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Agosto 19, 2026

Lúculo Piñera versus Harpagón Eyzaguirre

Lúculo fue un legionario romano que terminó multimillonario, gracias a los saqueos en la guerras; Harpagón es el personaje principal de la obra de Moliere, El Avaro. Harpagón Eyzaguirre, como gran conocedor de las finanzas, sabe muy bien que las acciones de Lúculo se multiplicarán por cuatro si este pasa a la segunda vuelta electoral, contra Atenea Bachelet, por la herencia del imperio detentado por César, profesor Lagos.

Se sabe que la ciencia económica es, fundamentalmente, especulación, el rumor es mucho más importante que los hechos: bastará sólo pensar que puede triunfar Lúculo para que los pajaritos inversionistas, que se han escapado de la jaula del alado Joaco, raudamente compren acciones de LAN y de tantas otras empresas de las cuales Lúculo es el principal accionista; por lo demás, esto del liberalismo antiestatista, una especie de anarquismo económico, nunca ha existido: en el fondo, cuando a las empresas les va bien, el Estado no debe intervenir, pero cuando les va mal, ¡oh, catástrofe! la CORFO o el Banco Central deben acudir en su auxilio.

Acaso no fue el estado el que salvó al Banco de Chile durante el gobierno de Daniel López Pinochet, hoy con utilidades estratosféricas. Poco importa que los grandes monopolios engañen a los inversionistas en sus balances –sólo basta recordar, en Estados Unidos, Enron, General Motors y Ford y, en Europa, Parmalat- menos que las AFP tengan utilidades millonarias y los pobres trabajadores vayan a terminar con jubilaciones miserables, muchas veces inferior a la pensión mínima; para apagar estos incendios ahí si recurren al Estado. La idea de todo capitalista es probar los mejores alcoholes, emborracharse y ser conducido a su casa por una ambulancia estatal

Con razón, Harpagón Eyzaguirre defiende el patrimonio fiscal ante los hambrientos ratones de los candidatos, que se quieren repartir la torta del superávit fiscal; con razón, el fabulista colombiano Rafael Pombo escribía, como moraleja: “Gobiernos dignos y timoratos, donde haya quesos no mandeis gatos”. El gatito Lúculo Piñera ofrece, nada menos, que un millón de empleos, distribuidos en los cuatro años; el gato volador, Lavín, no se queda atrás: cárceles paradisíacas para los cacos y jubilación para las dueñas de casa; la gata “Luz”, desde su escondite, promete mejores jubilaciones para los pobres ancianos y ancianas. Todos estos ofertones se financian con el dinero fiscal y creo que no se diferencian mucho del cohecho que operaba en la época republicana: son los mismos carneros, ahora comprados con ofertas más sutiles. Qué pasaría, me pregunto, si los candidatos tuvieran que depositar, en una cuenta, en Banco del Estado, dinero y acciones que les serían retenidos de no cumplir con sus promesas? Para qué hablar de someterlos al juicio popular a mediados de su mandato.

No se puede ser pobre y candidato, por consiguiente, hay que inventar un método para enriquecerse sin trabajar; desde siempre, los caballeros de Chile, al igual que los griegos, han apreciado el ocio como una forma de vida. La manera más fácil de hacerse rico es recurrir al dinero fiscal. Daniel López Pinochet, “el genio de las finanzas”, posee todas las estrategias para defraudar al fisco e intentar pasar “piola”; para su desgracia, un honesto juez, Carlos Cerda, lo tiene procesado. Por consiguiente, nuestro “doctor” tiene todo  el tiempo del mundo para dar clases a los aprendices de nuevos ricos.

Otra forma de ser rico sin trabajar, es apostar en la ruleta, jugar a los caballos en el hipódromo o apostar a los juegos de azar; hay personas que están convencidas de que algún día se convertirán en actores de “La vida es una lotería”, de mi sobrino, Marco Enríquez-Ominami.

A comienzos del siglo XX, los aristócratas heredaban fundos de sus harpagones  abuelos y padres, que los dilapidaban en el tapete verde del juego: el más famosos de estos personajes fue Vicho Balmaceda, amigo de Joaquín Edwards Bello; siempre se recurría a la Bolsa de Comercio para mantener el nivel de despilfarro necesario, para vivir comme il faut. En 1904, como hoy, la Bolsa tuvo un boom de rentabilidad: los papeles de salitreras y mineras bolivianas se vendían como pan caliente y en días pagaban un 30 ó 40%, milagro que sólo ha hecho, hasta ahora, nuestro Daniel López Pinochet, prisionero de incrédulos jueces. La mayoría de estas compañías –salitreras y bolivianas- eran tan falsas como las de fachada, de Daniel López y, al año, la Bolsa se arruinó. Los señoritos de ricachones volvieron a la austera pobreza de sus coloniales ancestros. El escritor Luis Orrego Luco, en La casa grande, describió el derrumbe moral de esta aristocracia, víctima por la corrupción del dinero fácil, nada muy distinto al Chile de hoy.

No basta con conquistar el dinero: hay que conservarlo y la mejor manera de hacerlo es practicar la avaricia, para prever la época de vacas flacas. Don Federico Santa María era famoso por tacaño: escribía en el dorso de los sobres y cartas para economizar papel; don Federico era mucho más rico que Lúculo: especulando con el azúcar estuvo a punto de arruinar la Bolsa de París. Cuenta Edwards Bello en sus Crónicas del Centenario, que un millonario llamado Cachiporras –así se decía antes a los engreídos de Chile- invitó a don Federico a tomar té en una tetera de oro macizo; amostazado, don Federico, devolvió la invitación alimentando el fuego del bracero con un fajo de billetes, posiblemente falsos, como corresponde a un buen avaro.

Ramón Barros Luco padecía el síndrome de Diógenes, guardando los sobres de las cartas que recibía a la espera de que alguna de ellas contuviera algún premio. Hacia 1938, Gustavo Ross era el candidato de la derecha, también famoso por su avaricia: jamás concedió un alza de sueldos y salarios de los trabajadores; le llamaban, “el ministro del hambre” o “el último pirata del Pacífico”. Jorge Alessandri también era famoso por su avaricia: sólo comía galletas de soda y agua mineral Panimávida y vivió siempre en la casa de la familia. Mi padre, Rafael Agustín Gumucio, me contaba que cuando era sub secretario de Hacienda, el ministro era don Jorge Alessandri que, como buen mano de guagua, no le quería dar a don Arturo, su papá, presidente del senado, unos pocos billetes para que los gastara en una de sus tantas visitas a casas de remolienda; los retos del papá al hijo se escuchaban en todo el ministerio,

Harpagón Eyzaguirre tiene toda la razón: no permite que estos niños vacíen la caja fiscal. Como lo cuenta un tal José, a las vacas gordas le suceden las vacas flacas, y sólo los malos gobernantes se comen todas las vacas, sin discriminación alguna.