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De Gaulle solía decir que “Hay un pacto secular entre la grandeza de Francia y la libertad en el mundo”. Anda a saber cuándo y en qué circunstancias lo dijo. Pero lo cierto es que si en la mayor parte de Europa se dejaron esquilar como corderitos, los trabajadores franceses seguimos peleando contra una reforma de la previsión que impone largos años de trabajo, pensiones más bajas, y le abre la puerta a los seguros privados (AFP).
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Hoy fue el día de la imaginación y de la radicalización. Sarkozy no quiere dar un paso atrás, los sindicatos tampoco.
Los jóvenes, inquietos por su futuro, salieron a las calles en Nanterre, -donde comenzó Mayo del 68-, y se vieron escaramuzas con la policía. Los estudiantes secundarios se toman los liceos. Se movilizan incluso los estudiantes del Liceo Henri IV, símbolo de una cierta aristocracia republicana. Los puertos están bloqueados, en particular aquellos por los que llega el petróleo. Los camioneros se sumaron con operaciones “caracol”: ruedan a muy baja velocidad, el tráfico no avanza. Se han bloqueado las refinerías de petróleo y más de mil estaciones de servicio no tienen gasóleo, el combustible más crítico. Los “cheminots”, -los trabajadores de ferrocarriles que fueron tan útiles en la resistencia contra la Ocupación nazi-, mantienen la mitad de los trenes parados. Mañana es día de huelga general.
El resultado de esta inmensa batalla social no está escrito de antemano. Por eso es útil recordar las palabras de Brecht: “El que lucha puede perder… pero el que no lucha ya perdió”. Si quieren nuestra lana, van a tener que pelearla. Millones y millones de trabajadores, estudiantes, jubilados, amas de casa, trabajadores agrícolas, policías (sí, policías, puesto que tienen sindicatos) se movilizan contra una reforma ampliamente regresiva, lesiva para los intereses de quienes crean la riqueza con su trabajo.
Debilitado, Sarkozy se declara dispuesto hasta a terminar con su obra maestra, el “escudo fiscal” que limita los impuestos que se le cobran al riquerío, y hasta la derecha montuna reconoce que se trata de un símbolo de injusticia tributaria. Mme Bettencourt, la feliz propietaria de L’Oréal y de la más grande fortuna de Francia, ya no recibirá cheques de 300 o 400 mil euros del servicio de impuestos.
Pero el riquerío se defiende y exige la eliminación del impuesto a las grandes fortunas, amenaza con exilarse tributariamente hablando. Suiza, Luxemburgo y otros paraísos fiscales pueden acogerles amablemente. Hay quién se inquieta por eso: Francia alberga la mayor cantidad de millonarios de Europa. Y del mundo si contamos en millonarios por kilómetro cuadrado de territorio. Los boluditos creen que son ellos los que crean empleo. No es verdad: casi 80% de los puestos de trabajo son creados por las pequeñas y medianas empresas. Algunos pensamos que habría que aplicarle impuestos confiscatorios a quienes intentan el chantaje de la fuga a los paraísos fiscales. No sería la primera vez en la Historia de Francia. La Revolución de 1789 lo hizo. De Gaulle lo hizo a la Liberación. De Gaulle era un noble, un aristócrata. Pero creía en la República, en la democracia.
Francia está inmersa en un combate social que podría ser el último obstáculo al dominio sin contrapeso de las finanzas en Europa. La mercantilización avanza. La derecha europea encuentra inaceptable que haya sectores de la actividad que aun escapan a la ley del lucro y la codicia. Poco a poco los va capturando, invadiendo, sometiendo. Justamente. Tal día como hoy fui a ver la más grande Exposición de Monet de la que se tenga memoria. Organizada por los Museos Nacionales. Que siguen siendo públicos. Tuve que secar algún lagrimón al ver el Grand Palais y su gigantesca cúpula de cristal, esa que Alan contribuyó a restaurar antes de tener la mala idea de morirse. Monet, un pintor que nunca fue rentable. No tenía “mercado”. Durand-Ruel le compraba sus obras por decenas para que pudiera comer. Ahora hubo que hacerlas venir de Petrogrado, de Washington, de Melbourne, de Ohio, de San Francisco, de Stuttgart, de Copenhagen, de Amsterdam, y de muchos otros sitios.
La France… toujours la France…
Los jóvenes, inquietos por su futuro, salieron a las calles en Nanterre, -donde comenzó Mayo del 68-, y se vieron escaramuzas con la policía. Los estudiantes secundarios se toman los liceos. Se movilizan incluso los estudiantes del Liceo Henri IV, símbolo de una cierta aristocracia republicana. Los puertos están bloqueados, en particular aquellos por los que llega el petróleo. Los camioneros se sumaron con operaciones “caracol”: ruedan a muy baja velocidad, el tráfico no avanza. Se han bloqueado las refinerías de petróleo y más de mil estaciones de servicio no tienen gasóleo, el combustible más crítico. Los “cheminots”, -los trabajadores de ferrocarriles que fueron tan útiles en la resistencia contra la Ocupación nazi-, mantienen la mitad de los trenes parados. Mañana es día de huelga general.
El resultado de esta inmensa batalla social no está escrito de antemano. Por eso es útil recordar las palabras de Brecht: “El que lucha puede perder… pero el que no lucha ya perdió”. Si quieren nuestra lana, van a tener que pelearla. Millones y millones de trabajadores, estudiantes, jubilados, amas de casa, trabajadores agrícolas, policías (sí, policías, puesto que tienen sindicatos) se movilizan contra una reforma ampliamente regresiva, lesiva para los intereses de quienes crean la riqueza con su trabajo.
Debilitado, Sarkozy se declara dispuesto hasta a terminar con su obra maestra, el “escudo fiscal” que limita los impuestos que se le cobran al riquerío, y hasta la derecha montuna reconoce que se trata de un símbolo de injusticia tributaria. Mme Bettencourt, la feliz propietaria de L’Oréal y de la más grande fortuna de Francia, ya no recibirá cheques de 300 o 400 mil euros del servicio de impuestos.
Pero el riquerío se defiende y exige la eliminación del impuesto a las grandes fortunas, amenaza con exilarse tributariamente hablando. Suiza, Luxemburgo y otros paraísos fiscales pueden acogerles amablemente. Hay quién se inquieta por eso: Francia alberga la mayor cantidad de millonarios de Europa. Y del mundo si contamos en millonarios por kilómetro cuadrado de territorio. Los boluditos creen que son ellos los que crean empleo. No es verdad: casi 80% de los puestos de trabajo son creados por las pequeñas y medianas empresas. Algunos pensamos que habría que aplicarle impuestos confiscatorios a quienes intentan el chantaje de la fuga a los paraísos fiscales. No sería la primera vez en la Historia de Francia. La Revolución de 1789 lo hizo. De Gaulle lo hizo a la Liberación. De Gaulle era un noble, un aristócrata. Pero creía en la República, en la democracia.
Francia está inmersa en un combate social que podría ser el último obstáculo al dominio sin contrapeso de las finanzas en Europa. La mercantilización avanza. La derecha europea encuentra inaceptable que haya sectores de la actividad que aun escapan a la ley del lucro y la codicia. Poco a poco los va capturando, invadiendo, sometiendo. Justamente. Tal día como hoy fui a ver la más grande Exposición de Monet de la que se tenga memoria. Organizada por los Museos Nacionales. Que siguen siendo públicos. Tuve que secar algún lagrimón al ver el Grand Palais y su gigantesca cúpula de cristal, esa que Alan contribuyó a restaurar antes de tener la mala idea de morirse. Monet, un pintor que nunca fue rentable. No tenía “mercado”. Durand-Ruel le compraba sus obras por decenas para que pudiera comer. Ahora hubo que hacerlas venir de Petrogrado, de Washington, de Melbourne, de Ohio, de San Francisco, de Stuttgart, de Copenhagen, de Amsterdam, y de muchos otros sitios.
La France… toujours la France…
