“Para subir al cielo se necesita una escalera larga y otra cortita”, dicen los viejos versos que, al parecer, han decidido asumir los estrategas y operadores de la candidatura de Michelle Bachelet. Esto se traduce en desplegar todos los esfuerzos para llegar a la meta en primera vuelta, pero con la previsión de que eso tal vez no alcance –por la cantidad y calidad de los otros competidores- y que haya que emprender una segunda y decisiva carrera.
Que ésta sea más larga o más corta dependerá de la marca que se registre en la primera competición. Si es de 47 por ciento con algunas décimas y si la distancia que lo separe del segundo en carrera es de unos 20 puntos, entonces la otra escalera a subir será, efectivamente, “cortita”.
Si, por el contrario, el camino al cielo se hace cuesta arriba y se cumplen los malos augurios del último estudio CEP, que situó a la candidata oficialista por debajo del 40 por ciento, un nuevo comando tendrá que pensar seriamente en la capacidad de rearme de la derecha, la que podrá ver en esa cifra una oportunidad mayor que la de 1999, cuando logró hacer empatar a Lavín con Lagos con un 47 por ciento y fracción. Como ello es ahora imposible en primer round con dos candidatos representando a la derecha, ésta podrá tal vez revertir el refrán popular y de tres escaleras cortitas –incluyendo la de Hirsch- pasar a necesitar una larga que sume y aumente los peldaños de Piñera y Lavín.
Nada de lo descrito es fácil que se dé. Desde luego, la sumatoria de votos de los dos postulantes derechistas no será mecánica, por las diferentes imágenes políticas y personales que ambos proyectan. Y el análisis de coyuntura no permite extraer la probabilidad de mutaciones tan grandes como para que la abanderada de la Concertación tenga un rendimiento electoral menor a la actual fuerza de la Concertación, como el 39 por ciento y algo que le asignó la encuesta CEP, y para que alguno de los tres opositores se convierta en un verdadero fenómeno político.
Más que los alcances de las posiciones expectables que alcanzaron la semana pasada Piñera y un mes antes el candidato del Juntos Podemos, lo que se necesita descifrar es a dónde irán a parar finalmente los votos del 14 por ciento de los indecisos que registran las encuestas y que no opten por blanco, nulo o la abstención. Ningún examen desprejuiciado puede descartar que gran parte de aquellos favorezcan finalmente al postulante que en los últimos días parece fuera de escena, el persistente Joaquín Lavín.
Es muy probable que, entre los pobres, haya un voto por el representante de la derecha populista que se oculta, para no malquistarse con los vecinos y parientes de izquierda y de centro, o por desconfianza ante los encuestadores: nunca habrá seguridad en las poblaciones de que ellos no son realmente visitadores sociales que vienen a empadronar para programas asistenciales o de ayuda.
La existencia de este factor puede determinar que sea Lavín quien finalmente pase a disputar una eventual segunda vuelta, por mucho que su competidor de la Alianza haya logrado penetrar en las últimas semanas en las capas medias y las más acomodadas.
De ahí resulta cuestionable que el competidor único más fácil para Michelle Bachelet sea Lavín. Lo único claro es que ella enfrentaría el 15 de enero una elección diferente, con probablemente preferencias más cruzadas respecto de la del 11 de diciembre: el votante Concertación o Alianza se sentirá libre para cambiar la dirección de su sufragio, y el del Podemos se sentirá en su mayoría obligado a votar contra la derecha. Si bien Piñera puede, en ballotage, perforarle la votación de centro a la abanderada oficialista, sobre todo ante un mal desempeño de la Democracia Cristiana en las elecciones parlamentarias, el candidato de la UDI reforzado puede, en esa instancia, ser igualmente peligroso, como lo demostró, por lo demás, en las últimas municipales, al lograr imponer al candidato que prohijó para la alcaldía de Santiago, pese a que la Alianza tuvo un fiasco en el conjunto de las comunas y la Concertación se recuperó.
Que “no hay enemigo chico” –y Hirsch es aún un factor a considerar, en sus propias dimensiones- puede resultar, al final, un refrán más valedero que el de las escaleras largas y cortitas. Al menos, para hacer más costosa y difícil la llegada a la cima de la competidora a la que todas las proyecciones y análisis serios favorecen.