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Durante estos últimos días me dedicado a leer obras de distinta índole. No niego mi calidad de diletante: como los pájaros, me gusta pasar de un árbol al otro, soy incapaz de centrarme en un solo tema; no podría nunca escribir una monografía, pues me atraen las locas visiones y las más absurdas comparaciones y asociaciones; tengo más la virtud del zorro que del erizo, aun cuando esto podría ser un poco pretencioso para aplicar a mi humilde persona.
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Las vías paralelas de Hitler y Churchill son diametralmente opuestas: el primero, un miserable cabo alemán que, incluso, en un período de su vida se alimentó de la caridad pública, en uno de los tantos albergues para miserables – lo que lo hizo un resentido permanente –. Su tarea consistió en conectar el nacionalismo, con tintes de pueblo, con el socialismo; a la lucha de clases del marxismo la reemplaza por la lucha de pueblos y razas. Churchill es un auténtico díscolo aristócrata: odió a Hitler y así a Alemania, tanto como a Stalin y la Unión Soviética: Churchill fue una víctima de la educación victoriana, caracterizándose por ser un rebelde y pésimo alumno: nada apredió de la aristocrática y formal escuela inglesa – lo único que terminó dominando fue la estrategia militar y, posteriormente, la historia. En resumen, el primero es un amargado y astuto orador, que supo aprovechar muy bien la ya moribunda república Weimar; sus primeros éxitos no se deben propiamente a su habilidad, mucho menos a su partido, sino a la imbecilidad e incapacidad de comunistas y socialdemócratas, y una vez estos derrotados, de los conservadores que creyeron dominar a Hitler, cuando lo que ocurrió fue completamente lo contrario.
Es discutible que Hitler haya sido un díscolo, mas bien tuvo la astucia de aprovechar una república de Weimar completamente corrompida, para usar el poder sin ninguna limitante ética y de legitimidad – tal cual lo conciben los mejores autores que han escrito sobre esta “ramera”, el poder-. Se puede seguir una línea teórica desde el sofista Calicles o Trasímaco, hasta Maquiavelo, sumando los miles de sucesores e imitadores. En términos desnudos, el poder es sólo fuerza brutal y coersión, aun cuando se le quiera agregar el “agua bendita” del bien común maritainiano o la legitimidad del uso de la fuera weberiana.
Churchill corresponde verdaderamente a la característica de un díscolo: en el parlamentarismo inglés es casi imposible no respetar la disciplina de partido y cualquiera que deje su tienda original corre el riesgo de perder su sillón parlamentario; sólo Churchill se atrevió a desafiar a los conservadores y pasarse a los liberales, transformándose en un diputado rupturista y rebelde, un radical obrero y populista, a pesar de su origen aristocrático. En mayo de 1940 Churchill vuelve al Partido Conservador, tuvo el valor de oponerse a la opinión pública, mayoritariamente partidaria de hace la paz con Hitler, en ese momento prácticamente dueño de toda Europa. Como en los medicamentos, el éxito para atacar una enfermedad tiene efectos secundarios en otra. El triunfo del díscolo Churchill, que salvó a Europa de caer en manos del nazismo, conllevó la guerra fría por el reparto del mundo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y el derrumbe definitivo del imperio británico, a pocos años de que la Libra Esterlina pasara de ser la moneda de cambio a una divisa de país subdesarrollado.
De estos ejemplos europeos se podría colegir que el díscolo tiene una forma especial de relacionarse con la “prostituta” poder: al comienzo, parece despreciarla, no demuestra ningún entusiasmo en dominarla y, posteriormente, en cenit de la carrera, pareciera que la hubiera llevado a la cama, sin embargo, rápidamente la susodicha prostituta termina por expulsarlo del gineceo. Así ocurrió, claramente, con Churchill: después de triunfar, en 1940, perdió las elecciones y el cargo de Primer Ministro, quedando condenado a escribir la historia que, por lo demás, es de alta calidad
Rafael Luís Gumucio Rivas
