El que más gesticuló desentonó, abriendo una incógnita sobre el rumbo de su candidatura. Lavín confirmó que, aparte de maqueteado, es marquetero. Desde hace más de tres semanas sigue el libreto de la agresividad diseñado por los creativos de su comando. Pero como es mal actor, no sólo reconocidamente mal bailarín, se sobreactuó y esa majadería tal vez produjo algún cansancio en la teleplatea.
Esta al principio pudo sonreir con agrado o con sorna- ante sus insistentes interpelaciones al Presidente Lagos a quien estuvo a punto de ganarle, insistió- y a Michelle Bachelet y sobre todo ante la revelación del numerito que todos esperaban, pero no sabían cuál sería: una cédula de identidad de una víctima de la delincuencia mordida por una bala, sucedánea de la llave de la pobladora de 1999.
La candidata, por su parte, siguió el ritual de toda señora que va a una fiesta de matrimonio u otra por el estilo: la de sobreproducirse físicamente, acicalando de más una grata presencia femenina que no necesita de tanto artificio. Si ella lucía muy tiesa de mechas, su interpelador las lucía alargadas, de acuerdo a su nuevo estilo rebelde y confrontacional.
Es curioso: esta fue finalmente la manera en que se reinventó Lavín, después que hace cuatro meses nos dijeran en la UDI que estaban en ese dilema. Porque el nuevo Lavín era la amistosa Bachelet, el cambio mismo reencarnado, y Piñera era como el Lagos de ahora, de talante moderado. El candidato de la UDI se reinventó, entonces, a la manera del Lagos que hacia fines de los 80 se dirigía por radio directamente a Augusto Pinochet, hasta que una noche soñada le levantó el dedo en pantalla. Ahora, como Presidente, es el interpelado por este Lavín que desempolvó el gallito de pelea que intentó ser en la elección de diputado por las Condes y que perdió ante Evelyn Matthei.
¿Y Hirsh, qué es? Luce cual una especie de Piñera de izquierda, empresario que es también: pequeño empresario. Fue, como lo esperaban los iniciados, la sorpresa de la noche para el gran público, por su aplomo en lo formal y solvencia en lo conceptual. Si Bachelet vio el miércoles aventarse el peligro de Lavín, al mostrarse serena, aplicada, femenina y doctora, ahora debe contar con que Hirsh provoque una segunda vuelta. El abanderado de la izquierda extraparlamentaria dijo muchas cosas que ella, sin duda, comparte, pero que no puede decir, encorsetada en la administración del cambio dentro del continuismo concertacionista. Hirsh se dio el lujo y el gusto de transmitir a una gran audiencia esos ímpetus sesenteros que, añejos, tienen el sabor de la nostalgia.
Lo que el cuarto candidato le quite, por la izquierda, a Bachelet tal vez lleve a ésta a una segunda vuelta con uno de los dos postulantes de derecha. Para que sea con Lavín tendrá que resolverse una competencia de imágenes en la que éste y Piñera se enzarzaron y que tiene que ver, desde la noche del foro, no sólo con diferencias de estilo: el economista y el empresario se metieron en un brete al deslizarse en el pedregoso terreno de la desigualdad social. Lo hicieron intentando separar aguas de la concentración empresarial del poder económico, simbolizada en el foro presidencial por las isapres y las AFP.
Bachelet tuvo en ese terreno tal vez su punto alto de la noche, al recordar que los gerentes de esas instituciones hicieron el programa del candidato Lavín, mientras que ella levanta la insignia de la reforma provisional, la de un sistema cuyo autor es José Piñera, hermano del actual candidato. Esto es algo que no se dice porque aquel es mucho más derechista. Pero el Piñera liberal igual quedó en el limbo, porque sus propuestas declamadas casi siempre con tres adjetivos sucesivos- provienen de un miembro activo y exitoso de la clase concentradora de la riqueza.
Es ante el debate de la igualdad social y no tanto sobre la delincuencia- que las cuatro maquetas presidenciales tendieron a cobrar vida, la que tendrá que desplegarse en lo que queda de la campaña presidencial, y no exclusivamente a través de un segundo foro televisivo.
