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Agosto 18, 2026

Vivir al límite. La debilidad del Estado nacional

Las tragedias naturales normalmente nos sorprenden. Y nos golpean. Nos sorprenden las reacciones de las personas, incluso las propias. Nos sorprenden las reacciones del Estado.

El Estado es expresión de las clases dominantes, que controlan en ellos la fuerza y desatan en la sociedad su hegemonía.

Pero es también expresión, cuando es un Estado reformado, de los cambios producidos en él por las luchas reformistas.

El Estado chileno de 1970 no era el mismo e idéntico Estado chileno de 1850.

El Estado chileno de 1970 era un Estado burgués reformado, tan reformado que sus instituciones posibilitaron y permitieron el triunfo legal de quienes querían reemplazarlo.

El Estado chileno reconstruido a partir de la contrarrevolución de 1973 fue de nuevo, y más que antes, un Estado burgués “puro”, entregado – en todo lo que fuere economía- a las grandes empresas nacionales y transnacionales.

El Estado, por decisión de “los revolucionarios burgueses”, que impusieron su ley por la fuerza, dejó de poseer y manejar los servicios básicos y las herramientas colectivizadas en el período que fue del siglo XIX a 1973.

Le entregó el manejo de la economía y de los servicios a los grandes empresarios y el manejo de la fuerza exclusivamente a las FFAA.

Los gobiernos (“El Gobierno”) pasó a ser un ente nacional con poco poder (el menor que nunca tuvo), que maneja más el poder simbólico que el real; que hace, hasta cierto punto las leyes y normas que rigen en poco la sociedad y el andar de las personas, y que controla, también en parte, el “orden social”.

La verdadera revolución del siglo XXI en occidente será aquella que realicen los sectores subalternos de la sociedad moderna contra los reales detentadores del poder: las grandes transnacionales que determinan nuestras vidas, las fuerzas armadas que les obedecen y los grandes medios de comunicación que la propagandizan y sustentan.

El Estado chileno de hoy no controla directamente el agua, la electricidad, las carreteras,  los puertos,  las riquezas fundamentales,  la mayoría de la banca, las grandes industrias ni las comunicaciones.

La entrega a “manos privadas” (o sea a grandes empresarios nacionales e internacionales) de lo sustancial de la economía y la infraestructura por la contrarrevolución de 1973 no fue revertida en el período en que gobernó la Concertación. Por el contrario, en algunos aspectos se agudizó.

¿Podrá esperarse que el gobierno de Piñera, se declare o no “gobierno nacional”, trabaje por la recuperación nacional y el fortalecimiento estatal más allá de lo puramente represivo?

La ideología de derecha dice que no.

La experiencia histórica chilena dice que no.

La nomenclatura ministerial de su gobierno dice que no.

La oposición concertacionista debe tomar resguardos al respecto, y no dejarse pautear por los grandes medios y la verborrea del Presidente.

Veremos qué se reconstruye y quién reconstruye. ¿Quién ganará con el cemento, el fierro, la madera, la tecnología necesaria? ¿A costa de quién?

Veremos quién paga los costos reales del derrumbe y la catástrofe.

¿Las aseguradoras o los asegurados?

¿Las grandes empresas constructoras, que tienen excelentes representantes en el nuevo gobierno, o la gente?

Pienso que la orfandad estatal nos hará vivir al límite por muchos años.

Y que, desde la sociedad civil, habrá que pelear cada metro para desactivar el robo en grande (mayor por cierto que el de los saqueadores), el engaño y la especulación, con el objeto de mantener lo poco que se tenía y mejorar posiciones.

El fortalecimiento del Estado será tarea de largo plazo y avanzará sólo en la medida que el progresismo recupere y gane fuerzas.

El rol de la izquierda en ello puede ser significativo, si parte luego. Hace tiempo que no se escucha –diría que desde que se supo el resultado de la segunda vuelta- la palabra de sus dirigentes.

Vivir al límite. La debilidad del Estado nacional

 Las tragedias naturales normalmente nos sorprenden. Y nos golpean. Nos sorprenden las reacciones de las personas, incluso las propias. Nos sorprenden las reacciones del Estado. El Estado es expresión de las clases dominantes, que controlan en ellos la fuerza y desatan en la sociedad su hegemonía.

Pero es también expresión, cuando es un Estado reformado, de los cambios producidos en él por las luchas reformistas.
El Estado chileno de 1970 no era el mismo e idéntico Estado chileno de 1850.
El Estado chileno de 1970 era un Estado burgués reformado, tan reformado que sus instituciones posibilitaron y permitieron el triunfo legal de quienes querían reemplazarlo.
El Estado chileno reconstruido a partir de la contrarrevolución de 1973 fue de nuevo, y más que antes, un Estado burgués “puro”, entregado – en todo lo que fuere economía- a las grandes empresas nacionales y transnacionales.
El Estado, por decisión de “los revolucionarios burgueses”, que impusieron su ley por la fuerza, dejó de poseer y manejar los servicios básicos y las herramientas colectivizadas en el período que fue del siglo XIX a 1973.
Le entregó el manejo de la economía y de los servicios a los grandes empresarios y el manejo de la fuerza exclusivamente a las FFAA.
Los gobiernos (“El Gobierno”) pasó a ser un ente nacional con poco poder (el menor que nunca tuvo), que maneja más el poder simbólico que el real; que hace, hasta cierto punto las leyes y normas que rigen en poco la sociedad y el andar de las personas, y que controla, también en parte, el “orden social”.
La verdadera revolución del siglo XXI en occidente será aquella que realicen los sectores subalternos de la sociedad moderna contra los reales detentadores del poder: las grandes transnacionales que determinan nuestras vidas, las fuerzas armadas que les obedecen y los grandes medios de comunicación que la propagandizan y sustentan.
El Estado chileno de hoy no controla directamente el agua, la electricidad, las carreteras,  los puertos,  las riquezas fundamentales,  la mayoría de la banca, las grandes industrias ni las comunicaciones.
La entrega a “manos privadas” (o sea a grandes empresarios nacionales e internacionales) de lo sustancial de la economía y la infraestructura por la contrarrevolución de 1973 no fue revertida en el período en que gobernó la Concertación. Por el contrario, en algunos aspectos se agudizó.
¿Podrá esperarse que el gobierno de Piñera, se declare o no “gobierno nacional”, trabaje por la recuperación nacional y el fortalecimiento estatal más allá de lo puramente represivo?
La ideología de derecha dice que no.
La experiencia histórica chilena dice que no.
La nomenclatura ministerial de su gobierno dice que no.
La oposición concertacionista debe tomar resguardos al respecto, y no dejarse pautear por los grandes medios y la verborrea del Presidente.
Veremos qué se reconstruye y quién reconstruye. ¿Quién ganará con el cemento, el fierro, la madera, la tecnología necesaria? ¿A costa de quién?
Veremos quién paga los costos reales del derrumbe y la catástrofe.
¿Las aseguradoras o los asegurados?
¿Las grandes empresas constructoras, que tienen excelentes representantes en el nuevo gobierno, o la gente?
Pienso que la orfandad estatal nos hará vivir al límite por muchos años.
Y que, desde la sociedad civil, habrá que pelear cada metro para desactivar el robo en grande (mayor por cierto que el de los saqueadores), el engaño y la especulación, con el objeto de mantener lo poco que se tenía y mejorar posiciones.
El fortalecimiento del Estado será tarea de largo plazo y avanzará sólo en la medida que el progresismo recupere y gane fuerzas.

El rol de la izquierda en ello puede ser significativo, si parte luego. Hace tiempo que no se escucha –diría que desde que se supo el resultado de la segunda vuelta- la palabra de sus dirigentes.