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Agosto 19, 2026

Investigación revela que a Tutankamón le gustaba el tinto

Entre
todas las grandes cosechas, la del año cinco no se había considerado clásica.
Sin embargo, científicas españolas han descubierto que era el trago favorito
del más conocido de los faraones egipcios para después de la muerte.  Un equipo de la Universidad de Barcelona
anunció recientemente en el Museo Británico los resultados de una investigación
sobre los hábitos del rey Tutankamón tratándose de vino.

Revelaron
que no sólo fue enterrado con ánforas de vino, sino que prefería el tinto al
blanco. Y no cualquier vino barato del delta del Nilo, sino el tinto de la
mejor cosecha, si son tan amables.

Los
antiguos egipcios creían en la buena vida después de ésta, y por eso al rey Tut
lo enterraron con sus vinos. “En las tumbas se colocaban garrafas de vino
como alimento funerario”, explicó María Rosa Guasch-Jane, maestra en
egiptología de la Universidad de Barcelona. “En el Nuevo Imperio las
ánforas de vino se etiquetaban con el nombre del producto, el año, la fuente e
incluso el nombre del vitivinicultor, pero no mencionaban el color de los
caldos que contenían.”

Según
parece, el año cinco era una buena cosecha, sin duda destinada a reservarse
para una ocasión especial. Una de las muestras salidas de una ánfora de la
tumba del joven faraón tenía la leyenda: “Año cinco. Vino de la casa de
Tutankamón, emperador del Sur y más allá, l.p.h. (en) el río Occidental. Por el
jefe vitivinicultor Khaa”.

Con
financiamiento de la Fundación para la Cultura del Vino, de carácter no
lucrativo, creada por las bodegas Vega Sicilia, Codorniz, Rioja Alta, Julian
Chivite y Marqués del Riscal, los investigadores españoles recibieron permiso
de analizar residuos tomados de los restos de tres vasijas propiedad del Museo
Británico y tres del Museo de Egipto en El Cairo (dos de ellas de la colección
de Tutankamón).

Al
poner al microscopio los residuos de una de las garrafas, Guasch-Jane y Rosa M.
Lamuela-Raventos, profesora de nutrición y ciencia de la alimentación,
desarrollaron la primera técnica capaz de determinar el color del vino
almacenado en ánforas antiguas. Combinando la cromatografía de líquidos con la
espectrometría de masas, descubrieron restos de ácido tartárico, compuesto que
existe en muy pocas fuentes naturales aparte de las uvas; pero con ese dato no
podían saber si el vino era tinto o blanco. Entonces buscaron en una parte de
una garrafa el químico que aporta color al vino tinto, la
malvidina-3-glucósido. El análisis directo no es viable, así que las
científicas expusieron la muestra a una solución básica que descompone la
malvidina en ácido siríngico, el cual sí es detectable.

“Este
método nos condujo por vez primera no sólo a identificar la presencia del vino,
sino también a revelar el origen de uvas rojas del que estaba en una vasija de
la tumba del rey Tut”, indicó Guasch-Jane.

En
1994, un arqueólogo molecular, Patrick McGovern, descubrió restos de ácido
tartárico en residuos de vasijas que datan del año 5400 a.C., provenientes del
sitio de Ají Firuz Tepe, en las montañas Zagros del norte de Irán. Sigue siendo
la primera prueba concluyente de producción de vino, si bien los detalles más
antiguos que se conocen sobre el cultivo del vino proceden del antiguo Egipto.

Murales
de tumbas que datan del año 2600 a.C. muestran vides manchadas con excremento de
paloma y a unos niños que servían de espantapájaros. Las escenas muestran
también que el proceso de fermentación se realizaba en ánforas, las cuales se
cubrían con tela o lienzo y se sellaban con barro del Nilo. Está claro que los
egipcios algo sabían de vinos.

Según
Stephen Cipes, cuya empresa vitivinícola Summerhill está “construida en la
forma de la Gran Pirámide de Gizeh”, los vinos madurados en la
“sagrada geometría” de una pirámide saben mejor. Por el bien de
Tutankamón, esperemos que sea verdad.