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Agosto 18, 2026

La muerte, el loco y el escupitajo

La imagen de Pinochet tras la vidriera de su sueño final, para muchos jóvenes y niños, es la primera imagen real de un muerto. No sabrán quién es el General y, si alguien los alecciona en motivos históricos plausibles o crápulas, mostrarán esa incredulidad e indiferencia que no manifestarían ante el abandono del padre o historias sobre abuelos recónditos u otras películas más reales y eficaces, como Las caras de la muerte o El aro.

La imagen de Pinochet en su sarcófago no puede mínimamente ser dichosa, es una imagen letal. Vienen a la mente de aquellos que conocemos las fábulas de la realidad, anécdotas como la de la caja del patrón de un fundo cordillerano que, al morir y aguardando en su mortaja la despedida final de sus peones, es vapuleado por uno de ellos que golpea el ataúd y lo rompe. Pero esas son historias de viejos; a los jóvenes no los saciará esta danza, prefieren las palizas y los asesinatos de los noticiarios, los realities.
 
Un amigo (Fernando) todavía vive en el repaso de nuestra implacable niñez, un laberinto, un par de habitaciones y una fiesta extraviada, fotografías que el tiempo fue el encargado de consumir con su mirada boba. Un asesinato en una calle solitaria, la huida de unos vehículos sin luces, la impunidad. No sé porqué también recuerdo (aunque no tenga ninguna resonancia política) a un muchacho de mi barrio que repentinamente contrajo un cáncer a la sangre y supo que la muerte, diligente, le confeccionaría su traje. Lloraba a cada instante, se casó con su polola niña y, cuando murió y quisieron depositar la caja en su nicho de cemento no cupo, entonces tuvieron que recortar las esquinas del ataúd.
 
La imagen de Pinochet es la imagen de la muerte de verdad, de la descomposición de las cosas, es la imagen más real y tosca que hemos tenido, distinta a cualquier otro simulacro. Es un grabado chatarra para los niños y los jóvenes (sacar a mil), lleno de grasa maligna como la comida del McDonald`s. Está hecha del presente corrosivo, de la realidad descompuesta como el reino de Tebas y su sombra que pugna el pecado de tres generaciones. Afiche de filme taquillero. ¿De qué género es la trama, cuál es la mueca del actor principal, el tema de la banda sonora? Para algunos, película de terror, thriller. ¿Tragedia o comedia? Para otros la película de la indiferencia o del morbo, que es como cuando muere un perro atropellado en una calle cualquiera. Espasmos, una náusea de putrefacción no nos abandona, pero luego seguimos nuestro camino e incluso nos atrevemos a comer algo en el McDonald`s de la esquina y ver una nueva película, Hannibal por ejemplo.
 
Cremarán su cuerpo, depósito del alma, para que la estampa no sea contravenida más todavía, pese a su máscara de horror. Alguien tiende a pensar en un cuerpo corrompido, en una cara desgarrada, una mueca de asco y las cuencas vacías (el escupo en la escudilla —el vómito—). Si conociéramos la muerte. Las cenizas, en cambio, son parte del tiempo que da vueltas como el aullido de un perro bajo el agua de la luna, como las hojas que regresan por su música extraviada y otoñal, generaciones y germinaciones… La historia es una tragedia y, cuando se repite, es nada más que una comedia dijo Marx, el mismo que aguarda a Pinochet en el barco de los muertos que navega las aguas de los vivos.
 
La vidriera que protege el cuerpo muerto de Pinochet —según leí— también fue escupida por alguien.