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Un desastre natural se ha convertido en un eslogan. No importan las víctimas. En medio de la tragedia, el traspaso de la banda presidencial acaba con un emocionado ¡fuerza Chile! pronunciado por la presidenta saliente. Bachelet es consciente de lo dicho. El país ha recibido el premio gordo de las economías ricas, su nombre ya figura entre los miembros de la OCDE.
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En Chile, sus clases dominantes presumen del monto acumulado de su riqueza. Tres prohombres de negocios, osados inversionistas, forman parte de un selecto grupo. Sus fortunas están entre las 100 primeras del planeta. Chile puede estar tranquilo, su presidente es una persona solvente y de toda confianza. No hará uso de las arcas públicas para aumentar sus caudales. Le basta con organizar una pantomima. Mientras sea presidente, ha señalado, creará un fideicomiso ciego para administrar sus bienes. Poco o nada se sabrá de sus miembros, por algo es ciego. Todo un acto de cinismo e hipocresía. El mismo que ahora se practica para conseguir fondos de particulares con el fin noble de ayudar a los desvalidos por el terremoto y el tsunami. El mejor ejemplo, realizar una Teletón. Programa televisivo destinado a recolectar una cantidad simbólica de 15 millones de dólares. Un acto de altruismo que traspasa las desigualdades, borra las clases sociales y entronca a ricos y pobres en un proyecto común. En él aparecen famosos y personas anónimas, cualquier cantidad suma. Desde uno hasta millones de pesos, todo es bienvenido. Pero los grandes ricos de Chile no tuvieron esa conciencia humanitaria. Bastaba con un gesto. Sacar su pluma, su chequera y firmar un talón bancario por esos 15 millones de dólares. Son aquellos cuya fortuna atesorada sobrepasa los 10 billones de dólares, como la familia Luksic o la compuesta por los Matte-Larraín con una bonita cifra de 8 billones de dólares. Similar a la de Anacleto Angelini con 6 mil millones de la misma moneda. Y el propio Piñera con más de 5 mil millones. Sin olvidarnos de José Said, Sergio de Castro, la familia Claro y tantos otros cuyas fortunas superan los mil millones de dólares. Bastaba mostrar caridad cristiana, todos ellos devotos, y su compromiso con los damnificados y seguro se sobrepasaban con creces los 15 millones. No menos, deberían haber a portado las empresas extranjeras cuyos beneficios en Chile superan los seis ceros. Endesa, Telefónica o Banco Santander, por decir algo. Pero no ha sido así. Por el contrario, han sido las clases populares, los más pobres y con sueldos de hambre, quienes compartieron su escasez con sus hermanos. Sus mil o 5 mil pesos tienen un valor de entereza que demuestran donde radica la dignidad de Chile. Y no podía ser de otra manera. Ya en el siglo pasado, un representante de la oligarquía, Jorge Matte Pérez, marcaba la línea divisoria entre ricos y pobres: Los dueños de Chile somos nosotros, dueños del capital y del suelo, lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio.
Artículo publicado hoy en La Jornada.Chile es un país de fuertes contrastes. Mientras su elite política se regocija en su propia hez, el resto de la población trata de subsistir en base a la solidaridad, comer una vez al día o volver a las ollas comunes. Pero aun así, esta realidad se pretende ocultar o desmentir, para seguir viviendo un cuento de hadas. Chile, dirán los acólitos defensores de su proyecto neoliberal, se siente fuerte y rejuvenecido en la adversidad. Sobre todo si entre sus senadores y diputados se encuentran apellidos pertenecientes a la más rancia oligarquía. En sus asientos descansan las posaderas de los Matte, los Alessandri, los Gumucio, los Edwards, los Larraín, los Frei o los Errázuriz, a ellos se unen los de origen bastardo provenientes de la dictadura, Piñera sin ir más lejos.
Chile es un país de fuertes contrastes. Mientras su elite política se regocija en su propia hez, el resto de la población trata de subsistir en base a la solidaridad, comer una vez al día o volver a las ollas comunes. Pero aun así, esta realidad se pretende ocultar o desmentir, para seguir viviendo un cuento de hadas. Chile, dirán los acólitos defensores de su proyecto neoliberal, se siente fuerte y rejuvenecido en la adversidad. Sobre todo si entre sus senadores y diputados se encuentran apellidos pertenecientes a la más rancia oligarquía. En sus asientos descansan las posaderas de los Matte, los Alessandri, los Gumucio, los Edwards, los Larraín, los Frei o los Errázuriz, a ellos se unen los de origen bastardo provenientes de la dictadura, Piñera sin ir más lejos.
Chile es un país de fuertes contrastes. Mientras su elite política se regocija en su propia hez, el resto de la población trata de subsistir en base a la solidaridad, comer una vez al día o volver a las ollas comunes. Pero aun así, esta realidad se pretende ocultar o desmentir, para seguir viviendo un cuento de hadas. Chile, dirán los acólitos defensores de su proyecto neoliberal, se siente fuerte y rejuvenecido en la adversidad. Sobre todo si entre sus senadores y diputados se encuentran apellidos pertenecientes a la más rancia oligarquía. En sus asientos descansan las posaderas de los Matte, los Alessandri, los Gumucio, los Edwards, los Larraín, los Frei o los Errázuriz, a ellos se unen los de origen bastardo provenientes de la dictadura, Piñera sin ir más lejos.
