Cándido ha sido descubierto por la inquisición chilena de la DINA, donde los verdugos le aplican buenas dosis de electricidad en sus partes pudendas. A punto de desmayarse, Cándido recuerda su último viaje a Tontilandia, país maravilloso, cuyo rey el amado profesor Lagos, catedrático un poco cascarrabias y que cuenta chistes aburridos, como el del “robo del jarrón”, cuando los pillines de Inverlink dejaron un forado en la CORFO.
También rememora el crecimiento de ese país a nada menos que un 6% anual; Santiago, su capital, de una ciudad con olor a bosta de caballo y sueño colonial ha pasado a ser una megalópolis, atravesada por autopistas concesionadas, con peaje a cargo del usuario; el metro recorre las distintas poblaciones callampa de la zona sur. ¡Tontilandia es el mejor de los mundos posibles!, exclama Cándido.
Los tontilandeses se proponen elegir, el 11 de diciembre, a una reina o a un rey que reemplace al amado profesor. Los candidatos y candidata son: el millonario Lúculo Popeye Piñera, que vive siempre acelerado, no en vano lo llamaban “la locomotora”; es dueño de empresas aéreas, helicópteros, un canal de televisión y millones y millones de dólares en el banco central de Tontilandia. En un ataque de generosidad, ofrece regalar un millón de empleos, no sabemos si precarios o no y, sobretodo, que el Estado pague a las dueñas de casa por lavar los calzoncillos a los aflautados machos chilenos. Si el Estado no paga la pensión, olerás a zorrillo, le grita la Domitila al marido Pedro. Nada de sexo mensual (los chilenos son unos cachetones, apenas se la pueden una vez al mes, lo demás es onanismo); si estos machos afeminados se atreven a pedirme favores los mando a la cárcel, dice la nueva pensionada, Domitila. Además, Lúculo promete viajes a Playa del Carmen, a Punta Cana o a paraísos de Brasil para evitar la canícula de febrero. Tontilandeses: vayan inscribiéndose; de todas maneras, el que llega último podrá elegir entre las playas de Lavín o acalorarse, a 40%, en Mendoza.
Jerry Lewis Lavín es un viejo actor jubilado, que tuvo éxito en 1999 y que hoy se dedica a clasificar distintos tipos de aves: tucanes, aves de carroña, que en vez de alimentarse con cadáveres, lo hacen devorando las ricas empresas del Estado; también hay pajaritos de ojos celestes, como el ex ministro de Daniel López Pinochet, Jovino Novoa, cuya cara de inocencia no permite pensar que fue amaestrado por tan desagradable personaje. Y está también el loro travieso Pablo Longueira que repite las profecías de su santo patrono, Jaime Guzmán, que está a punto de ser desplumado por la rubia teñida de la Florida, Lily Pérez. Así podríamos seguir describiendo a los distintos pájaros de nuestra fauna. Jerry Lewis ya no hace reír a nadie, pero sigue haciendo festivales a favor de sus amados pobres, por mandato del divino maestro, monseñor Medina Estévez. Como los jotes, todas estas aves, de distinto pelaje, andan siempre juntos en la misa dominical y, en la tarde, van a curar las heridas de sus rotitos.
Michelle Bachelet está apoyada por un ejército de terribles matriarcas feministas: si usted se atreve a salir a la calle, por favor, lleve una insignia con el lema “estoy contigo”, equivalente a la sangre del cordero con la que los judíos tenían que marcar su casa para no caer en furia de Jehová; no se le vaya a ocurrir, hermano del club de Tobi, cambiar el lema en quiero contigo o, ¿tú quieres conmigo? Corre el riesgo de que la santa ira de las féminas las incite a cortarle las vergüenzas, dejándolo más afinado que los niños cantores de Viena. Fuera de bromas, la pobre Michelle ha sido ofendida por los machistas: un tal ministro de las platas la trató de mi “Gordi”; Pompeyo Lúculo Piñera y sus secuaces, entre ellos el obeso y barbudo panelista de Tolerancia Cero, se atreve a despreciarla diciendo que “no da el ancho”, expresión que debiera atribuirse a sí mismo: todos sabemos que está en ese programa, donde estaba el genial Chiapacasse, en representación del ricachón Lúculo. Michelle Bachelet se hace la tonta pero, como toda mujer, es muy pilla: sus ignorantes e inútiles asesores están convencidos que los escucha y que les hace caso, pero en fondo hace lo que a ella le nace; nada de repartirse el plato los frescolines, a trabajar, en vez de asesorar. Cuando Michelle se viste de traje de camuflaje y monta sobre un tanque, a todos los “valientes soldados” les dan unas ganas locas de hacer pipí; cuando luce el traje blanco de doctora, ante una horrible desgracia, -que todos lamentamos-, los chilenos nos derretimos ante la inteligencia y valores éticos de la divina Michelle.
Un querubín enciende el fuego y nuestro tontísimo Cándido, el optimista, comienza a convertirse en tea, para alumbrar una rica parrillada; dicen que antes de morir, a manos del verdugo, gritó: “Tontilandia es el mejor de los mundos posibles”.
Martín, el pesimista, ve todo color de hormiga: imagínese que los tontilandeses, me dice, están regalando su cobre, como lo ha repetido este buen hombre de Tomás Hirsch; ni los oligarcas fueron tan estúpidos como los actuales habitantes de Tontilandia. Al menos, los aristócratas cobraban un impuesto del 50% por tonelada de salitre exportada; hoy, el profesor apenas cobra un ridículo 3%, y esto en contra de Lúculo, Jerry Lewis y todos sus seguidores empresarios, cuya única patria es el dólar del banco de Tontilandia. Los buitres canadienses y australianos nos van a dejar un hoyo, mientras ellos bailaron con los miles y millones de dólares, producto de un aumento del precio del cobre, de 88 centavos la libra, a 2,15. Si esto no es estulticia, díganme cómo puedo llamarla.
La educación es un desastre: en todas las mediciones estamos a pocos puntos arriba de los países menos desarrollados. Normalmente, un alumno de secundaria apenas puede describir un video, pero no le pidan que lo analice, entienda el punto de vista del autor, o desentrañe una hipótesis; mucho pelo, muchas hormonas, pero poco trabajo neuronal. No los haga pensar, que al niño, hasta de veinte años, se le puede colapsar el cerebro. Como siempre, el tontilandés le va a echar la culpa al empedrado. El gran filósofo y financista Daniel López, representa, en un solo pensamiento, el modo de ser del chilensis: “…no es cierto, y si es cierto no me acuerdo, pero no es cierto…” Qué genial dialéctica, ni que fuera discípulo de Hegel.
Los tontitos creen que la educación es mala porque los profesores son incompetentes. Ëstos culpan a los alcaldes porque no les pagan las imposiciones, los ediles al gobierno, porque no invierte en educación. Si los niños pobres mueren en un naufragio, el único culpable es el piloto borracho. Si los escolares tienen que caminar varias horas para aprender a leer y escribir, nadie es culpable: quién los mandó ser pobres? Dejémonos de estupideces: si la educación es el eje para la igualdad social, estamos condenados a esperar milenios. Como siempre: “¿Quién mató al comendador? Fuente Ovejuna, Señor”.
Los viejos pensionados viven con $40 mil al mes; hasta el Profesor lloró, arrepentido, por no haber cumplido con su promesa de mejorar las pensiones. Hace tiempo que Chile le mostró el trasero a los ancianos. No me pregunten qué comen, cómo viven, cómo se divierten, de qué viven, supongo que a puro pan y a puro té. No faltará el cínico que sostendrá que si sobreviven, es porque la pensión alcanza para sobrevivir.
Quienes ganan el premio Nóbel de la tontería son aquellos pobres que están convencidos que al votar por Lúculo imaginan que ellos se convertirán en millonarios legionarios romanos y que aún hay tesoros en la Isla de Juan Fernández.
Como no falta el antipático que, creyéndose muy inteligente, me acuse de plagio al periodista Genaro Prieto, por el uso del término “Tontilandia” y al genial Voltaire, por Cándido y Martín, me declaro culpable y feliz de ser un plagiario impenitente.