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Agosto 19, 2026

Ese loco Alberto Hurtado


No me explico por qué los locos que incomodaron en su vida a los satisfechos de la tierra terminan siempre siendo fetiches, con camisetas, retratos y santitos, adornados con frases que, en su tiempo, resultaban escandalosas. Algo así ocurrió antes con monseñor Arnulfo Romero, el Che Guevara, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y, ahora, con San Alberto Hurtado.  Confieso que tanto boato debe tener desesperado a nuestro santo, cuya característica central fue siempre la sencillez de la denuncia y del anuncio de un mundo más justo.




Seguramente, en el Vaticano todo el ceremonial estará vigilado por los legionarios de Cristo como si a Jesús se le hubiera ocurrido construir un ejército para perseguir a los musulmanes del Magreb. A este solemne acto se invitaron, como los negritos de Harvard, algunos pobres, a quienes tanto amó Alberto Hurtado, y que volverán, seguramente, a la misma triste miseria cotidiana.

Pocos años antes de que naciera Alberto Hurtado, un Papa, León XIII, escribió  una Encíclica llamada Rerum Novarum, (Acerca de las cosas nuevas), que no condenaba, como el Syllabus, al mundo moderno, sino que hablaba del escándalo de la apostasía de las masas, de la explotación capitalista de los pobres. El diario conservador El Ilustrado prefirió publicar, bien pagados avisos sobre fajas para frívolas señoras aristocráticas, que dar a conocer esta nueva locura del Papa.

Cuando nació Alberto, en 1901, ya en el norte de Chile los agitadores dirigentes anarquistas y socialistas organizaban el movimiento obrero; un repúblico decía que en Chile no existía la cuestión social, eran invenciones sólo aplicables para Europa. Recuerdo que mi abuelo, Rafael Luis Gumucio Vergara, cuya preocupación esencial era la libertad política y la defensa de los intereses de la iglesia, declaraba que no podía entender las encíclicas y que, a lo mejor, era una de las tantas locuras del envejecido Pontífice. A diferencia de los ociosos latifundistas, especuladores del boom de la Bolsa, en 1904, don Rafael Luis era un aristócrata pobre, que vivía de su pluma. Afortunadamente, con el tiempo, cambió de parecer y se convirtió en un crítico mordaz de sus amigos conservadores, permitiendo el reconocimiento, por parte de la iglesia, el triunfo de Pedro Aguirre Cerda. Esta actitud y el apoyo a la Falange Nacional le hizo merecedor de los más procaces insultos de sus antiguos amigos.

El verdadero maestro de Alberto Hurtado fue el padre jesuita, Fernando Vives Solar. Este porfiado sacerdote, educado en Europa, no podía concebir que ser católico fuera equivalente a ser latifundista y militante del Partido Conservador. Sus ideas avanzadas escandalizaron, incluso, a don Rafael Luis Gumucio, que en esos días iba a casarse con la colegiala de las monjas francesas, Amalia Vives Solar. Como pariente, mi abuelo visitó a Fernando Vives, quien aprovechó la ocasión para exponerle sus ideas progresistas. Desesperado, don Rafael Luis, dio un portazo diciendo: usted es un comunista, señor. Posteriormente, Fernando fue maestro de Clotario Blest y apoyó la República Socialista, dirigida por el Comodoro Marmaduque Grove.

Alberto Hurtado era también un aristócrata empobrecido. Su padre murió en manos de los cuatreros, que esos tiempos asolaban los campos. Tuvo que trabajar como secretario del Partido Conservador y recibió un garrotazo en la cabeza, propinado por los seguidores de Catilina, el llamado Lenin chileno, Arturo Alessandri. Alberto Hurtado viajó a Bélgica y, en Lovaina, recibió la formación de los más avanzados pensadores del social-cristianismo. Estudió, para escándalo de los reaccionarios chilenos, a pedagogos sociales como Celestin Freinet y al liberal progresista  norteamericano, John Dewey. Su vuelta a Chile, lleno de ideas y de sueños despiertos, fue terriblemente decepcionante: la iglesia seguía siendo conservadora, los sacerdotes politiqueros eran, muchos de ellos, miembros del partido pelucón. Paralelamente, comenzaban a organizarse unos jovencitos que leían las encíclicas y los cuales no podían entender por qué los cristianos tenían que militar en un partido que adoraba a mamón, el ídolo de la riqueza.

En los años cuarenta del siglo pasado, Chile era tan injusto como hoy: los rotos, como les llamaban, sólo eran buenos para extraer la riqueza del salitre o para ser empleadas domésticas; la mayoría se emborrachaba y era analfabeta. Es seguro que durante estos días escucharemos que el padre Hurtado era un apolítico, que sólo se preocupaba de las cosas celestiales y de los problemas sociales, como si éstos pudieran separarse de la política, digo de la verdadera política con ideales y sueños.

Me consta que Alberto Hurtado era radicalmente político e, incluso, cuando mi abuelo Rafael Luis, obsesionado con el pecado, se confesaba con Alberto y éste, comprendiendo que a su edad los pecados eran nimios, buscaba la forma de hablar de política y de proyectar el evangelio en los obreros. El padre Hurtado quiso vivir como obrero, fue uno de los tantos santos que se van al infierno, como decía Cesbron, un novelista de la época, pues la iglesia temía,  sin ninguna razón, que en esta convivencia, al vivir la miseria de los obreros, los sacerdotes se convirtieran en evangelistas y prosélitos del ateo barbón, Carlos Marx.

En 1948, el rumbero Neruda así lo llamaba, Gabriel González Videla,   aconsejado por el presidente Truman, decidió enviar a Pisagua a los comunistas. ElCcardenal José María Caro, que era un buen hombre proletario, de origen humilde, llamó don Horacio Walker para comunicarle que los falangistas que votaran en contra de la Ley de Defensa de la Democracia iban a ser, de inmediato, excomulgados. Por suerte, don Horacio no les comunicó tan perentoria orden, salvándose Radomiro Tomic de una segura expulsión de la iglesia.

Alberto Hurtado y Monseñor Manuel Larraín eran falangistas, según los corredores de la bolsa y latifundistas conservadores, es decir, filo-comunistas. Años después llamaron a Eduardo Frei, el Kerensky chileno, incluso, monseñor Augusto Salinas, propuso, nuevamente, excomulgar a estos enrojecidos  social cristianos El padre Hurtado era muy mal comprendido por los miembros de su congregación, los jesuitas, incluso por los más progresistas. ¿Cómo se le ocurre mostrarle a nuestros elitistas alumnos las miserias de las poblaciones, acoger bajo el techo del Hogar de Cristo a esos seres marginados, malolientes y desarrapados, que son culpables de su propia miseria, por viciosos y flojos?

            A  quienes les gusta los si acasos de la historia se pueden entretener pensando qué ocurriría si Alberto Hurtado, por un milagro, volviera a Chile Estoy seguro de que no tendría nada qué conversar con nuestros políticos actuales, que en el día de su canonización le rinden pleitesía No entendería en absoluto la admiración de los políticos por el Chile enriquecido; menos podría comprender la ingeniería electoral, único juego que entretiene a nuestros prohombres. Los pobres de Chile siguen siendo los mismos carneros que tienen que votar por senadores vitalicios. Los demócrata- cristianos, hijos de los falangistas, aunque se dicen humanistas cristianos, hoy son parte del mismo circo, de la misma casta, y no asustan a nadie. La iglesia, que tanto amaba Alberto, sólo se ocupa del condón y de otras minucias. El canal católico y Megavisión muestran bellas modelos desnudas para llamar a la abstinencia sexual y a la pareja única.


La Bolsa, convertida en un dios, lleva a los buenos católicos y a los que no lo son tanto, al paraíso terreno de la rentabilidad. Los pobres, que según el maestro Ricardo Lagos, son hoy mucho menos pobres, por la magia del chorreo, viven igual a  época en que los conoció Alberto Hurtado, si se considera la lógica evolución en el tiempo. Se ven las casas cubiertas con condones, para protegerse de la lluvia, construidas, esta vez, por un demócrata cristiano. Los pobres, viven aterrados porque cada mañana llega una redada policial a sus poblaciones e, incluso, están amenazados por uno de los candidatos a presidencia, que si delinquen serán enviados a una isla solitaria. Claro que se habla de la mala distribución del ingreso, que el 70% gana menos de $200.000, y hasta un ex dirigente empresarial denuncia más duramente la injusticia que los antiguos y nuevos plutócratas de la Alianza y de la Concertación. Estamos en un mundo al revés: creo que el padre San Alberto Hurtado montaría en la santa y loca ira y pondría las manos, la mente y el corazón, para denunciar y actuar contra este marasmo que domina el Chile del bicentenario.

* Historiador, Magíster en la Universidad de París, profesor de la Universidad Bolivariana.