{mosimage}París.- Para muchos constituye un fantasma de la izquierda chilena – después del golpe sus amigos y familiares pensaron que estaba muerto- , pero no, sigue vivo y mide 1.83, un centímetro más que su hermano Miguel Enríquez, el fundador y leyenda del MIR. Enseña historia en La Sorbonne y no piensa regresar a Chile, ni siquiera si la ultraderecha ganara las elecciones en Francia, como estuvo a punto de ocurrir en el 2002 en la contienda Chirac-Le Pen.
Como él mismo se define, es un “buen cuentero”, repite las fechas con una memoria sorprendente y tiene una postura crítica de lo que fue el movimiento de aquellas banderas roji-negras que encantaron a muchos jóvenes en los 70, quienes veían en la revolución y en la vía armada la única manera de subvertir el orden establecido en Chile. Pero a diferencia de sus hermanos Miguel y Edgardo (detenido desaparecido), Marco Antonio Enríquez sobrevivió durante el régimen militar y ahora cuenta su historia, la que muy pocos conocen.
– A veces, recuerdo que sólo dos días antes que lo capturaran, en el 92, lo vi en La Sorbonne, estacionándose en el puesto del rector. Y después no podía creer cuando leí la revista Cambio 16 con el titular “Gran redada ETA-MIR” y al Gato en la portada.
– El había asaltado un banco y con el grupo se olvidaron de un viejo dicho: vasco para la plata, como perro para la mierda. Los ETA se pusieron a discutir por el reparto del botín y, como no hubo acuerdo, los ETA los delataron.
– Yo fui muy lapidario, escéptico y derrotista. Para mí, el MIR jamás debiera haber hecho eso, porque cuando tú atacas un banco, atacas el centro del capitalismo y quien lo hace queda marcado para siempre. Miguel lo hizo 6 ó 7 veces.
– Lo que pasa es que a veces le ayudaba a hacer sus discursos. Le decía cuando estaba hablando huevadas. Una vez, La Tercera publicó “Siniestro personaje desde las sombras teleguía a sus dos hermanos”, tratando de decir que Edgardo y Miguel eran mis títeres. Pero no fue así.
– En 1957 apoyé a Allende, pero no tenía derecho a voto. Primero fui simpatizante del PS, luego militante trotskista y después, en 1964, fui elegido vocal de la Federación de Estudiantes de Concepción. Igual que mis hermanos, fui parte del pre MIR, es decir, de la Vanguardia Revolucionaria Marxista, entre 1963 y 1965. Pero, a diferencia de Miguel y de Edgardo, nunca creí que el MIR iba a reemplazar a la UP luego del golpe.
– Era brillante, pero muy déspota y explotador. En abril del 66, tenía 30 horas de clases en un liceo y le dije a Miguel que necesitaba tiempo. Me respondió “estas desertando”. Siempre le decía lo que pensaba y él se reía. Y no tenía problemas en decir que era un Stalin simpático. En 1967 Miguel se toma el poder del MIR y expulsa a los viejos Enrique Sepúlveda y al sordo Valenzuela y ahí comienza la pendiente insurreccional del MIR.
– Cuando regreso de Francia lo que hago es educación política, pero en 1972 Miguel me quita todo y prácticamente me echa del MIR. Mi madre le había pedido, a mi retorno en 1970, que me marginara porque no quería ver a todos sus hijos en la clandestinidad, ya bastaba con dos.
– En las elecciones a rector de 1972 en la Universidad de Concepción, Miguel es partidario de dividir la izquierda, para que así Allende se incline por la vía insurreccional y yo me opongo. En ese momento, me expulsan del MIR y me acusan de burgués hipercrítico. Antes me había llegado incluso a ofrecer tres mil dólares para que me fuera de Chile porque tenía miedo de lo que fuera a pasarme si había golpe de Estado.
– Por supuesto que no los acepté. Le dije “este es mi país y aquí me quedo”. Miguel, como buen profeta me respondió: “vas a ver lo que es tu Patria querida”.
Su detención y la muerte de Miguel: “a su entierro fueron sólo 10 personas”
– Y después del golpe, ¿Ud. no se reintegró al MIR?
– Sí, claro. Caí preso el 21 de septiembre del 73 y estuve en la IV comisaría de Concepción, en la isla Quiriquina, en el Estadio Regional de Concepción, en el Regimiento Chacabuco y en la cárcel pública. Siempre me preguntaban por filiación política y mi respuesta era la misma: independiente de izquierda.
– Me soltaron el 6 de septiembre del 74 en Santiago y me fui de inmediato donde mi padre, quien estaba con arresto domiciliario. En la víspera había abandonado el país mi cuñada y esposa de Edgardo, Grete Weinmamm y la DINA le exigía haberla delatado. El sólo les dijo: “un caballero jamás denuncia”.
– Laura Allende, la hermana de Salvador, quien en ese momento se había convertido en la Juana de Arco chilena, nos comunicó casi oficialmente que lo habían asesinado. Fue un telefonazo a la casa de mis padres donde yo estaba… Fue terrible, nunca había visto sollozar a mi padre. El tenía una verdadera idolatría por Miguel. Lo que pasa es que cuando nació Miguel la partera no alcanzó a llegar a la casa y, como médico, debió asistir a mi madre, la ayudó a parir. Yo estaba en la pieza contigua.
– Por ejemplo cuando nos portábamos mal me decía sosiégate, seguido de una palabrota, y a Miguel en cambio le decía sosiégate deliberante.
– Mi tío Luis Enríquez Frödden me dijo después del entierro de Miguel, al que fueron sólo 10 personas, que iba a preguntar a sus amigos de la derecha por mí. Ellos le responden que lo mejor que debo hacer es irme del país y no volver nunca más. Y he cumplido con ese contrato mafioso, es decir, nada escrito, todo verbal.
– No, a ella la vine a conocer en París, aunque sabía que existía.
– No, él no me decía nunca sus cosas.
– Quien detuvo a mi hermano Edgardo fue un comando de la DINA, tolerado por la dictadura argentina de (Rafael) Videla y en virtud de la operación Cóndor. El estaba en Francia, se fue a Cuba y de ahí partió a Argentina para tratar de ingresar a Chile.
– Se lo dije cuántas veces: “¿no te das cuenta que al pobre Miguel le hicieron jaque mate con cuatro piezas: dos rehenes que éramos mi, padre y yo, y dos rehenes en potencia que eran mi madre y mi hermana? ¿No te diste cuenta quién se movió en Chile?”.
– Es que Edgardo era temerario, con valores casi suicidas. También era un kamikaze y más que Miguel, porque Miguel era más calculador.
– Claro y no se entregó porque sabía que lo harían hablar y después de todo lo iban a matar igual. Algunos decían que se había querido entregar, pero lo único que hizo fue pedir que no le hicieran nada a Carmen Castillo. Por lo menos así lo reconoció incluso (Miguel) Krasnoff en su última entrevista.
– Yo no le podía hablar de Miguel porque se ponía a sollozar. Me decía siempre: “si hubiese estado yo no habría muerto Miguel”.
– Me llaman el “último de los mohicanos”, responde después de respirar hondo y se queda pensando mientras sus ojos se humedecen.
– ¿A qué? Aquí soy profesor y a mí nadie en la U. de Concepción me ha llamado a volver a hacer clases. Me quedaré en Francia, aunque aquí estamos condenados a la pasividad.
– Claro, allá soy el heredero de los Enríquez Frödden. Pero como no tengo propiedad ni fortuna y una elección cuesta el ojo de la cara, es imposible.
– Ellos no me pueden ver; dicen que soy un burgués de mierda. Y para la vieja derecha chilena yo soy un traidor a mi casta. Además, estos 30 años sin hacer política han sido un paraíso, una travesía del desierto, pero con placer.
– Sólo buena suerte y una buena alternancia centro derecha o centro izquierda y que no haya tentaciones golpistas.
– No creo que se resuelva, porque no hay fuerza política para juzgar a esa gente, sea el gobierno de centro izquierda como de centro derecha.
– Claro, ello podría ocurrir cuando muera la segunda o la tercera generación.
– Sí, claro. Eso estuvo muy bien. Fernando Castillo Velasco me hizo llamar por Carmen, aquí en Francia, y me pidió que no fuera a Chile, porque yo iba a ser un
elemento muy negativo para el plebiscito, por lo que representaba Miguel. Y le respondí “no se preocupe don Fernando, no voy a ir. Estoy muy bien aquí”. A mí me echaron a escobazos y si la izquierda trata de tomarse el poder, vamos a volver a la misma tragedia de la UP.
– No sé lo que va a pasar. No podría decirlo y, para eso, debo saber qué es lo que piensan los milicos, los empresarios y los partidos políticos. Dicen que Lavín arrasará, es que la Concertación no ha podido cumplir las necesidades sociales de los chilenos.
– ¿Qué era para Ud. el Che en los 60?
– Nunca me entusiasmó mucho, porque estaba condenado. El olvidó que la lucha antiguerrilla se había perfeccionado en Vietnam. Con los rayos infrarrojos se detecta el calor del cuerpo humano desde grandes alturas y la única forma de camuflares es desplazarse en el agua. El Che en los 60 representa la muerte de la guerrilla rural.
– Ya en ese tiempo.
– Y Miguel Enríquez, ¿pensaba similar a Ud. o no? Porque se dice que el creía más en la organización de masas que en los focos guerrilleros.
– Sí, pero al mismo tiempo mi pobre hermano abandonó la fortaleza de la izquierda, que era Concepción y Arauco, y se fue a Santiago en el 68.
