaron frente a las instalaciones de la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela, con el objeto de ejercer toda la violencia contra el edificio y sus funcionarios.





Este país no sólo es interesante para las grandes potencias, además sirve para desplegar la campaña interna norteamericana: el atrasado mental de George W. Bush, por ejemplo, se hizo reelegir gracias a la guerra de Irak; Trump, cuya aventura intervencionista es rechazada por la mayoría de los países del mundo, pues no contó con la aprobación del Grupo de Lima, y recibió una segunda paliza por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, reunido en 26 de febrero, al negarle el apoyo.
Hoy, 26 de febrero de 2019, hemos sabido que el 13 de marzo próximo, dos semanas más, un tribunal de Melbourne, Australia, anunciará la condena del prelado católico George Pell.
Aunque el Grupo de Lima persigue el mismo fin que su mentor, Estados Unidos, el rechazo que manifestó en Bogotá a una intervención militar en Venezuela no le pudo haber gustado a Washington y a los sectores más reaccionarios del hemisferio.