Donald Trump no tiene nada demente, y es un buen estratega político y negociador, lo que ocurre es que en las democracias occidentales el poder político se confunde con el enriquecimiento del monarca. Los Presidentes-empresarios son elegidos por los cándidos electores para que, al final de su mandato, terminen más ricos que al iniciar su gestión gubernativa, y democracia, estado de derecho e igualdad ante la ley son sólo palabras, más utópicos que los falansterios, (Charles Fourier).
La judicialización de la política ha llegado a niveles caricaturescos en Brasil: desde el juicio y posterior destitución de la ex Presidenta, Dilma Rousseff, el Estado de derecho dejó de existir y los jueces toman partido por una u otra posición: unos, como Sergio Moro, quiere mantener preso a Lula, sin ninguna prueba condenatoria, y sólo basándose en su opinión, ni siquiera con presunciones fundadas. Este personaje es tan fanático como odioso.

Nada más funesto para la democracia que el gobierno de los curas y los jueces. El gran mérito de Maquiavelo fue el de separar la ética cristiana de la política, pues cuando se mezcla la religión y la política esta última se convierte en tiranía, (un buen padre de familia no tiene por qué ser un buen político, por el contrario, como decía Weber, “el político debe pactar con el diablo…”, y su tarea es la coerción que sólo es monopolizada por el Estado, poseedor de la fuerza “legítima” de las armas).
Como el neoliberalismo, después de la caída del Muro de Berlín, no puede recurrir al monstruo del comunismo, tiene que inventar un nuevo enemigo: el populismo, que tiene sus propios “cancerólogos”, (los Vargas Llosa y los intelectuales de derecha que lo siguen).
Andrés Manuel López Obrador no tiene similitud alguna con los Presidentes del siglo XXI: nada que ver con Hugo Chávez, menos aán con Maduro, de Venezuela; tampoco con el Presidente boliviano, Evo Morales, ni con lo que fue el Presidente ecuatoriano, Rafael Correa, en su última etapa de gobierno; tal vez podríamos asimilarlo con Inicio Lula da Silva, de Brasil, o bien, a los comienzos de los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende, o a la buenas intenciones de los gobernantes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, en Chile.
En política el intentar prever el porvenir es imposible, pues sólo podemos saber el pasado. Quienes sostienen que las encuestas se equivocan en sus pronósticos, en el caso de México se quedaron con la cola entre las piernas, ya que, en su mayoría, fueron tímidas en cuanto a la diferencia del más de 20% entre AMLO y Anaya, (53,5% y 22,6%, respectivamente, con un 32% de diferencia, y 15,7% para el tercer candidato, Meade).
En el mundo de hoy las Declaraciones de Principios de los partidos políticos carecen de sentido, pues se pueda incluir cualquier proposición sin que afecte para nada la política intrínseca de determinado partido: hoy, la política, la moral y la ética están completamente divorciadas, y lo único que interesa es el poder, su conquista, conservación y acumulación.