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Hacia mediados de mayo, el gobierno confirmó que el presidente Sebastián Piñera había decidido la venta de Chilevisión al fondo de inversión Linzor Capital por 130 millones de dólares. Atrás quedaban los rumores sobre la venta del canal al consorcio periodístico Copesa, o al argentino Clarín, que inicialmente habría ofrecido un monto mayor al del fondo de inversión internacional.
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Pero con el correr de las semanas se informaba a comienzos de junio que la venta había fracasado: la concesión para emitir caduca el 2018, la que si bien es renovable, es incierta. Una frustrada venta que se agrega a esta larga comedia de los conflictos de interés del presidente.
La operación había finalizado en mayo tras fuertes presiones políticas, las que provinieron no sólo desde la oposición sino desde círculos cercanos al gobierno. Aun cuando con el curso de los días y las semanas las críticas se diluyeron, parlamentarios de la oposición dejaron entrever que habría palos blancos u otras irregularidades en la transacción, lo que finalmente dejaba las cosas tal como están en la actualidad: un canal de televisión que responde al presidente de la república. La frustrada venta vino a confirmar esas aprensiones.
Por cierto nada de ello pudo ser comprobado y se deslizó en el terreno de la sospecha y la suposición, lo que fue estimulado por ciertos aspectos que rodearon esa fracasada operación. Algunos altos ejecutivos de Chilevisión participarían de la compra, lo que los dejaba no solo como los operadores técnicos del canal, sino que garantizarían una continuidad en el actual proyecto, el que fue desarrollado bajo la propiedad de Piñera. Pero estaba también el rechazo a la muy buena oferta del grupo Clarín de Argentina, lo que se interpretó como un rechazo a la entrega del canal a un operador especializado en medios de comunicación. Aun cuando Clarín de Argentina es un consorcio de derecha, con una tendencia política que puede estar muy cerca del actual gobierno chileno, la impronta periodística y política de este consorcio podría haber cambiado la línea editorial de Chilevisión y, eventualmente, convertirlo en un canal crítico al gobierno. Por cierto que este argumento no lo levantó el gobierno. Fuentes cercanas al Ejecutivo dijeron que Piñera no quería ganarse un problema con la presidenta Cristina Fernández, que mantiene una relación muy tensionada con Clarín. Por tanto, el traspaso a los inversionistas de Linzor y la permanencia de la plana ejecutiva como operadores del canal le garantizaban a Piñera una mayor cercanía con su futura gestión.
La fracasada venta de Chilevisión a Linzor, más allá de las sospechas políticas en torno a la operación, es un evento inédito en el país. Es la primera vez que un medio de comunicación chileno era adquirido por un inversionista ajeno a la industria mediática.
Linzor es un fondo de inversión internacional con orientación hacia Latinoamérica, con un énfasis especial en Chile. Es propietario de la cadena de cine Hoyts, en Latinoamérica y Chile, cuyas ventas supoeraron los 60 millones de dólares el año pasado, de la isapre Cruz Blanca (ventas por 445 millones de dólares), Cruz Blanca Salud, Idelpa Salud y de la Corporación educacional Santo Tomás (con ventas por 124 millones de dólares). Con la compra de Chilevisión habría ingresado en un nuevo, y según podemos observar, crecientemente rentable negocio.
El año pasado Chilevisión lideró las ganancias de la televisión chilena, al cerrar con una utilidad por 7.603 millones de pesos, por sobre TVN, que ganó 5.699 millones y Megavisión, con una ganancia de 5.114 millones. Un resultado pese a estar en el tercer lugar respecto a ingresos publicitarios.
Los buenos tiempos de Chilevisión no sólo se miden en millones de pesos. En mayo logró otro liderazgo: superó por primera vez en rating promedio a TVN y a Megavisión, lo que, según especialistas, fue un efecto de los programas “Mujeres de Lujo” y “Fiebre de Baile”, los espacios más vistos del año. Y si este es el presente, el canal puede ver con aún más alegría el futuro: ha sido elegido por la Municipalidad de Viña del Mar, no sin la sospecha de oscuras relaciones políticas, para la transmisión del Festival de Viña por los próximos cuatro años.
Linzor capital había visto aquí un rentable negocio, el que aparentemente desechó por el riesgo de una eventual pérdida de la renovación de la concesión –bajo un gobierno aún incierto- el 2018. Pero eso no cambia la esencia de las cosas: la floreciente industria de la comunicación en Chile, a la que deberá renunciar, pese a las buenas cifras, el empresario-presidente.
Es posible que el obstáculo de la caducidad de la concesión sea también considerado por otros eventuales interesados, lo que alargará este trance y tal vez lo lleve por nuevos derroteros. La comedia de Chilevisión y los conflictos de interés del presidente agregan capítulos –a esta altura ya redundantes- a esta nueva forma de gobernar, que más parece una nueva manera de hacer negocios.
PAUL WALDER
La operación había finalizado en mayo tras fuertes presiones políticas, las que provinieron no sólo desde la oposición sino desde círculos cercanos al gobierno. Aun cuando con el curso de los días y las semanas las críticas se diluyeron, parlamentarios de la oposición dejaron entrever que habría palos blancos u otras irregularidades en la transacción, lo que finalmente dejaba las cosas tal como están en la actualidad: un canal de televisión que responde al presidente de la república. La frustrada venta vino a confirmar esas aprensiones.
Por cierto nada de ello pudo ser comprobado y se deslizó en el terreno de la sospecha y la suposición, lo que fue estimulado por ciertos aspectos que rodearon esa fracasada operación. Algunos altos ejecutivos de Chilevisión participarían de la compra, lo que los dejaba no solo como los operadores técnicos del canal, sino que garantizarían una continuidad en el actual proyecto, el que fue desarrollado bajo la propiedad de Piñera. Pero estaba también el rechazo a la muy buena oferta del grupo Clarín de Argentina, lo que se interpretó como un rechazo a la entrega del canal a un operador especializado en medios de comunicación. Aun cuando Clarín de Argentina es un consorcio de derecha, con una tendencia política que puede estar muy cerca del actual gobierno chileno, la impronta periodística y política de este consorcio podría haber cambiado la línea editorial de Chilevisión y, eventualmente, convertirlo en un canal crítico al gobierno. Por cierto que este argumento no lo levantó el gobierno. Fuentes cercanas al Ejecutivo dijeron que Piñera no quería ganarse un problema con la presidenta Cristina Fernández, que mantiene una relación muy tensionada con Clarín. Por tanto, el traspaso a los inversionistas de Linzor y la permanencia de la plana ejecutiva como operadores del canal le garantizaban a Piñera una mayor cercanía con su futura gestión.
La fracasada venta de Chilevisión a Linzor, más allá de las sospechas políticas en torno a la operación, es un evento inédito en el país. Es la primera vez que un medio de comunicación chileno era adquirido por un inversionista ajeno a la industria mediática.
Linzor es un fondo de inversión internacional con orientación hacia Latinoamérica, con un énfasis especial en Chile. Es propietario de la cadena de cine Hoyts, en Latinoamérica y Chile, cuyas ventas supoeraron los 60 millones de dólares el año pasado, de la isapre Cruz Blanca (ventas por 445 millones de dólares), Cruz Blanca Salud, Idelpa Salud y de la Corporación educacional Santo Tomás (con ventas por 124 millones de dólares). Con la compra de Chilevisión habría ingresado en un nuevo, y según podemos observar, crecientemente rentable negocio.
El año pasado Chilevisión lideró las ganancias de la televisión chilena, al cerrar con una utilidad por 7.603 millones de pesos, por sobre TVN, que ganó 5.699 millones y Megavisión, con una ganancia de 5.114 millones. Un resultado pese a estar en el tercer lugar respecto a ingresos publicitarios.
Los buenos tiempos de Chilevisión no sólo se miden en millones de pesos. En mayo logró otro liderazgo: superó por primera vez en rating promedio a TVN y a Megavisión, lo que, según especialistas, fue un efecto de los programas “Mujeres de Lujo” y “Fiebre de Baile”, los espacios más vistos del año. Y si este es el presente, el canal puede ver con aún más alegría el futuro: ha sido elegido por la Municipalidad de Viña del Mar, no sin la sospecha de oscuras relaciones políticas, para la transmisión del Festival de Viña por los próximos cuatro años.
Linzor capital había visto aquí un rentable negocio, el que aparentemente desechó por el riesgo de una eventual pérdida de la renovación de la concesión –bajo un gobierno aún incierto- el 2018. Pero eso no cambia la esencia de las cosas: la floreciente industria de la comunicación en Chile, a la que deberá renunciar, pese a las buenas cifras, el empresario-presidente.
Es posible que el obstáculo de la caducidad de la concesión sea también considerado por otros eventuales interesados, lo que alargará este trance y tal vez lo lleve por nuevos derroteros. La comedia de Chilevisión y los conflictos de interés del presidente agregan capítulos –a esta altura ya redundantes- a esta nueva forma de gobernar, que más parece una nueva manera de hacer negocios.
PAUL WALDER
