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Aunque a muchos se sorprendan, en Chile las cosas funcionan según se necesita que lo hagan. Si el SIMCE muestra las obscenas diferencias sociales al momento de medir el rendimiento de los estudiantes, es porque así está construido el país.
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Del mismo modo el sistema de salud. De vez en vez, los medios de comunicación comunican algún escándalo ocurrido en los hospitales y centros de urgencias: pacientes que mueren en las salas de espera, mujeres que paren a sus hijos en los baños. Por el contrario, la televisión muestra las bondades primer mundistas del sistema privado capaz de hacer las más complejas atenciones médicas, a condición de tener dinero. Lo curioso en estos casos es que haya quienes se extrañen por el fenómeno.
Así, suma y sigue: la locomoción colectiva, esa estafa monumental, que traslada a la gente peor que el ganado; un sistema de Isapres que mata más gente que la que sana; un sistema de pensiones de miseria; un medio ambiente de pacotilla que asfixia; un sistema bancario que cogotea y tarjetas de créditos que someten al fiado eterno a la gente que no le alcanza el sueldo, es decir, a los giles que viven de un trabajo.
Para que las cosas funcionen tal como las conocemos, nada puede ser distinto. Para que Chile sea el paraíso de unos y el infierno de otros, es necesario que las cosas sean de este modo y no de otro. El sistema, para existir y funcionar, necesita de este equilibrio interno. Lo que conocemos como política, no es sino el ejercicio que mantiene las cosas en su sitio, advertir las intentonas díscolas y castigar al que ofrece asomos de chasconeo. La política, para estas personas, es el arte de mantener las cosas como están.
Una vez que los que mandan definieron cómo debía ser Chile, se dieron a la tarea consecuencial de construirlo, tanques y aviones mediante, en su primer tiempo. Lo que vemos no es producto de la casualidad, sino el sueño hecho realidad de los que quisieron ser ricos hasta lo absurdo. Perfeccionado por la Concertación, en el segundo tiempo.
En Chile todo está bien hecho. El sistema es capaz de soportar las torpezas del presidente, la honestidad fascista y sin rubor del embajador en Argentina y las peleas mariquitas de los ex ministros de la Concertación, entre otros escándalos cotidianos. El que crea que estas expresiones de la cultura contemporánea afectan al sistema, yerra. Lejos, lo perfecciona, lo equilibra, le ofrece válvulas para aligerar cambios en la presión y en la temperatura interna.
El sistema de vez en cuando permite expresiones que parecen contrarias al statu quo, pero no. Marchas callejeras, puños en alto, panfletos, discursos y bravucones usando estrados inútiles, son partes necesarias de la vitrina ordenada del modelo. Las escaramuzas con la policía terminan siendo parte de la puesta en escena.
Pero hay conductas que el sistema sí teme. En primer lugar el desorden. La conducta que no permite ser adiestrada ni sometida por prebendas, dietas, ni por el palo policial. De estas, las más peligrosas son las ideas en las cabezas de la gente libre. La rebeldía del pensamiento, la insubordinación al que ordena, la insumisión a un orden inmoral.
Más allá de la modesta reforma, de la inocua reivindicación, el movimiento popular, una vez que despierte, debe poner en el centro de su acción una idea de país distinto, tras la cual se ordene, desordenado, todo aquel que abomine del que hoy existe y que trata mal a su gente más desposeída.
Una idea de país que ofrezca algo más que una vida de deudas y malos tratos. Un país que ofrezca una cama cariñosa para que las mujeres tengan sus hijos, y en el que nadie sea tratado como una sobra. Necesitamos levantar la idea de un país en que los niños más desposeídos accedan a la mejor educación posible, gratuita y libertaria. Y que nazcan para ser felices.
Un país solidario con nuestros veteranos asegurándoles pensiones dignas y útiles para que los años de vejez sean para disfrutarlos y no una triste antesala para la muerte. Calles limpias y amables deben ser en un país humano, en las que el aire no sea emporcado por la ambición sin límites de los pocos que llegan al absurdo de tener tanto, a condición de la existencia absurda de millones que no tienen nada.
La movilización para estos propósitos increíbles debe ser entendida como un movimiento continuo que sea capaz de llevar una idea de país distinto a todos quienes así lo quieran. Debe ser una acción permanente que seduzca a miles, que eduque, que informe y dé esperanzas de un futuro que supere las pellejerías de hoy.
Hasta ahora, no aparece nada parecido ni en lontananza, ni por aquí cerca.
