
Nuestra historia comienza en la gran ciudad, es decir, la Gran Ciudad, la capital de capitales de la República que es única entre todas las repúblicas porque la decora la bandera más bella del mundo, que flamea al viento. A veces no hay viento que la haga flamear. Entonces la bandera cuelga del palo blanco, como un condón usado, eso se ve horrible. ¡Ojalá sople muy pronto el maldito viento para que haga flamear la bandera más bella del mundo que en estos momentos se ve horrible! En la gran ciudad se dictan las futuras costumbres: que el rojo del zapato, que el carmín de las señoras, que la toca de la servidumbre, que el chismorreo en el Crillón, que las angustias políticas. También se graban los últimos docu-reality, seguidos a lo largo y ancho de la única República por miles de descerebrados. Sin embargo, todos felices. En la soledad del concreto de los parques la juventud florece, en los escaparates de los centros comerciales la mujer se revela. Los abuelos son dejados a un lado. A veces miran lo que alguna vez fue y ahora no es, o mejor dicho, es otra cosa.
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