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Mi hermano Carlos quizás es el primer preso político de Piñera. Consideró que era su responsabilidad quemar una estrella de Piñera en la esquina de su casa al saber los resultados electorales. Cuando el fuego estaba haciendo efecto, se hizo presente con una celeridad requerida para los incendios y los cogoteos, una contingente policial digno de la zona mapuche.
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Carlos era secundado por Robin, no el amigo de Batman, sino su yerno de ese nombre televisivo y padre de las dos nietas de mi hermano. Habían estado siguiendo las evoluciones de los votos y cuando su convicción era que Piñera había ganado, sacaron un antiguo neumático de Citroneta y con paso seguro se encaminaron a la esquina. Convencidos que la llegada de la derecha al gobierno era suficiente provocación como para protestar así como antes.
En palabras de mi sobrina, su hija menor, la protesta era tierna: su padre y su cuñado, a las tres de la tarde, animaban una barricada que daba pena. Faltaban algunas puntas de la estrella piñerista por quemarse, y el neumático de la Citro recién comenzaba a emitir su humo negro, cuando llegaron tres motoristas veloces y combatientes, dos patrulleras de las termino medio y un furgón de los XL.
Digamos, en su defensa, que el efecto del chimbombo era evidente. Para el que no sepa, el chimbombo es como llaman a un vino pipeño que se trae de la zona de Quillón, en bidones plásticos de cinco litros el cual, en opinión de mis hermanos, anda muy bien con helado de piña.
La protesta democrática de mi hermano y mi sobrino fue abruptamente clausurado por la policía.
Le cayeron a Robin, que en su metro setenta y cinco, pesará sesenta kilos, entre dos gorilones enfundados en esqueletos externos y cascos extraños. De un puntapié lo tiraron al suelo tratando de convencerlo de subir a una de las patrulleras, con golpes complementarios. Difícil. Se defendió cuando pudo. Se atravesó en la puerta del furgón. Unos cuantos palos finalmente, vencieron su resistencia y fue lanzado al interior del vehículo, cual paquete. Su cuñada salio en su defensa y recibió una andanada de certeras patadas a la altura de los seños.
Metros más allá, mi hermano daba su propia batalla. Reclamando su derecho a protestar contra todo hijo de puta, ofrecía más resistencia que su yerno. La diferencia la hacía su envergadura física y un control más racional de las virtudes del pipeño. Pataleó, pateó, gritó, insultó. Fue golpeado con una soberbia variación de patadas, palos, bofetadas y, debilitadas sus defensas después de varios minutos de intensa y desigual batalla, fue subido por tres enormes policías al interior del furgón gigante. Cerraron la puerta con un candado inútil.
Dudaron por un momento. Se detuvo la comitiva con sus dos peligrosos prisioneros y tres de los policías enormes abrieron la puerta del furgón que llevaba a mi hermano y lo acompañaron hasta la Sub Comisaría de Carrascal. En el trayecto le dejaron claro que las cosas, justamente a partir de ese día y esa hora, serían distintas. En las quince cuadras que mediaron hasta la Sub Comisaría, lo golpearon con dedicación, haciéndole entender qué es eso del cambio..
Fueron llevados al consultorio cercano para verificar las lesiones. El médico que los atendió escribió algo en el papel después de revisarlos con desgano. Mi hermano pidió leer lo que el profesional escribió, pero se negó. No esgrimió argumentación alguna. Para qué quieres saber algo que no te importa, le dijo el profesional.
En la puerta de la Sub Comisaría los policías caminan alegres en el patio fresco que antecede a las celdas y oficinas. Dos de ellos excusan a los votantes que no cumplieron con su obligación de ciudadanos. Un sargento le explica a la mujer de uno de los detenidos que el no vio golpiza alguna porque estaba en el cuartel al momento de los hechos. Y que de apaleos y tratos degradantes no podría dar fe. Los otros, lo que si golpearon, caminan como Pedro por su casa, silbando reguetones y dando órdenes con voces varoniles.
Debían ser pasados a la Fiscalía hoy en la mañana, acusados por desordenes en la vía pública y agresión a Carabineros. Pero no los llevaron. Mi hermano ha exigido ser nuevamente revisados por un médico que sepa de medicina y de ética. La guardia entrante, ha accedido para delimitar sus responsabilidades de haber algún daño mayor.
Recién hoy, 18 de enero a las cuatro de la tarde, en las fiscalías que quedan en Pedro Montt, comparecieron ante el Fiscal mi sobrino Robin y mi hermano Carlos para ser formalizados. Fueron puestos en libertad y los moretones que exhibieron no fueron suficientes para reclamo alguno.
Cuando José Arcadia Buendía dijo que la tierra era redonda como una naranja todos creyeron que estaba loco de remate. Pero es redonda, y si uno parte de un extremo y camina hacia la derecha, lo más probable que llegue al mismo punto desde el que partió.
En palabras de mi sobrina, su hija menor, la protesta era tierna: su padre y su cuñado, a las tres de la tarde, animaban una barricada que daba pena. Faltaban algunas puntas de la estrella piñerista por quemarse, y el neumático de la Citro recién comenzaba a emitir su humo negro, cuando llegaron tres motoristas veloces y combatientes, dos patrulleras de las termino medio y un furgón de los XL.
Digamos, en su defensa, que el efecto del chimbombo era evidente. Para el que no sepa, el chimbombo es como llaman a un vino pipeño que se trae de la zona de Quillón, en bidones plásticos de cinco litros el cual, en opinión de mis hermanos, anda muy bien con helado de piña.
La protesta democrática de mi hermano y mi sobrino fue abruptamente clausurado por la policía.
Le cayeron a Robin, que en su metro setenta y cinco, pesará sesenta kilos, entre dos gorilones enfundados en esqueletos externos y cascos extraños. De un puntapié lo tiraron al suelo tratando de convencerlo de subir a una de las patrulleras, con golpes complementarios. Difícil. Se defendió cuando pudo. Se atravesó en la puerta del furgón. Unos cuantos palos finalmente, vencieron su resistencia y fue lanzado al interior del vehículo, cual paquete. Su cuñada salio en su defensa y recibió una andanada de certeras patadas a la altura de los seños.
Metros más allá, mi hermano daba su propia batalla. Reclamando su derecho a protestar contra todo hijo de puta, ofrecía más resistencia que su yerno. La diferencia la hacía su envergadura física y un control más racional de las virtudes del pipeño. Pataleó, pateó, gritó, insultó. Fue golpeado con una soberbia variación de patadas, palos, bofetadas y, debilitadas sus defensas después de varios minutos de intensa y desigual batalla, fue subido por tres enormes policías al interior del furgón gigante. Cerraron la puerta con un candado inútil.
Dudaron por un momento. Se detuvo la comitiva con sus dos peligrosos prisioneros y tres de los policías enormes abrieron la puerta del furgón que llevaba a mi hermano y lo acompañaron hasta la Sub Comisaría de Carrascal. En el trayecto le dejaron claro que las cosas, justamente a partir de ese día y esa hora, serían distintas. En las quince cuadras que mediaron hasta la Sub Comisaría, lo golpearon con dedicación, haciéndole entender qué es eso del cambio..
Fueron llevados al consultorio cercano para verificar las lesiones. El médico que los atendió escribió algo en el papel después de revisarlos con desgano. Mi hermano pidió leer lo que el profesional escribió, pero se negó. No esgrimió argumentación alguna. Para qué quieres saber algo que no te importa, le dijo el profesional.
En la puerta de la Sub Comisaría los policías caminan alegres en el patio fresco que antecede a las celdas y oficinas. Dos de ellos excusan a los votantes que no cumplieron con su obligación de ciudadanos. Un sargento le explica a la mujer de uno de los detenidos que el no vio golpiza alguna porque estaba en el cuartel al momento de los hechos. Y que de apaleos y tratos degradantes no podría dar fe. Los otros, lo que si golpearon, caminan como Pedro por su casa, silbando reguetones y dando órdenes con voces varoniles.
Debían ser pasados a la Fiscalía hoy en la mañana, acusados por desordenes en la vía pública y agresión a Carabineros. Pero no los llevaron. Mi hermano ha exigido ser nuevamente revisados por un médico que sepa de medicina y de ética. La guardia entrante, ha accedido para delimitar sus responsabilidades de haber algún daño mayor.
Recién hoy, 18 de enero a las cuatro de la tarde, en las fiscalías que quedan en Pedro Montt, comparecieron ante el Fiscal mi sobrino Robin y mi hermano Carlos para ser formalizados. Fueron puestos en libertad y los moretones que exhibieron no fueron suficientes para reclamo alguno.
Cuando José Arcadia Buendía dijo que la tierra era redonda como una naranja todos creyeron que estaba loco de remate. Pero es redonda, y si uno parte de un extremo y camina hacia la derecha, lo más probable que llegue al mismo punto desde el que partió.
