
En el año 1987 llevaba recién mis primeras semanas en la universidad cuando llegó a Chile, en visita oficial, el Papa Juan Pablo II, conocido como el Papa Peregrino. Entre el 1 y el 6 de abril se dio el paso de su Eminencia por nuestras tierras y debo decir, con algo de vergüenza sin duda, que fui uno de los chilenos que más pudo ver al Santo Padre. Y no se trató de una gran vocación apostólica consecuencia de mis diez años en colegios de curas, ni tampoco por haber sido obligado a rezar semanalmente, ni porque pudiera realizar una misa de memoria y como el mejor sacerdote. No fueron esas las razones de mi dedicación por ver al Papa. Para los que no saben, 1987 fue el año que siguió al año decisivo, uno de los más represivos por parte de la dictadura. Y si bien el tirano no había caído en 1986 como se pronosticaba y ya se veía la negociación que iba dar en la transición a la democracia (que por supuesto todavía no termina), aún estaba presente el espíritu de lucha de los últimos años y era precisamente en la Universidad de Chile y específicamente en la Facultad de Filosofía Humanidades y Educación “Revolución”, donde se mantenía viva la llama de la rebeldía.

Cristo escucharía al samaritano y no a los fariseos. En la parábola del Buen Samaritano – lo aprendí con los curas del Colegio de los Sagrados Corazones aun siendo niño – Ricardo Ezzati, más los cuatro obispos formados por Karadima, serían los fariseos, que pasaron de largo ante la escena del samaritano asaltado que, en este caso, está representado por los clérigos abusadores.


Francisco “se ha caracterizado por visitar lugares que tienen algún grado de problema o conflicto”, respondió entonces el director ejecutivo del comité organizador de la visita en ese país latinoamericano, Javier Peralta. “Ciertamente, la Araucanía, por sus características y por lo que está pasando, se vuelve un lugar necesario para visitar”, añadía Peralta, en referencia con la escalada de tensión de los pasados meses por el conflicto territorial entre el grupo indígena y los Estados de ambos países.
Cabe preguntarse por qué la visita del Papa Francisco a Chile provoca un marcado rechazo si se compara con las recientes giras a otros países latinoamericanos; en Bolivia, por ejemplo, fue recibido con mucho fervor y entusiasmo, y hasta selló una buena amistad con el Presidente, Evo Morales; se les veía tan compadres que Francisco, sobrecogido por la amabilidad, estuvo tentado a regarle una playa; con Rafael Correa, ocurrió otro tanto. En Colombia, que se esperaba que fuera difícil su estadía, pues los uribistas, que votaron en contra de la paz en el plebiscito, no estaban contentos con este Papa, a quien consideran medio rojo y, con razón lo acusaban de ser el alma de las negociaciones y, sobre todo de los Acuerdos de paz con las Farc. En Paraguay, el país por excelencia de la Misiones Jesuitas, por lógica, tenía que ser recibido con los brazos abiertos.
Escribo estas páginas para extirpar la maledicencia que vocea que estoy fallada del coco. No es así. Sólo soy momia, y serlo, en este mundo malévolo, es un pecado mortal contra la razón y el equilibrio mental. Aunque hayamos ganado las elecciones.