Las sociedades que se mueven sobre la base de los principios de maximizar la utilidad, excluir, competir y desechar la integración humana, difícilmente dejan espacios neutros o ajenos a sus influencias en otras sociedades o actores, lo cual incluye hasta quienes rechazan esta doctrina, porque la economía neo liberal aplicada en gran escala y en amplias zonas, obliga a funcionar como la física de la temperatura, inevitablemente los cuerpos con temperatura diferente, terminarán igualando la temperatura del medio ambiente que los rodea. Los ejemplos se ven en China, Rusia y otros países con más o menos énfasis. En Chile también es así, porque los propios connacionales han cedido soberanía a las potencias para que intervengan la economía y las finanzas a sus anchas a través de los TLC, reducción de aranceles, acuerdos bilaterales y el reciente TTP (Trans-Pacific Strategic Economic Partnership), que entrega más intervenciones, una muestra de la cobardía de los líderes para enfrentan los desafíos en contra del pueblo y no junto al pueblo, como debe ser.
El periódico británico “The Economist” se ha preocupado bastante del efecto negativo que produciría en las economías emergentes, el hecho de que la reserva federal de los Estados Unidos haya decidido terminar con su política de dinero fácil (quantitative easing) a fines de octubre de este año. En otras palabras, se ha analizado a fondo la decisión del banco central de terminar con su programa de compras de bonos del tesoro estadounidense como una de las medidas principales para facilitar a la economía estadounidense su salida de la larga crisis recesiva iniciada el año 2007. The Economist publicó el año pasado dos artículos sobre este tema. El primero fue a principios de septiembre del año 2013 (The Economist 7th.-13th. 2013 pg. 70) y el segundo fue a fines del mismo mes (The Economist 21st.- 27th 2013 pg. 73).
La crisis sigue develando todo aquello que permanecía oculto en los periodos de normalidad. Esto incluye los proyectos estratégicos de la clase dominante, su forma de ver el mundo, la apuesta principal que hacen para seguir siendo clase dominante. Este es, a grandes rasgos, su objetivo central, al que subordinan todo lo demás, incluyendo los modos capitalistas de reproducción de la economía.
Cada vez se vuelve más difícil para la ciudadanía distinguir el sesgo que viene implícito en los poderosos medios informativos nacionales e internacionales, para instalar realidades creadas a partir de la ideología que sustenta el neo liberalismo en favor de los sectores de altos ingresos. En algunas oportunidades la información parece intrascendente e incluso carente de intención, pero el sesgo ya ocurrió en lo que no fue informado, en la omisión. La deformación de las noticias es lo que confunde a las personas al momento de explicarse por qué la experiencia del vivir del ciudadano común es tan dura y hasta cruel, para una gran mayoritaria que apenas sobrevive.
Aunque las crisis en Medio Oriente y Ucrania se roban los titulares mediáticos, son apenas los emergentes de un movimiento telúrico mucho mayor: el nacimiento de un nuevo orden mundial pos-estadounidense, centrado en Asia, en base a la triple alianza China-Rusia-India.
Este año se ha cumplido un siglo desde el inicio de la primera guerra mundial, año que coincide también con el primer cuarto de siglo de la caída del Muro de Berlín y con los primeros siete años de la crisis subprime. Este ejercicio numeralístico lo realizó en enero pasado la directora general del FMI, Christine Lagarde, con la intención de vaticinar el fin de la larga recesión que cargan las economías de los países desarrollados.
Parte de la dinámica que está derivando en la tensión mundial que observamos, incluidos los efectos que se perciben en nuestro país, tienen un origen en la crisis mundial económica, que no solo es producto de una mala gestión económica, sino porque está derivando en una disputa geopolítica, donde las consecuencias no dan espacio para el optimismo.
El lamentable estado de la economía estadounidense, que acabará estallando como una burbuja, llevará a una confrontación inevitable entre los ciudadanos de a pie y la élite no solo en EE.UU., sino en todo Occidente, opina el analista Harry Dent