El 11 de diciembre pareciera que se juega todo el poder político de este país: se eligen, a la vez, el rey o la reina presidente o presidenta y todos los cortesanos, diputados, senadores y, por delegación del rey o reina, ministros, subsecretarios, jefes de servicio o orejeros de todas las calañas. Como nuestra sociedad civil es muy débil, dominada por el individualismo y maltratada por cuanto jefecillo se le ponga al frente, sólo tiene la facultad de elegir entre los candidatos designados por los poderosos.
Es cierto que me falta considerar los poderes fácticos, infiltrados en los aparatos del Estado, fundamentalmente los empresarios y los individuos pertenecientes a la casta en el poder.
En todas las tribus, el poder del chamán y del tarotólogo no deja de tener importancia: son los magos que, con una tabla de calcular, se atreven a pronosticar el porvenir. Estos sabios son capaces de decirnos quién ganará la elección presidencial, si será en la primera o segunda vuelta y cuántos diputados y senadores elegirá cada partido. Ni siquiera un filósofo como Hegel se atrevió a vaticinar el futuro. Los historiadores, normalmente, apenas están capacitados para interpretar el pasado: sólo miran para atrás, según la condenación de Federico Nietzsche.
Los chamanes son suficientemente inteligentes para hacer el trapecismo con una red de seguridad, por eso, si se equivocan, siempre tendrán agudos argumentos para defender sus erróneas hipótesis: culparán a las encuestas o a cambios sorpresivos de la sociedad que nadie supo visualizar. Hay distintos grados de chamanes técnicos electorales: los más finos dividen el universo electoral por estratos. Por ejemplo, atribuirán el triunfo o derrota electoral de algún candidato por la incapacidad de conquistar a un determinado grupo social o erario. Por ejemplo, en la primera vuelta de 1999 el chamán Eugenio Tironi explicó el empate técnico entre Lagos y Lavín por el cambio de bando de un grupo de volubles mujeres de clase media católicas que asustadas con el lema rogelio de crecer con igualdad prefirieron votar por el candidato de la derecha; para triunfar en la segunda vuelta bastaba levantar la imagen de la muñequita rusa Soledad Alvear y del pequeño empresario del celular, el famoso maestro Faúndez, de la propaganda televisiva. El arcángel Lavín, hábilmente, le recuerda al poderoso profesor Lagos que las encuestas siempre conducen al engaño y a las falsas ilusiones.
Como la soberbia enceguece a los chamanes, a nuestro sabio politólogo Eugenio Tironi se le olvidó nada menos que nuestro rey holgazán Eduardo Frei Ruiz Tagle -que sólo hablaba en monosílabos al igual que el general de la esperanza, Carlos Ibáñez- tenía a Chilito con un inédito crecimiento de menos uno. No sé por qué hasta el más pobre de los electores es tan sensible a las fluctuaciones de la tasa de crecimiento (por eso me da miedo cuando aparecen cifras buenas, como un 4.9% de crecimiento en un país acostumbrado a cifras estratosféricas de un 6 o 7%, que perjudique las posibilidades electorales de Michelle Bachelet). Además, en aquel entonces presidente del Banco Central Carlos Massad, para enfrentar la crisis asiática, subió la tasa de interés a dos dígitos, provocando la falencia de las pequeñas y medianas empresas, hoy tan regaloneadas por todos los candidatos. El informe del programa de Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), 2001, demostraba que el 80% de los chilenos se sentía perdedor en la lucha por sobrevivir y el 50% de los chilenos no demostraba ninguna adhesión a la democracia. Este es el verdadero contexto de la elección de 1999 y la segunda vuelta del 2000.
Hoy, todos los candidatos han captado que los pobres y maltratados no son felices con el neoliberalismo reinante, de ahí que se hayan convertido todos, cual más cual menos, en redentores de los pobres del país: nadie se atrevería a presentar como un modelo al maestro Faúndez, un proletario que ha construido su propia empresa individual en base a telefonazos celulares. No sé cómo abrieron sus ojos y oídos al mensaje de descontento que antes sólo denunciaban académicos de izquierda; ahora, el millonario Epulón Piñera está dispuesto a regalar toda su riqueza a los pobres Lázaros o, al menos, invitarlos a comer en un buen restaurant del barrio alto; María Magdalena Bachelet no tendría ningún problema en lavar los pies con bálsamo de los pobres ancianos jubilados e, incluso, los ricos fariseos empresarios escuchan y se ríen de los improperios en contra del modelo del zelote, revolucionario Tomás Hirsch.
Ningún chamán ni tarotólogo se atreve, a estas alturas, a pronosticar los resultados de la elección presidencial que, hasta hace pocos meses, era carrera corrida para Michelle Bachelet, pero por la infinita soberbia de sus ineptos asesores, hoy día se ve en peligro ante el avance de Lúculo Piñera, cuyas promesas pueden embobar a muchos maltratados electores, que tienen pocas esperanzas de cambiar su vida después del 11 de diciembre. Es triste escuchar cómo personas pobres están convencidas de que un empresario de derecha les va a solucionar sus problemas en base de la promesa de un millón de empleos en este valle de lágrimas. La utopía, la icaria, la ciudad de Dios, la parusía, es poca cosa frente a las promesas del arcángel Lavín y de Lúculo Piñera.
Hay magos electorales que tienen la audacia de pronosticar el resultado exacto en las elecciones de senadores y diputados; en el caso de los primeros, parece evidente que, en la mayoría de las regiones, se elegirá un padre conscripto por cada una de las dos grandes combinaciones: la Alianza por Chile y la Concertación. Tampoco costaría pronosticar que la Concertación doblará en la Octava región Costa y en la duodécima Magallanes, cortándole el vuelo al pajarito pinochetista Sergio Fernández. Más difícil es la tarea de augurar cuál de los dos púgiles, Juan Pablo Letelier y Aníbal Pérez, se comerán el pastel de la Sexta región; en Santiago poniente es posible que también se vaya desplumado el gorrioncillo Novoa.
Nuestros adivinos comienzan a patinar cuando se les plantean las preguntas que verdaderamente importan: ¿Cuántos ingenuos de la Democracia Cristiana conquistará Lúculo Piñera disfrazado de admirador de Radomiro Tomic y de Eduardo Frei Montalva? ¿Preferirán los electores partidos estructurados, casi totalitarios, como la UDI, o federaciones de caudillos, como el PPD y RN? Cuántas veces se ha pronosticado el fin de la DC o el cambio del cuadro político, hegemonizado por la Alianza y la Concertación? ¿Es posible una readecuación de las actuales combinaciones, con un sistema electoral tan rígido como el binominal, que obliga a convivir a parejas que, hace tiempo, dejaron de amarse? ¿Puede haber un terremoto político el 11 de diciembre o se repetirán los resultados anunciados en las encuestas con solo cambios marginales? Es seguro que mis magos le darán tantas respuestas que usted terminará por no creerles nada. Por desgracia, los chamanes, taratólogos y demás, son eternos y no pocas veces logran entretenernos con sus adivinanzas.