google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 19, 2026

El “Ganabillete” de Piñera

Días antes de nombrar a sus ministros, Sebastián Piñera dio la más potente señal mediática de lo que será su gobierno de 1460 días: renunció a la política, y de paso, dejó claro que lo suyo es la cultura gerencial, patronal.  

Más que renunciar a su militancia de veinte años en Renovación Nacional –uno de los dos principales partidos de la derecha que lo llevaron a La Moneda, y cuyos estatutos contemplan esta incomprensible medida de escisión–, el futuro mandatario resolvió de una sola plumada la complejidad de tener que depender de los partidos oficialistas para todo, desde la monserga de verse obligado a distribuir puestos y cargos en función de listas con membrete, hasta la socialización de proyectos de ley, tal como tuvieron que hacer sus antecesores.

En efecto, estamos en presencia del primer gobierno asexuado de la historia política de Chile, un atrevido ensayo de conducción administrativa del Estado, de fácil diagnóstico en términos de su obviedad, pero de consecuencias imprevisibles en materia de resultado, considerando en ambos casos la importancia que los partidos tienen en la gestión pública. Un nuevo sistema de administración de lo público que prescindirá en lo privado de los análisis y decisiones políticas que requiere la buena marcha de la democracia participativa. Un paso atrás.

Al nombrar a su gabinete Piñera actuó dentro de ese leitmotiv muy personalista del “gracias por traerme hasta aquí, pero ahora déjenme solo, sé cómo hacerlo”. De hecho, el empresario no necesitó el financiamiento de los partidos para llegar al poder; éstos más bien aportaron los andamios para pintar el edificio, la pintura y los maestros corren por su cuenta. Desde ahora en adelante la institucionalidad política del sector ya no se sostendrá en la orgánica partidaria ni en la habilidad de sus dirigentes para influir en el gobierno, por el contrario, con el pasar de los meses los partidos irán desdibujándose, perdiendo fuerza e influencia directa. En los próximos años bien podríamos ver a los miembros de RN y la UDI haciendo fila para cruzar como simples turistas el Palacio de La Moneda, o convertidos en lobbistas empeñados en romper el blindaje del Ejecutivo.

Cuando Piñera eligió a sus ministros no lo hizo desde la perspectiva del estadista que piensa a largo plazo, sino desde la lógica cortoplacista de que “la eficacia se mide por los resultados” en el menor tiempo posible. Ya se ha dicho que más que gabinete, lo que veremos a contar de marzo, es un directorio de empresa a cargo del país. Y, en clave piñerista, esto tiene absoluto e indesmentible sentido. El nuevo gobierno sólo dispone de 1460 días para gerenciar el Estado y para cumplir con sus promesas de campaña que tantas expectativas generan entre sus electores, en especial, en los más postergados por el modelo económico basado en la concentración.

“No hay tiempo que perder”, ha asegurado el inversionista. A no sacarle la vista de encima entonces al pendrive y al cronómetro que él colgó al cuello de sus ministros y subsecretarios. El primero contiene las tareas y el segundo los plazos. Se trata de señales inequívocas de un gobierno que se moverá más en lo fáctico que en lo dialéctico, y cuya misión es conducir a Chile al desarrollo, no importando mucho el costo de semejante desafío.

¿Cuáles son los riesgos? El país no es una empresa ni los chilenos somos empleados de ella. Tampoco el fin de una nación es el lucro por sí mismo, éste no tiene sentido sin una visión tanto histórica como futurista de un proyecto serio y responsable. Aquellas economías que han hecho el tránsito entre pobreza y desarrollo no son el producto un proceso “marmicoc”, sino de uno mucho más elaborado y sostenible en el tiempo. Un gerente puede llevar a su empresa al éxito económico en un plazo de cuatro años, pero un gobierno no puede hacer lo mismo con un país, sus habitantes no están obligados a obedecer a un patrón obsesionado con el éxito económico, por el contrario, están llamados a imaginar otras formas de surgir y de relacionarse en la medida que existan las condiciones para ello.

De modo que la sentencia de la escasez de tiempo para lograr metas podría tratarse de una cuestión muy particular, y en modo alguno, de una obligación imputable a 16 millones de chilenos. Chile ya ha tenido en el pasado reciente la posibilidad de convertirse en un país desarrollado, y no lo ha conseguido sólo por un factor con que también tendrá que lidiar el gobierno de Piñera: la escandalosa distribución del ingreso.

La tarea de la futura oposición será supervigilar las acciones que puedan desdibujar lo hecho en los últimos veinte años, desde la red de protección social a lo avanzado en materia de respeto a los derechos humanos. Está claro que Piñera con su “Ganabillete” sólo podrá conseguir lo más visceral de su programa: consolidar la riqueza que sus ministros representan y perpetuar las desigualdades a fuerza de promesas anestésicas de baja monta. Para lo primero cuatro años bastan y sobran. Para todo lo demás, sin duda se necesita un cambio cultural que con certeza tomará algo más de cien años.
 
Publicado en Punto Final