Weinberg apunta a la irracionalidad a la que siempre se llega cuando se extrapola una norma aparente, una ley, más allá de los límites valederos que es preciso reconocer y precisar, incluso para cualquier ley de la naturaleza, por básica o genérica que ella sea. Ocurre así con las leyes de la física y las formulaciones de modelos matemáticos; ocurre, por cierto, con las supuestas leyes de la economía, en cuyas ecuaciones no se han podido incorporar todavía las variables ambientales, culturales y, aún menos, las sicológicas, imprescindibles en una teoría económica y social que llegue a ser, si no rigurosa, al menos aceptablemente consistente.
Se refiere Weinberg a lo que otros estudiosos de la conducta humana y de sus consecuencias sociales mencionan como la cara oculta de la ciencia, cuando ésta es dejada al libre albedrío de los hombres, al azar, a la casualidad o al destino. Mucho peor, sin duda, si se la deja a merced del lucro.
Ciencia y tecnología avanzan al presente en las sociedades de economía liberal incluso en las que adoptan la forma pudorosamente autodenominada como de economía social de mercado por el empuje y estímulo del lucro que de ellas se obtenga, del máximo lucro posible, y, en consecuencia, tanto la orientación como la extensión que la ciencia y la tecnología alcancen estarán condicionadas por tales estímulos. Si existen casos, como en realidad los hay, que escapan a esta consideración, ha sido en la medida en que la sociedad se ha desviado de los requerimientos establecidos por el sistema.
Weinberg llega, nada menos, que a postular la eventual necesidad del abandono de la investigación científica en el caso de que ésta no pueda ser reformada, y no parece haber espacio para alguna duda razonable de que la eventual reforma a la que apunta Weinberg no podrá venir del libre juego al que induce el lucro.
Nunca, antes de nuestro tiempo, las sociedades humanas han estado más distantes del conocimiento de su destino inmediato, no obstante el poderoso potencial informático con el que ahora se cuenta. Como nunca antes, el hombre, hoy, se siente tan lejano del conocimiento de sí mismo y del otro, de su prójimo.
La avalancha publicitaria actual, mostrando como gran triunfo del liberalismo económico imperante en la mayor parte del mundo el consumismo exacerbado y creciente, en una tendencia que no reconoce límite alguno, sigue reivindicado por la gran parte de los gobernantes de turno y asumido ideológicamente como dogma de realismo político por los teóricos de las economías de semejante éxito.
El error capital entre otros más en el que incurren los exegetas del liberalismo económico que postulan al mercado como protagonista clave para la asignación de recursos estriba, consideraciones éticas aparte, en que el concepto de mercado como variable independiente, simplemente no existe. El mercado, en el tipo de sociedad capitalista vigente, es función de un indeterminado número de variables entre las que no es menor el de la publicidad, manipulando lo que las gentes sienten como necesidad. Se procede en función de obtener el mayor lucro alcanzable, sin cuestionar debidamente el concepto que adquiere, en el modelo, el crecimiento económico y sus consecuencias, absolutamente desconocidas. Weinberg tiene poderosas razones para levantar, escandalizado, su voz de alerta.
La ciencia, impulsada por el lucro, no se sabe a dónde conduce, como tampoco se sabe por qué medios pueda ser reformada o, incluso, abandonada, a menos que se sustituya el sistema económico, político y social que al presente la sustenta por otro, alejado de la carga de irracionalidad caótica que el actualmente imperante implica; por un sistema que apunte a convenir progresivas normas de convivencia social estable, fundadas en principios de solidaridad que tiendan a disuadir los egoísmos salvajes inherentes a la condición humana, obscenamente existentes y exacerbadas al presente en nuestro mundo por el modelo de sociedad adoptado; una sociedad en la que el hombre no concluya constituyéndose en el opresor de su semejante ni en el devastador de la Naturaleza que le alberga.
