{mosimage}El complejo escenario abierto para la segunda vuelta electoral plantea desafíos equivalentes a las candidaturas de Bachelet y Piñera: la de crecer ambas hacia el centro, sin descuidar un drenaje desde la izquierda y la derecha, respectivamente.
Para la abanderada de la Concertación, la tarea es evitar que su rival continúe penetrando en el electorado proclive a la Democracia Cristiana, en momentos que incluso su militancia más activa puede estar planteándose si su alianza con el mundo socialista no le trae más perjuicios que dividendos. Pero, al mismo tiempo, la doctora socialista necesita los votos de los comunistas y demás disidentes de izquierda. Ese es el capital faltante más seguro con el que puede contar para traspasar el 15 de enero la barrera del 50 por ciento, tal como lo mostró la experiencia de Lagos en igual fecha del año 2000. ¿Cómo compatibilizar un mensaje que no hipoteque esa votación sin espantar a los sectores más conservadores del centro y la clase media? Punto a dilucidar por los estrategas de la candidata.
Piñera, desde su flanco, tiene la ímproba tarea de sumar los pobres de Lavín a gente de clase media que aspira más a la movilidad social y al triunfo dentro del modelo que a la solidaridad y el asistencialismo. Sabedor de que su perfil es resistido entre los primeros, el empresario empezó por algo inevitable: colocar a su socio derrotado al frente de la campaña y anunciar que él tendrá un papel capital en su eventual gobierno: más que como ministro del Interior, como arquitecto de un plan de protección social o algo por el estilo, para constituirse en su “cabeza de playa en el mundo popular”, según la expresión del senador electo Andrés Allamand. Los alcances de una instalación así deben ponerse a la luz de las desconfianzas históricas entre los protagonistas de este nuevo romance y de la vocación protagónica de un hombre como Piñera, que estaría poco dispuesto a relativizar el poder presidencial con la super gestión de una suerte de Primer Ministro. Pero antes de imaginarse en La Moneda, el líder liberal de la derecha debe ganarse el activo de los votos lavinistas, como ya se lo sugirió el mandamás de la UDI, el reelecto senador Jovino Novoa, pues ellos no están en un cheque que se pueda endosar automáticamente.
La labor de perforación del mundo humanista cristiano se encuentra, a su vez, favorecida por la crisis en que se ha sumido la DC después de sus resultados parlamentarios del domingo, que le significaron no recuperar, en la votación de diputados, el sitial de primer partido que le arrebatara el gremialismo y de sufrir la derrota de importantes senadores como Andrés Zaldívar, Carmen Frei y Sergio Páez. Estas solas ausencias en la Cámara Alta que se instalará el 11 de marzo pueden volver la frustración demócrata cristiana en resentimiento hacia los coaligados del bloque social demócrata y traducirse o en una apatía frente a Bachelet o, en algunos casos, en una preferencia por Piñera.
Es la gran incógnita que plantea el ballotage presidencial, después que se probara exitosa la estrategia de la derecha de reinventar su candidatura presidencial, dividiéndola en dos cabezas, las del líder gremialista y el hombre fuerte de Renovación Nacional. A partir del cercano desenlace, de incierto resultado, se dará una nueva proyección de los liderazgos nacionales y es posible que se empiece a gestar también, una readecuación, si no un rediseño, de los esquemas partidistas y de alianza que prevalecen hasta ahora.