Si hay algo bien distribuido en nuestra clase política es aquella curiosa mentalidad que mezcla ingenuidad y soberbia. Tanto concertacionistas como aliancistas confían en que basta poner a los técnicos correctos en los puestos adecuados para enrielar al país hacia el desarrollo.
. Es esto lo que explica que nadie en la elite sufra aflicción por carecer de una visión sobre lo que debe hacer Chile en el mediano y largo plazo para enfrentar los desafíos de la globalización. Todos intuyen que es importante la educación, la investigación y el desarrollo, pero nadie tiene una idea clara de cómo potenciarlos de verdad. La mayoría intuye que basta con más recursos, tal vez con unos años más con el precio del cobre por las nubes y, por sobre todo, con la mantención de la positiva racha que experimenta la economía mundial. Pero (¡qué desgracia!) basta echar una mirada a la historia de la humanidad para enterarse de que las cosas nunca han sido así de fáciles para ningún pueblo.
En la Concertación, la candidata Bachelet pareciera no alterarse por esta epidemia ideológica. Tranquila con su equipo de técnicos, piensa que Alejandro Foxley y Andrés Velasco serán capaces de sacar a su gobierno de cualquier atolladero a punta de superávit estructurales. Lo que delata con mayor fuerza su comodidad respecto de la mencionada epidemia es su decisión de no hacer más que un debate junto a todos los candidatos en competencia. Esto significará, por cierto, que no habrá debate alguno, sino apenas exposiciones paralelas de ideas más o menos ingeniosas. Nadie tendrá tiempo para rebatirle una coma a Lavín, Piñera, Hirsch o a la misma Bachelet. Según ella, esto no sería tan grave para la democracia puesto que -según la superstición de moda- los países sólo necesitarían a los técnicos correctos en los puestos adecuados y su comando ya los tiene. Esta es la apoteosis de la técnica como utopía: en ella los debates no son necesarios, pues la historia ya concluyó y con ella se acabaron los clásicos dilemas de manual de economía (¿fabricamos más cañones o más mantequilla?, ¿crecemos o distribuimos?). En el fondo, piensa Bachelet, es ocioso debatir materias que, finalmente, serán resueltas por los cerebros del segundo piso de La Moneda. Es la democracia de cuatro paredes, descremada y descafeinada.
Respecto de la Alianza por Chile las cosas no son mejores. En este sector el optimismo utópico-técnico llega al delirio. Ejemplo de ello es el ofrecimiento de Piñera de acabar con la pobreza en cinco años. ¿Cómo?, bueno con más crecimiento, con más acuerdos de libre comercio, con más flexibilidad laboral. En esta pueril visión, al parecer, no existiría el lastre histórico de la deficitaria escolaridad que tienen los pobres en Chile. “Para sacarlos de la miseria bastaría con generar masivamente puestos de trabajo”, piensa Seba. Piñera -obviamente- nunca se ha planteado la calidad que deberían tener esos empleos para rescatar -¡en cinco años!- de la miseria a una familia completa. Lavín tampoco se lo ha cuestionado, pero al menos es algo más aterrizado que Piñera (sólo quiso llevar Cancún a las riberas del Mapocho y no el Sena como Sebastián). En fin, todo indica que nuestros candidatos(a) se compraron al contado un utopismo de baja estofa y cortísimo alcance. En tanto, los ciudadanos corrientes tendremos que conformarnos con nuestros políticos bipolares que oscilan entre las utopías incendiarias (1973: ¡haremos de Chile un Vietnam!) y las de corte rasca- minimalista (2005: ¡todos al mall chiquillos que hay creditazo dieciochero!). Si quiere algo más equilibrado, ¡cámbiese de país!
*Periodista y escribidor