Los soldados latinos tienen padres

En el comedor de profesores de la Universidad del Estado de California, donde doy clases, una mujer mexicana-norteamericana coloca delgadas lonjas de pavo sobre un pan. Líneas de estrés irradian desde sus altos pómulos. Uno de sus hijos marchó a Irak la semana pasada. “Rezo todos los días”, dice, mientras esparce mayonesa en el pan.

“¿Por qué se alistó él?”

Ella sonríe, resignada ante la falta de control para con un adolescente que se cría en una cultura de combate. “Es un buen muchacho. Le pido a Dios que me lo traiga de regreso”, dice ella.  “¿Qué puedo hacer? Estoy desesperada”.

La desesperación describe el estado en que se encuentran cientos de miles de padres y madres latinos cuyos hijos sirven en las zonas de guerra de Afganistán e Irak. También describe la presente situación de esos administradores imperiales, otrora confiados, que han logrado atrapar a 200 000 jóvenes de ambos sexos en dos pantanales sin estrategia de salida.

Las guerras de Bush y la subsiguiente ocupación de Irak han dividido claramente a la nación y han fomentado el anti-norteamericanismo en todo el mundo. También han puesto a prueba los recursos del poderoso Pentágono. El “Presupuesto de Defensa” de 2005-2006 de más de $640 mil millones –incluido el presupuesto de inteligencia– es casi el doble de lo que el resto del mundo gasta en “defensa”.

Hasta las guerras del Medio Oriente en el siglo 21, los militares llenaron su cuota de reclutamiento con jóvenes pobres de todo el país. El servicio en la Guardia Nacional parecía atractivo, ya que la posibilidad de participar en una verdadera guerra parecía remota. Pero después de que Bush invadió Afganistán e Irak, y descubrió que no tenía tropas suficientes para ocupar a ambos lugares, llamó a servicio a más de 100 000 tropas de la Guardia Nacional y lanzó una agresiva campaña de reclutamiento. Pero el creciente número de muertos y heridos pasó por sobre la mentira optimista de la Administración. Hasta los generalmente crédulos adolescentes  comenzaron a pensarlo dos veces antes de “engancharse”.

Durante las últimas décadas el Pentágono ha aumentado salarios e incrementado beneficios para obtener un ejército sin servicio militar obligatorio. En menos de veinte años, los salarios han aumentado al cuádruple. En 1981 un soldado raso ganaba menos de $4 500 al año. En la actualidad, ese mismo rango tiene un salario de casi $15 000. Un cabo, dos escalones más alto, saltó de $5 000 a $22 000. Además, reciben alimentos, alojamiento y ropa (uniformes) gratuitos y descuentos en casi todos los bienes de consumo.

Los oficiales sin títulos de postgrado pueden llegar a ganar $125 000 y disfrutan de privilegios como vacaciones de esquí en los Alpes. Por primera vez en la historia, Estados Unidos tenía un gran ejército profesional.

Sin embargo, en 2003, a pesar de incrementos en salarios y regalías –y otras promesas de entrenamiento y educación gratuitos– ofrecidos por las fuerzas armadas, los reclutadores no cumplieron sus cuotas. El lema “sea todo lo que pueda en el ejército” no convencía a los que sabían o escuchaban relatos de amigos y familiares muertos o permanentemente inválidos. El número de muertos y heridos aumentó en las zonas de guerra. Para fines de noviembre, más de 2 100 hombres y mujeres habían muerto; se estiman en más de 20 000 los heridos. El Pentágono no ha dicho cuántos de los heridos han muerto posteriormente.

“A pesar de lo estúpidos que son los adolescentes norteamericanos”, me confesó en junio un reclutador mexicano-norteamericano en Pomona, California, “no son lo bastante estúpidos como para creerse la basura que les estamos dando para que vayan a Irak o Afganistán. No me cite”.

Lo he citado, pero omito su nombre y graduación.  Sus padres vinieron de Sinaloa y se asentaron en San Bernardino, donde creció y decidió hacer una carrera en el ejército después de abandonar la escuela secundaria.  “Paga bien y no trabajo mucho.  Prefiero estar aquí a estar en Irak o Afganistán.  Puede estar seguro de eso”.

Su compañera, una joven con grado de sargento en sus mangas, le susurra en español: “¿Estás loco?  No digas más.  No te chingues, cabrón”,  Él ríe.

Junto a su mesa de reclutamiento frente a un centro universitario, algunos estudiantes habían montado una mesa de “desreclutamiento” y ofrecían a los posibles reclutas “la verdad acerca de los militares norteamericanos”, incluyendo las cifras de muertos y heridos que las dos guerras ya han provocado.  Además, los estudiantes anti-militaristas “aclararon” que algunas de las promesas del ejército acerca de préstamos y otros beneficios eran mucho menos que lo que prometían los militares.  Tenían declaraciones de algunos veteranos heridos en el sentido de que el ejército hacía deducciones de sus salarios y recortaba beneficios.

El sargento no intentó contrarrestar a los estudiantes de la mesa cercana.  Distribuía folletos, daba apretones de mano y reía.  “Es mi trabajo. Tengo una cuota de muchachos a reclutar, así que al infierno.”

Al infierno, sí.  Esa palabra se ha extendido incluso hasta las comunidades negra y latina que tradicionalmente han suministrado más que su proporción de jóvenes para las frecuentes y violentas excursiones de los militares norteamericanos al extranjero.

Para los mexicanos “ilegales” o para aquellos que quieren una vía rápida a la ciudadanía, la vida militar tiene una fuerte atracción.  Como México brinda la arena de reclutamiento más cercana y lógica, los “ilegales” mexicanos superan numéricamente a todos los demás latinoamericanos que viven en Estados Unidos y en el propio Irak. Unos 8000 mexicanos son ahora voluntarios del servicio militar oficial.  (John Ross, Counterpunch, 21 de febrero de 2005.)

Los mexicanos y sus descendientes son más de la mitad de los 110 000 latinos –puertorriqueños, dominicanos y centroamericanos en las fuerzas armadas norteamericanas.  Adicionalmente, casi 25 000 mexicanos más se han alistado como forma de obtener la ciudadanía norteamericana.  Los coyotes pasan de contrabando hacia el país a algunos de estos mexicanos como niños que nunca tuvieron documentos “legales”.

Los reclutadores buscan en las escuelas secundarias con mucha población de descendientes de mexicanos.  La Infantería de Marina tiene el mayor éxito en su campaña publicitaria.  Ellos aseguran que los jóvenes de origen mexicano son el 13% del Cuerpo.  Pero ese alto porcentaje de latinos también está presente en las cifras de muertos y heridos.

Incluso antes de la sangrienta batalla de Faluya en noviembre de 2004, la cual cobró un gran número de bajas, las familias mexicanas comenzaron a sentir el dolor de la guerra.  Los muertos, los sin piernas, los sin brazos, los sin ojos y los descerebrados comenzaron a llegar a casa.  A ambos lados del río Bravo los padres mexicanos compartieron una angustia común. Ciento veintidós latinos estaban entre las primeras 1 000 bajas en Irak.  Setenta eran de ascendencia mexicana.

El 24 de diciembre de 2004, víspera de Navidad, Sergio Díaz Varela murió en Ramadi.  Su familia y amistades asistieron a su funeral en Guadalajara, donde “tropas armadas de Fort Hood, Texas, con el General Ken Keene al frente, acompañaron al joven soldado al lugar de su último descanso, y el embajador Tony Garza encomendó a Dios el alma del muchacho.”  (John Ross, Counterpunch, 21 de febrero de 2005.)

Funerales similares tuvieron lugar en San Luis de la Paz, Guanajuato y en Altos  de Jalisco.  El día de la invasión, el primer soldado que murió era mexicano-norteamericano.  Fernando Suárez del Solar, padre de Jesús, un residente de Escondido, California, habló en español. El hombre de 48 años, de complexión delgada, dijo que había llegado como inmigrante de Tijuana en 1997. Ahora trabajaba como cajero en una tienda y distribuía periódicos.

Comenzó de forma vacilante: “En el día de hoy estoy aquí demandando el retorno inmediato de nuestras tropas,” dijo a una audiencia de estudiantes de la Universidad Politécnica del Estado de California en Pomona. “Yo perdí a mi hijo, a mi Guerrero Azteca, Jesús Alberto, por negligencia del comando americano en Irak en esta guerra ilegal llena de mentiras del presidente Bush.”

Mientras hablaba parecía ganar en confianza y fuerza: “Ustedes saben que mi hijo muere por pisar una granada ‘AMIGA’, una granada puesta la noche anterior por el Army y nunca avisaron a la unidad de mi hijo y les dieron la orden de avanzar y como mi hijo era el explorador, pisó una de ellas y esperó casi tres horas para recibir atención medica, para que un helicóptero llegara con auxilio.  ¿Esto es una muestra de nuestro ejercito invencible?  ¿Es una muestra de la protección que les dan a nuestros muchachos?”  Una lágrima de dolor o ira o de ambos corrió por su mejilla.

No obtuvo respuesta del Pentágono.  Así que viajó a Irak para conocer la verdad acerca de la muerte de su hijo.  Se unió a Familias Militares Protestan.  Junto con otros familiares de soldados muertos o heridos habla y organiza manifestaciones en contra de la guerra.

Fernando Suárez hace algo más que pedir ayuda a Dios. “Señor Bush”, gritó ante un grupo de estudiantes de California en el otoño de 2004, “¿cuantos de nuestros hijos necesita para llenar su tanque de gasolina?  ¿Cuantos hijos americanos muertos necesita para parar esta guerra llena de mentiras? Yo no quiero mas muertes de nuestros hijos, de sus padres, esposos. Paremos esto ya, señor Bush, espero que Dios le perdone, porque yo no puedo.”

 

Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política y profesor en la Universidad Cal Poly Pomona.