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Un nuevo 8 de Octubre y la excusa perfecta para traer al Che y recrearlo en esta hora. A nuestra generación, Ernesto Guevara nos acompaña todo lo que va de vida, como ha escrito el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II “es nuestro santo laico”.
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Iba arriba de camiones o cargaba sacos a pecho descubierto, era voluntario de machete en la zafra o fustigaba a los yanquis en Naciones Unidas tratándolos de bestias por sus intervenciones en Argelia y Vietnam.
Llego a significar más que el Zorro y El Llanero Solitario juntos. Y se apareció a nosotros, justo en esa edad en que los héroes pueden ser indistintamente monitos o personas de carne y hueso.
Fueron tiempos en que la práctica era el motor más esencial de los aprendizajes como en esos trabajos voluntarios en Quilpulemo, al borde del Río Itata, cuando bajo la entonces Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago íbamos a trabajar con esos campesinos pobres que calzaban hojotas, mientras nuestras boinas representaban al Che, que ya no estaría en alguna tarea urgente en algún lugar del mundo, mientras nosotros queríamos ser sus voluntariosos continuadores.
Hay que volver a decirlo: tuvimos poco tiempo al Che vivo. Por eso, con el transcurso de los años tendríamos que descubrirlo, él siempre gallardo y hermoso, mientras nosotros comenzábamos a encanecer ya preocupados de lugares comunes y exentos de batallas épicas.
Ahí aparece de brazo en cabestrillo y un imprescindible librillo titulado “El socialismo y el hombre”, inspirando incentivos éticos e inmateriales, barbaridad para estos tiempos de endeudamiento y tarjeta plástica, mall y tanta cosa obsoleta apenas entran a la tienda.
El Che, transformado en icono popular y luego en mercancía adaptable a cuanto objeto comprable existiese. Pero, la industria publicitaria y el consumo tampoco la tendrían fácil. Porque esa millonaria evasión en derechos de autor, iría quedando tensionado con el otro Che, el que dondequiera estuviese significaría rebeldía, malestar y opción por los más desposeídos, y por supuesto lucha radical frente a los amos del mundo. El Che será resignificado en dimensión planetaria como contra discurso de los de abajo y los anónimos. Su imagen se alzaría sempiterna de mirada lejana, estrella solitaria y cabello rebelde.
Así, el Che comenzó una nueva marcha por las calles y campos del mundo, significando siempre la capacidad de sorprenderse y de sentir en carne propia cualquier indignidad. Y lejos de agotarse e integrar el mausoleo de los mártires de las luchas universales de la humanidad, se arranco para seguir creciendo. Hoy, es jurado de concurso, el afiche más vendido y más presente entre la juventud del mundo. Es bandera de cuanta “acción directa” suceda en cualquier continente y eso se retroalimenta desde cada nueva fotografía y cada nuevo detalle de su azarosa vida. Sólo ayer la ubicación de sus restos. Antes los “cuadernos de Praga” o la misión en África. Luego, los detalles de muchos de sus contemporáneos de combate o de quienes lo conocieron en las tareas de la economía o las misiones diplomáticas emprendidas.
El Che fue Mandela, se hizo tupamaro y acompaño a Roberto Santucho y Miguel Enríquez. Fue Allende ese día. Hoy, sería inmigrante y escucharía a Manu Chao, apoyaría a los okupas y estaría en la Intifada Palestina, haría un alto en Chiapas. Ganaría con el Frente Amplio de Mujica y Sendic en Uruguay y se convertiría en vasco autonomista en Getxo, reiterando nuevamente esa frase que torea la muerte y le da con desparpajo una sobria bienvenida.
En Santiago de Chile hoy sería prisionero mapuche y estudiante de la ACES tomando la UNICEF. En Bolivia, estaría junto a Evo y su segundo mandato cargado de tensiones. En Cuba, idearía los cambios para sobrevivir a como de lugar. En Francia marcharía con los gitanos expulsados. Y sin duda asumiría la condición de inmigrante indocumentado y perseguido en todas las fronteras y controles policiales del mundo. Porque en este mundo global la primera mercancía son las personas desplazadas buscando trabajo, mínimas condiciones de existencia o simplemente salvando la vida. Hoy ellos son los nuevos proletarios.
De retorno a la historia, luego vendría Bolivia con todos sus detalles narrados por sus compañeros sobrevivientes, rescatados por Allende y su hija Tati. Luego retornaría en las versiones de sus perseguidores, carceleros y asesinos, como la acomodada versión del hombre que lo apreso, el general Prado y de cuanto escriba se anime a fabricar sospechas y sinuosas dudas sobre su relación con Fidel y la calidad de la retaguardia desde la Cuba revolucionaria.
El Che reaparece desde esa fosa común y clandestina compartida con sus compañeros en Vallegrande. Para retornar a la victoriosa Santa Clara que lo hizo Comandante. Donde antes ya volvieron sus viajeras manos, prueba de pruebas de lo canalla de sus ejecutores y de las instrucciones que el obediente Barrientos obedecería a la CIA omnipresente.
Recordar al Che desde su carta de despedida, aquella que aprendimos a recitar de memoria al calor de nuestras fogatas de jóvenes estudiantes. Ese texto último que recuerda la casa de María Antonia y “toda la tensión de los preparativos”. Despedida serena y dramática. El adiós a la familia inmediata y a la dispersa por geografías y generaciones. Con esa sorprendente confianza en no requerir heredar sino ejemplos y obras colectivas a sus hijos.
Todas palabras que todavía resuenan como eco infinito desde la excepcionalidad de la situación. Y desde esa resonancia ponen a prueba los rigores que plantearía nuestra Resistencia clandestina, tan ninguneada y a la vez tan tremendamente verdadera, que tanta muerte y separación porfiadamente recuerda.
El Che de su bitácora de guerrillero. El Che de la foto de Korda. El gigantesco y acogedor en la Plaza de la Revolución, como tótem vigilando consecuencias. Y más que eso, evocarlo desde los testimonios directos de sus compañeros de guerra en África. Que entre cientos de vivencias recordaban la anécdota del dignatario cubano en gira, que conseguía prestado entre sus acompañantes, reemplazo a esos calcetines rotos previo a descender de un avión en Moscú.
Así nos van contando al personaje de campamento permanente, que lleva su casa como caracol en cada nueva misión y que recuerda es más que una imagen de bandera, que de verdad existió y que ellos, sus compañeros-subalternos dan fehaciente testimonio, aunque no pudieron proteger su retirada en ese final en la Quebrada del Churo, ni tampoco acudir a rescatarlo a esa escuelita de pobres del oriente boliviano, donde llegaría la muerte en manos de un cobarde.
Que es mito entre otras cosas porque escapo a las conductas comunes y habituales respecto al poder y sus comodidades, a la frecuente distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Que jamás pensó en hacer del poder un medio de prebendas y acumulaciones piratas. Y por ello, esos ojos de cubanos combatientes de Angola hablando del Che ayudaban a fortalecer las particularidades de este asmático crónico, voluntarista y voluntarioso. De este hombre fraterno y duro. Asceta e invencible. Débil de salud y crítico de pluma.
Porque de tanto en tanto la humanidad necesita dejar rastro, marcar una huella de alerta y allí aparecen esos hombres y mujeres que están para recordarle al resto la decencia de la especie. Cada tiempo tiene sus personajes, que se empinan sobre su tiempo, pero nunca están a salvo de errores.
Cuba lo venera en museos como el comandante de la Columna número cinco, el jefe del “Vaquerito”, el creador de esos toscos vehículos blindados con planchas metálicas. Pero, también y de manera sencilla lo guardan los cubanos y cubanas en estampitas puestas detrás de las puertas, confundido su rostro entre sus fotos caseras y familiares, para terminar animando sus altares. Es “San Ernesto”, es el Comandante, es el guerrillero heroico, es simplemente el Che el de ayer y el de Jael García. El rostro en el brazo del dios-Maradona y la ruta turística en Bolivia, que aún sin sus restos imagina leyendas y batallas e manos de sus siempre necesitados guías.
El Che reproducido y portado en la pechera de millones de personas. El lector inagotable que Piglia reconoce. El poeta o el tímido enamorado, como muy recientemente lo revela la mujer que amo y que lo hizo padre, y reivindica por más ausente fuera.
El de tú querida presencia y tantas expresiones. Porque en tiempos planos y grises parecen ser más urgentes las vidas trascendentes. Porque antes de la globalización de los mercados, el Che ya unía continentes, transgrediendo fronteras y chovinismos primarios. Fue argentino y cubano, con la misma propiedad que africano y boliviano. Fue mexicano y guatemalteco como si diera lo mismo una y otra bandera, cuando de verdad la bandera era y es una sola.
Luego, vendrían las múltiples biografías. Kilos de papeles y películas. Los textos de Anderson y Pacho O’ Donell y tantos otros, pero muy particularmente la hermosa obra de Paco Ignacio Taibo II, que obsesionado por descubrir cada vericueto, nos sigue sorprendiendo con nuevas ediciones nacidas de otras vetas descubiertas (en mi caso fue un libro -regalo de amor- que todavía alguien en Chiloé o Santiago, aún no me ha devuelto, luego de un extendido préstamo, que ya debe finalizar…)
El Che rescatado en sus aciertos y atenuado en sus errores y voluntarismos. El Che sin conocer el destino transitorio de los socialismos de Europa del este. El Che que no podía adivinar las mariposas en La Habana a las que canta Silvio Rodríguez, ni al turismo como salvavidas, mientras simultáneamente estaría muy orgulloso de los médicos del mundo formados en Cuba y de esos índices de educación y salud que silenciosos se imponen en tanta cita de expertos y tecnócratas. Aunque se atraganten los expertos y más de alguno en la OMS deba ponerlo a regañadientes en sus informes.
Y en esas tierras que fueron su último cielo, como ironía de la vida y quizás desagravio a su fin, los soldaditos de la nueva Bolivia le piden de prestado su grito de convicción. Mientras y todavía, el reino del imperio aunque se vista de seda, mona queda.
Guevara, que en el originario del país vasco es Gebara, toponímico que significaría “límite de la huerta”, vuelve para desmentir una vez más esa mañosa asimilación que asume como determinismo, que sus descendientes en Latinoamérica son poderosos y de derecha.
Este Che que tenemos repetido en postales y textos y nos acompaña cotidianamente en nuestra mesa de trabajo siempre nos recuerda que esos niños pobres aún existen. Y que la hora de los hornos no ha pasado. Porque esos niños consumidos por hambre o droga aún pueblan América Latina y el mundo. Y la pobreza muta y se viste de quitada o sicario. Que ese joven que no concluye y abandona estudios; esa chiquilla que se embaraza tan niña o el que purga años en las cárceles y se hace “flaite y engrupe” con las modas, todos y todas ellas son la pobreza de este tiempo que va de paseo por continentes, se arriesga en fronteras y a veces revienta de rabia acumulada.
Y el Che recuerda que urgente se requieren voluntades firmes y sabias, desprovistas del mareo y la comodidad del poder y que más allá del M1 o el Garand como instrumentos, este mundo no es más justo para este abuelo de mas de 80 años que posiblemente seguiría voluntariosamente activo.
Como invitado imperdible el Che-bandera también nos acompaño en el adiós de nuestra hija. Porque sin lugar a duda, el Che es un infaltable entre los jóvenes, que lo acogen como un amigo que si entiende de rebeldías y renuncias.
Porque el Che es Serrat, Cantinflas, la Violeta y Mafalda. Ese torrente de significados que se colaron en nuestras vidas, caminan con nosotros, los conocen nuestros hijos resignificándolos en un espiral de aliento y brisa fresca en tiempos de capitalismo exitoso y global.
Juan Gelman escribe: “…Pero/ lo serio es que en verdad/ el comandante Guevara entró a la muerte/ y allá andará según se dice/ bello/ con piedras bajo el brazo/ soy de un país donde ahora/ Guevara ha de morir otras muertes/ cada cual resolverá su muerte ahora/ el que se alegró ya es polvo miserable/ el que lloro que reflexione/ el que olvidó que olvide o que recuerde”.
Más de 40 años después, otros jóvenes adolescentes vuelven a descubrir esas mismas malas copias en blanco y negro. Pero, no nos sorprendamos que mañana llegue a nuestra mesa un abuelo de barba blanca y rala, que estacione su mula e ingrese a buscar abrigo con sus embarrados bototos. Y que luego y con voz ronca nos recuerde la dignidad de la especie acicateando esa capacidad de ponerse en el lugar de los otros, de mirar para el lado, de arrancar de la endogamia de moda sobre lo bello, privado y joven. Porque al final y más allá de toda duda, la marcha camino al futuro continúa y este hombre tan de todos, ronda con ternura de hombre justo y pretensión de hombre nuevo.
Ignacio Vidaurrázaga Manríquez, periodista.
Octubre 2010.
