De repente, “Cuevitas”, como lo llamaban despectivamente los jóvenes aristócratas de su generación, aburrido de la vida provinciana de Santiago, viajó a París, como era la moda de esa época; en la Ciudad se hizo millonario y compró el título de Marqués; fue propietario de un ballet, y amigo de reinas, princesas, incluso, de rusas desterrados por Lenin, como fue el caso del asesino de Rasputín. Los aristócratas que despreciaban a Cuevitas, ahora se morían de ganas de convertirse en invitados a sus monárquicas fiestas. Así ha sido siempre en Chile: para ser querido y famoso hay que salir del país y amasar cuantiosa fortuna y ostentar títulos nobiliarios. No sería un mal consejo para nuestro querido Julio César Rodríguez y de esta forma se libraría de las lenguas viperinas de las féminas, medio feúchas, de los programas de farándula.
Actualmente, los aristócratas están de capa caída: el dandy Foxley es el hazmerreír; nadie puede decir que el conde Valdés sea un modelo actual de hombre atractivo; el pobre Jorge Lavandero, defensor del cobre de Chile, está en la cárcel; Novoa, a pesar sus ojos azules, es muy beato como para atraer a las Dulcineas chilenas. Ahora, los nuevos ricos y escaladores son provincianos que, por sus propios méritos, han llegado a las alturas del poder.
Julio César, cuyo padre seguramente tenía ambiciones imperiales, no corresponde a la tipología del modelo masculino chileno, es lo contrario de un metrosexual, no es rubio como creía que eran los chilenos, hijos de los mapuches y los godos, el escritor Nicolás Palacios; más bien Julio César es gordo, tiene una risa similar a la de una monja tornera, tienes dientes de conejo, lo que seguramente denota inteligencia y su sonrisa es un poco forzada, como la de todo tímido.
Camilo Escalona, quien tal vez debe su nombre al héroe de la revolución cubana, Camilo Cienfuegos fue un temible revolucionario, en su juventud; era el jefe de la Nueva Izquierda, grupo que abominaba a los traidores renovados y que, de la noche a la mañana, dejaron de creer en San Marx. Camilo tiene ese tipo atractivo para los bailes del barrio San Miguel, auspiciados por los hermanos Palestro.
Julio César era un crítico periodista que escribía en el Diario de Gobierno, La Nación y , como un día se le pasó la mano en la crítica y en destapar la podredumbres del gobierno y, sobre todo, de la Alianza, fue puesto de patitas en la calle. Cómo se le fue a ocurrir tocar a los personajes de la casta en el poder; pero no hay mal que por bien no venga, pues lo auxilió, en su cesantía, el director del programa Rojo Fama contra Fama, y su animador, Rafael Araneda. Julio César ignoraba las notas de Los pollitos dicen…, y ni siquiera sabía bailar apretado, pero como juez, con una sonrisa, eliminaba a los fumados bailarines. Nadie hablaba de la vida privada de nuestro personaje, hasta que una niña, de apellido un tanto aristocrático, Francisca Huidobro, se enamora de él; de ahí en más, Julio César tuvo su propio programa de televisión y se convirtió en un hombre fascinante e irresistible para las féminas chilenas. Sobre gustos no hay nada escrito, pero hay gustos que merecen palos. La verdad es que es imposible entender las razones de la elección de las mujeres, respecto a los modelos masculinos; esto es pura jeringonza.
Camilo se convirtió, de un feroz revolucionario en un moderado, leal y fiel valet de los presidentes de la Concertación, incluso hablan maravillas de su prudencia dirigentes derechistas, como el Cristo de Palo Longueira y ojitos de caturra Novoa; es que Camilo es uno de los hombres más atractivos de esta izquierda sanmiguelina neoliberal. No hay nada mejor que un populárico para proteger la caja fuerte de los ricos.
La farándula y la política es lo mismo, la única diferencia es que la primera es más entretenida que la segunda. Los asuntos de la Kenita Larraín, acusada de pasar por las armas a toda una selección de fútbol son capaces llenar páginas del diario La Cuarta, hazaña imposible para María Antonieta Saa, la Chol Alvear y otras tantas mujeres políticas; sin embargo, el neoliberalismo ha logrado convertir a ambas actividades en el opio de los pueblos.
Rafael Luis Gumucio Rivas
