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Agosto 19, 2026

Ricos y pobres en el Chile del Bicentenario

 En historia, las fechas y los períodos se burlan del calendario juliano: el siglo XX no comenzó en 1900 sino en 1891, con el suicidio de José Manuel Balmaceda; el Bicentenario no será en el 2010, sino en el 2006, con la elección de Michelle Bachelet, como presidenta de Chile, y la beatificación del profesor Lagos, como santo patrono de los empresarios. Tanto en el Centenario de 1910, como en del 2006, la fiesta será muy parecida: en 1910, acababa de morir, en el mes de agosto, el presidente Pedro Montt, un negro con cara de cochero de carrozas fúnebres, famoso por su mala suerte, según el escritor Joaquín Edwards Bello; a mi modo de ver, el más parecido de los presidentes de nuestra historia al profesor Lagos, con la diferencia que el segundo tiene mucho mejor suerte que el primero: ambos despertaron grandes esperanzas.

Los intelectuales progresistas como Luis Emilio Recabarren, Alejandro Venegas, Enrique Molina, Tancredo Pinochet y otros, votaron, entusiastamente por el negro, lo mismo ocurrió con nuestro catedrático Lagos quien, sin el apoyo de los comunistas hubiera perdido en manos del arcángel Lavín. El cacique triste, Pedro Montt, estuvo signado por la desgracia: en 1906 un terremoto derrumbó Valparaíso; en 1907, su ministro del Interior, Rafael Sotomayor, fue el culpable de la matanza de Santa María de Iquique; en 1910, en Argentina,  feneció  aplastado su secretario por un ascensor; en agosto de 1910 murió don Pedro, en Bremen, lejos de la patria. Todo Santiago se reía de los cuernos que le ponía la Bella Sarita del Campo con el senador porteño, Guillermo Rivera, en el nido de amor del hotel Oddó. El profesor Lagos empezó muy mal y terminó convertido en un dios, con  casi el 70% de apoyo ciudadano.
 

Los dos presidentes eran grandes ingenieros: don Pedro Montt llenó el país de ferrocarriles y el maestro Lagos con carreteras concesionadas, de alta velocidad. En ambos Centenarios los senadores y diputados eran vitalicios y se elegían con el mismo sistema electoral binominal; los escándalos eran más o menos similares: en 1910, la repartija de tierras magallánicas, de la Araucanía y, sobre todo, de oficinas salitreras; en ambos períodos los ricos estaban felices: a Chile le iba fenomenal, el precio del salitre estaba por las nubes, como hoy el del cobre, se construían palacios en la Calle 18 y República, como hoy en la Dehesa; también había grandes multitiendas, como Gath y Chávez entonces y como hoy, el Alto Las Condes. Todo era igual al Chile del siglo XX, con la salvedad de que hoy no hay pestes que aniquilen la población, no existe un 75% de analfabetos, votan las mujeres y los mayores de 18 años, el ingreso per cápita es mucho mayor; por cierto que la historia avanza y con ella el progreso.

 

En ambos Centenarios proporcionalmente la diferencia entre ricos y pobres era y continúa siendo inmensa, inmoral e inaceptable. Un día, el 3 de septiembre de 1910, el apóstol del pueblo, don Luis Emilio Recabarren, dictó una conferencia en la ciudad de Rengo, llamada Ricos y Pobres en cien años de vida republicana; decía don Luis Emilio que los pobres no tenían nada que celebrar en tan magna fecha, siempre habían sido carnes de cañón en la guerra de la Independencia, en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana y en la expoliadora guerra del Pacífico. El único destino del pobre es la cárcel, escuela del delito y de la desesperanza; él mismo las conocía muy bien en su vida de luchador obrero; la justicia era una broma: siempre a favor del rico; el “roto” y la “china” podían ser peón, maestro chasquilla u obrero del salitre y su destino era morir asado en los ardientes cachuchos; “las chinas, lavanderas, cocineras o rameras. La vida del pobre transcurría, cuando lograba sobrevivir, destinada a una existencia miserable.

 

A diferencia del Centenario, no son los intelectuales, como Recabarren, Venegas, Palacios, Edwards Bello, Tancredo Pinochet…, quienes denuncian la existencia del Chile de los ricos y de los pobres. Ahora, milagrosamente, son los políticos de las dos derechas quienes lo hacen. No sé cómo, a lo mejor por el miedo a perder el favor de los ciudadanos, políticos millonarios se han puesto a leer documentos como los del PNUD (Programa para el Desarrollo Humano de Naciones Unidas) que, desde el 2000, viene mostrando un Chile muy distinto del triunfalismo de la casta política reinante. El 75% de los chilenos se siente derrotado en la lucha por la vida, sólo el 47% se identifica con la democracia, al 30% no le interesa para nada, incluso, un porcentaje importante prefiere los gobiernos autoritarios. En el año 2000, el 13% se declaraba indeciso con respecto al voto, el 12% no votaba y los chilenos apreciaban menos la democracia que los argentinos, gobernados por el catastrófico bufón Carlos Menem. Es cierto que esta encuesta fue realizada al fin del más desastroso gobierno de la Concertación, el del rey viajero, Eduardo Frei Ruiz-Tagle: la economía estaba por los suelos, crecíamos menos del 1% y el genial ministro Aninat congelaba el crédito con altas tasas de interés.

 

Se creería que la situación mejoró notablemente al fin del reinado del profesor: hoy crecemos un 6%, las tasas de interés están bajas, sin embargo, la encuesta del 2004, del mismo PNUD, demuestra que el desencanto es estructural; los geniales políticos descubrieron algo que para el común de los mortales es evidente: un alto porcentaje de los empleados públicos y privados no tiene contrato de trabajo, sólo expiden boletas de servicio, por consiguiente, no cotizan ni en la AFP, ni en FONASA; si llegan a jubilar no tendrán más de $180.000 mensuales, con mucha suerte. Se sabe de algunos que sólo reciben $28.000 mensuales y, otros, sencillamente no tienen jubilación. Es raro encontrar el afortunado que nunca ha estado cesante, al menos, puedo asegurar que la mayoría cayó en este marasmo durante la crisis de 1998. Sólo Narciso, vendedor de ilusiones, puede creer que la jubilación viene de júbilo, cuando es un hoyo negro más asqueroso que un inodoro. No faltan ángeles juzgadores, como Lavín y sus adeptos, que quieren enviar a los pobres a las cárceles, para borrarlos de las calles y así no demuestren su miseria ante los turistas. Tanto amor por los pobres nunca se convierte en ley, pues son los primeros en votar en contra el profesor  Lagos cuando se atreve a proponer un proyecto  que  corrija esta situación.

 

La casta política había convertido a los mapuches en una especie de consumidores, con cartas de crédito incluidas. No eran un pueblo originario, eran atrasados mentales, muy primitivos – como lo dice Encina – , sus tierras habían sido cedidas voluntariamente, o era producto de un intangible tratado, firmado a fines del siglo XIX, en la famosa pacificación de la Araucanía. De nuevo, nuestro  profesor Lagos plantea en el Parlamento el reconocimiento de los pueblos originarios, no vaya a ser que se quieran independizar, como ocurre en Canadá con Québec, o en España, con los países Vasco y Catalán o, al menos, más moderadamente, los indígenas luchen por una efectiva regionalización, que reconozca su cultura, su historia y sus derechos a la tierra.

 

Es cierto que los conventillos prácticamente han desaparecido, pero hoy existen las casas Serviu, de 40 metros cuadrados, en las cuales viven abuelito, abuelita, convivientes, hijos empobrecidos y una caterva de mocosos; también es cierto que muchos no pueden pagar sus cuotas, pues es difícil exigirle ahorro a personas que ganan menos de $100.00. Nuevamente el profesor recurre en su auxilio y, al parecer, apoyarlos en el pago de sus deudas, cuando más simple sería condonarlas: si estamos por hacer milagros, hagámoslos completos.

 

Las encuestas del PNUD demuestran que en el rico Chile neoliberal nadie tiene amigos: cualquier prójimo es un rival que va a atentar contra sus derechos, si no es un delincuente que lo va a asaltar. Por eso, un alto porcentaje declara tener conocidos, y su único refugio es la familia. Los chilenos se han convertido en unos monjes epicureanos, que se aíslan en el jardín como signo de desprecio a toda sociabilidad. Lo único que interesa es pasearse los domingos por el mall, mirando escaparates que muestran cosas que no pueden comprar, o llenar un carro del supermercado para dejarlo abandonado antes de llegar a la caja, con el único objetivo de demostrarse exitoso ante sus conocidos. ¿No se acuerdan del famoso celular de madera? 

 

Ya luego va a terminar esta feria de ofertas veraniegas y vendrá el invierno y los candidatos no tendrán más necesidad de comprar electores; volverán a su mundo de repartijas y pitutos y, seguramente, se olvidarán de los ricos y generosos tés en las calurosas poblaciones y usted seguirá magullando miseria y soledad. Nuestro apóstol, Luis Emilio Recabarren por desgracia, está a metros bajo tierra.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas