Por siglos nos han venido diciendo que el matrimonio dura hasta la muerte. La Iglesia ha sido la vanguardia del concepto en occidente y, religiones orientales, aun partidarias de la poligamia y la pedofilia, castigan hasta con lapidación cualquier sublevación femenina contra el sagrado vínculo. Olvidan que el amor libre y el matriarcado existían en la sociedad primitiva. Que Lewis Morgan investigando este tipo de sociedad, demostró que el machismo y la monogamia nacen con la propiedad privada. Antes de ésta, la sociedad permitía el ejercicio libre de uniones y separaciones, la poliandria y la poligamia, aunque la madre definía la consanguineidad y el parentesco, reafirmándose la certeza, ya ancestral, de que la mujer es la que da la vida, la única capaz del amamantamiento y por tanto de la sobrevivencia del ser humano. El hombre primitivo, incapaz de procrear, cuando pasó de la caza y de la guerra a la labranza, comenzó a valorizar la importancia de la mano de obra familiar y, por tanto, de la propiedad de la prole. Al ser dueño de la fuerza física y las armas, le fue fácil imponer la monoandria y la vida en pareja para apropiarse de los frutos de sus mujeres. Así, se terminan las uniones libres. Desde ese momento solo el hombre puede romper lazos y repudiar a su mujer, reservándose el derecho a la infidelidad conyugal. El Código de Napoleón lo concede expresamente “mientras no tenga a la concubina en el domicilio conyugal”. Si la mujer se acuerda de las antiguas prácticas sexuales y quiere renovarlas, es sancionada o castigada como nunca antes ocurrió en la historia.
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