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Agosto 18, 2026

La política le ganó a la justicia

El dictador que terminó en plácido retiro fue presidente de cualquier cosa, menos de una República, aunque se mandara a hacer un traje a la medida constitucional que se le descosió y tuvo que entregar a un caballero de civil.

Hasta el final, la historia de Pinochet quedó marcada por las discrepancias, los recelos y la violencia. Incluso su último capítulo médico trajo a la memoria su regreso de Londres en marzo de 2000, cuando se levantó de la silla de ruedas, bastón en ristre. El martes antepasado, el dictador en retiro se paró de la cama, dejando en ascuas a los medios nacionales y mundiales apostados en situación de campaña a las puertas del Hospital Militar, para transmitir su hora final.
 
Pero, esta vez, las dudas y preguntas acerca de si hubo algún grado de  exageración sobre la salud del anciano se disiparon a la semana, pese a que los médicos tratantes –junto con explicar que no hubo milagro, sino rápido traslado a la UCI- anunciaron su alta inminente, sin prever la súbita descompensación del domingo último. A todo esto el saber popular lo conoce como la breve mejoría que precede a la muerte. 
 
El optimismo de los familiares les llevó hasta a felicitarse del arresto domiciliario del enfermo, porque lo mantuvo en su mansión en La Dehesa, permitiendo que funcionase a plenitud el dispositivo de urgencia puesto a su disposición permanente, con cargo al erario nacional, tal como las cuentas del hospital, y no a las platas del Riggs.
 
En un plano político, la alerta del domingo 3 podría compararse con el “tancazo” del 29 de junio de 1973 que, como se sabe, sirvió de ensayo del  golpe de septiembre. Esta vez el oficialismo, la familia, el Ejército, la derecha, las organizaciones de DDHH, la izquierda, el periodismo tuvieron la oportunidad impensada de auscultar lo que sucedería cuando el dictador efectivamente dejase éste que fue su reino y evaluar si los diseños virtuales –elaborados durante el gobierno pasado- eran funcionales a la realidad. 
 
La reticencia inicial de los partidos de derecha a expresarse corporativamente dio paso a un aumento progresivo del  desfile de sus representantes, lo que no acalló el grito de los deslenguados pinochetistas apostados en la calle: “Derecha, dormida, ¿quién te dio comida?”
 
La actitud de Lagos Weber de ceñirse al libreto post mortem fue complementada por las palabras tangenciales de la Presidenta y rota por el ministro del Interior, quien situó la muerte del ex dictador en su justa perspectiva. Lo que en La Moneda se había hablado  oficialmente con el comandante en jefe Izurieta -respecto de los honores militares que el Ejército contemplaba rendir a quien lo dirigió por más largo tiempo- se afinó después de auscultarse la emocionalidad ambiente en los entresijos pinochetistas, con descarte de la derecha. A esta se la vio más interesada en desmarcarse para lograr una propuesta de futuro y avanzar así en sus planes político-electorales. 
 
Con los camaradas de armas del fallecido se guardó el cuidado en las formas, de modo que el Ejército no apareciese con una imagen de decidir por sí y ante sí el alcance de un funeral que, aunque interno, arrastraría al menos a su autoridad civil inmediata, la ministra de Defensa. Curiosamente, la presencia de ésta debió imponerse a las presiones en contrario, provenientes del pinochetismo familiar y partidario.
 
La familia, a través de la hija mayor, exigió hasta el final honores de Estado, pese que el hijo menor manifestara hace un tiempo -algo exasperado por las persecusiones judiciales en el caso Riggs- su preferencia por un funeral privado. Ahora se condolió de la pequeñez del gobierno al negar el  sepelio que corresponde a todo ex Presidente.
 
Si Pinochet fue presidente, lo fue de cualquier cosa, menos de una República. Porque eso no hubo durante su gobierno de facto en un Estado de terror y no de derecho, por mucho que la dictadura haya tenido, en su origen y gestión -y hasta hoy, como se apreció en la numerosa asistencia a los actos fúnebres- un importante sustento sociológico. El general se mandó a hacer un traje a la medida constitucional, el que se le descosió y tuvo que entregar, en solemne ceremonia, a un caballero de civil.   
 
Había otras razones para oponerse vigorosamente a oficializar la circunstancia, aunque el Ejército se las arregló para exacerbar la pompa. Varios cientos de familias -empezando por las de Salvador  Allende y Carlos Prats- o no tuvieron derecho a la ceremonia correspondiente en el momento de la muerte cruenta o no se les dio la posibilidad de enterrar a los fusilados o no pudieron enterarse siquiera del paradero de los detenidos desaparecidos. Ese fue el sentido último de las manifestaciones anti Pinochet que se desarrollaron paralelamente.
 
Quien encabezó, en forma inmisericorde, el régimen militar vivió el final de su existencia como dictador en retiro con pensión vitalicia, con un arresto domiciliario bajo fianza sin consecuencias prácticas para su estilo de vida, eximiéndose como siempre de cooperar con los tribunales, sin pedir perdón y, al contrario, exigiéndolo.
 

Pero, por sobre todo, se fue plácidamente, sin ser condenado jamás. Y no sólo porque la muerte le ganó a la justicia, como dijo Mario Benedetti, sino también porque la naturaleza recibió la ayuda de los hombres que hacen la política y conforman la judicatura.