
Debo aclarar que “viejo” es una palabra antigua que los prisioneros políticos chilenos la utilizábamos para irradiar el calorcito del respeto, el cariño o para reemplazar aquella palabra tan difícil de pronunciar entre rejas: amor. Encerrado fue que entendí por primera vez que la palabra, como un memento sagrado, íntimo y familiar, nos recordaba a nuestros padres y traía consigo el recuerdo tibio de la experiencia y la caricia del cuidado. Los gendarmes no eran viejos, eran vigilantes y uno que otro epíteto enrabiado. Nosotros éramos los viejos. Y el apodo con que nos bautizaban a todos los que entrábamos a cumplir penas era como una jineta ganada por los golpes de la vida, como bienvenida, una llave de entrada al círculo de los compañeros. La ternura de la palabra nunca se fue de mis poros. Viejos, si. Viejos éramos todos.
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